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Ya nadie va a sentarse dos horas al cine a ver una obra

Con su documental Pasta (2018), Matías Tapia elige mostrar su historia y la de su familia en torno al problema que la pasta base causó en su núcleo por cerca de dos décadas. Ser un agente político de cambio es una de las motivaciones de este joven de 25 años que creció en La Pintana, y que encontró en el cine una salida para retratar los sentimientos que le provoca evocar sus raíces.

Por Carlos Martínez/Fernando Santibáñez – Fotos: @osalazarphoto

Una mujer de manos jóvenes y uñas cubiertas por un esmalte oscuro trabaja sobre una mesa instalada en el corazón de una casa ubicada en una población periférica santiaguina. Con admirable precisión, dosifica en pequeños papeles cortados con un cuchillo la cantidad justa de polvo amarillento paliducho que cabe en un mono de pasta base.

Allí, esa mujer está a cargo de varios niños, además de su hijo, mientras corta la droga en una especie de cuchara a la que le quita el exceso con su índice izquierdo. Los demás niños son hijos de sus propias clientas, de sus propias adictas, que no pueden cuidarlos porque su principal y única preocupación es conseguir más pasta base, aunque para eso tengan que robar o prostituirse.

Matías Tapia (25), nació y creció en una población de La Pintana en Santiago. Estudió cine y a partir de su propia experiencia, dice que busca plasmar en su obra una realidad de los que han sido sometidos al silencio y que no tienen voz ni voto. Sus propios vecinos, su propia familia, su entorno. Su vida. Así es Pasta (2018), su primer documental.

“Uno de los niños que estaba ahí tenía problemas cognitivos, no hablaba. Su madre había sido consumidora de pasta base durante su gestación. Ese niño tenía una pistola de juguete y ya sabía lo que era”, cuenta Tapia. “Tuve la posibilidad de grabar esa mierda, un niño jugando con armas y pasta base, pero no lo hice porque soy un profesional con ética”, señala para explicar por qué decidió no incluir esas imágenes y no caer en el recurso sensacionalista.

En ese pequeño espacio se configura el último eslabón de la cadena del negocio de la droga más consumida en los márgenes de la ciudad. Llegar a grabar ahí requiere un proceso mucho más profundo que la sola idea de llegar con una cámara a adentrarse en la cruda realidad que se esconde tras los ghettos verticales, tras las villas de casas pareadas, tras el último paradero del transantiago que pasa tarde, mal y nunca.

“Desde que empecé a estudiar metí la cámara en La Pintana, al menos donde yo vivo. Además, yo considero que mi familia se basa en algo más allá que mi familia de sangre. Tenemos una gran familia en un pasaje en el que todos nos conocemos y nos saludamos y al que a la gente le da miedo entrar”, reflexiona. Tapia reivindica la realidad de su historia, a los paradigmas y puntos de vista formados en aquellos contextos y contactos y a la familia como el núcleo central de esta sociedad cargada a la construcción de lazos de amor para sobrevivir y para trascender en el espacio y el tiempo.

“No hablamos desde el juzgar, del por qué hiciste esto. Yo no le digo a mi tía: “usted fue pastera y fue terrible fome y por su culpa estoy terrible de traumado”. No hablo desde ese punto de vista, quiero entenderla, quiero que ella me hable y quiero que ella me explique las hueás que tuvo que vivir”, grafica el realizador.

La pasta base golpeó la puerta de todos esos marginados, de alguna forma. Así lo cree Tapia, quien al principio de su obra remarca que las consecuencias de esta droga inserta en las poblaciones chilenas a fines de los años 80 y principio de los 90, las viven todos los que pululan por ese entorno. Desde el adicto hasta quien nunca ha visto la droga.

Para Tapia, Pasta es “una historia que vale la pena contar, pero de la que no vale la pena derramar más lágrimas”. Porque ya no quedan más, simplemente. El círculo de intimidad generado entre Tapia y su madre, una mujer que lo supera en edad por una adolescencia, y el que se forma con su tía, hermana de su mamá, permite tener en primer plano el testimonio real de la mochila con la que cargaron por cerca de 20 años como familia.

Antes de salir a entrevistar gente para realizar Pasta, Matías Tapia tuvo que hacer un documental de ensayo que era una forma de plasmar su propio manifiesto ante el cine. Allí fue donde explicó el tipo de obra que estaba realizando. La presentó con sus vecinos de La Pintana y tuvo una buena recepción. “En vez de decirme que andaba sapeando, me dijeron démosle, te apoyamos”, recuerda Tapia.

El cine está muerto

“Ya nadie va a sentarse dos horas al cine a ver una obra”, comenta categóricamente, Tapia. “A la hija de uno de mis alumnos que le gustaban las cosas de cocina, le pregunté cuánto duraban los videos de cocina que miraba y me dijo que eran tres minutos y que máximo aguantaría 7 minutos viendo uno”, añade.

Y es que Tapia quiere dejar en claro que lo suyo es un nuevo formato de realización audiovisual. “Nosotros estamos hablando con el humano nuevo, el cine es un formato del humano antiguo, de 120 minutos. En Instagram, veo videos de un minuto y dicen lo suficiente, incluso estoy atrasado, algo que me gusta dura un minuto y mi documental dura 24”, explica el artista.

La misión de Tapia es provocar un pequeño remezón en el espectador. Ese que muchas veces ha visto el tema de las drogas o la pobreza retratadas desde quienes se proclaman portadores de un mensaje que muchas veces no ha sido ni será su realidad. Allí está el peso de la historia contada por Tapia. Fue su núcleo familiar el que la sufrió.

Tapia cuenta que se demoraron un año en hacer circular el documental. Lo tenía listo, pero encontrar una forma de difundirlo cuesta demasiado entre tantos festivales en los que una obra de este tipo no tiene cabida. Ni en la tele tienen espacio, asegura. “Luego de mi van a venir muchos, muchos realizadores y nosotros tenemos que abrir las puertas y espacios”, vaticina el cineasta.

La pasta, la excusa

Si hay un tema principal que toca el documental de Tapia, no es precisamente la droga procesada con bencina, ácido sulfúrico y éter a partir de los restos de cocaína. Las pasta base es la excusa perfecta que encuentra Matías Tapia para hablar de la familia.

La gran cadena social parte con el núcleo familiar. La familia como primer eslabón de la sociedad, la que forma parte de una población, que a la vez está inserta en una comuna y así sucesivamente hasta conformar el vasto tejido social chileno, o de cualquier lugar del mundo que se precie de vivir en sociedad.

Así lo entiende Tapia, con una tía, ex consumidora, que vive con los estragos de la esquizofrenia y la que incluso fue abusada mientras era adicta: “Al mismo documental y con los mismos planos ponle el tema de la pobreza y funciona igual, porque la pasta no es el tema importante, sino cómo las personas se comportan y cómo adquieren estos sentimientos de amor en momentos de adversidad”.

Tal como su tía recibió apoyo de la familia para superar su adicción y las consecuencias que le traían a todo el hogar, Tapia agradece el apoyo de los suyos para que pueda hacer lo que desee. Él eligió el cine. “Nosotros vivimos con la ruina y a lo único que nos podemos aferrar es a sentimientos de amor, a apoyar, como a mi me apoyan para ser el que quiera ser, nosotros a ella la vamos a apoyar para salir de la adicción”, sincera.

“Cómo no creer en mis raíces, en las personas que tengo al lado, es imposible no creer. Si creyera en los estatutos que te tira el mainstream, se me iría la cabeza porque ellos viven otra realidad que no vivo yo, pero a mí, mi familia me ha permitido poder ser la persona que yo quiero ser”, manifiesta.

Trabajo político

La postura desde la que Tapia se enfrenta a la compleja realidad del documentalista es política. Y así lo asume. “Nosotros estamos haciendo política, más allá de un documental, estamos apuntando al nuevo tipo de humano que se viene porque nosotros ya estamos obsoletos”, pregona y añade que “nosotros podemos ser responsables del futuro, como ese profesor que a mí me dijo escribe, haz un ensayo, lo que dices es importante”.

Ante el silencio y olvido de los que han sido víctimas, quienes habitan los márgenes de la ciudad, Tapia se abandera: “ellos mismos creen que su opinión no vale la pena, tenemos que volver a darle fuerza a las personas que no creen que tienen incidencia en el mundo”.

A Tapia no le gusta la militancia, a pesar de reconocer que sus pensamientos son progresistas. Cuenta que fue hasta una sede ubicada en la población La Victoria para poder exhibir el documental. Allí, dice, una de las encargadas del lugar le comentó que en La Victoria no cualquiera podía dar un documental sobre la pasta base, porque era un lugar especial.

“Yo decía, ¡weón! qué chucha, ¿cuál es la diferencia entre La Victoria y La Bandera o cualquier otra población? Mi obra está tratando de entrar a tu espacio y no podemos porque unos pocos tienen ese pensamiento culiao retrógrado”, asegura.

Tapia sabe lo que han visto sus ojos. Es su vida la que está involucrada en su propio documental. Y porque cree en su obra, en la que habla de sí mismo, dice que la puede dar “en la pobla culiá más peligrosa, la puedo dar con un narco al lado y lo voy a dar igual, porque yo creo y tengo un ideal en mi obra. En el rap noventero se decía ‘si no has visto, no hables’, yo lo he visto y lo puedo hablar”.

Para Tapia, apostar por el futuro es una de las razones que explica su postura. Según él, quienes hacen políticas públicas deberían estar interesados en las personas, lo que, a su juicio, cumple a cabalidad junto a otros amigos que están en la misma situación y trabajan en el cine: “yo queria ser grande y poder decir lo que sentía y hacer algo, hoy lo tengo y los pendejos van a poder hacerlo de manera libre, nosotros vamos a abrir ese camino”.

Transmitir el mensaje

Todos los miércoles después de la oficina, un grupo de trabajadores de la empresa Telefónica acuden a clases con Matías Tapia. Dice que le gusta que gente que cumple distintas funciones dentro de la misma empresa, estén haciendo documentales sobre ellos mismos.

“Hace poco vi el material de un tipo con una vida bacán, ganando plata, que le dolía ver como su hijo pasaba mucho tiempo en el celular. Es espectacular, es un niño como miles que pasan en el teléfono, pero su papá, que trabaja en la telefónica, lo está grabando”, describe el artista para encarnar la idea de la importancia de la familia en el universo personal.

En la reciente Expoweed, Matías estuvo presentando el documental. Los asistentes podían, además, conversar con el autor y plantearle sus inquietudes. La experiencia la evalúa positivamente. “Quizás el horario no ayudó a que fuera más gente a verlo, pero caleta de gente me habló para preguntarme si lo iba a exhibir de nuevo, me dejó súper motivado de que sigue estando el interés, habia público de rango etario distinto, estudiantes, de población, que entendían la obra. Hubo caleta de preguntas”, narra, Tapia.

“¿Sabes cómo yo tendría una vida de pana estando en La Pintana”, pregunta de pronto Tapia. Y se responde automáticamente. “Yo junto 100 lucas, me compro un poco de droga y empiezo a multiplicar la plata, en un año hago 30 millones de pesos. Si a mí me conviniera hacer algo, ¿sería traficar o hacer cine?”.

“Nosotros somos guerrilleros, como Lautaro, como Colo Colo. Como dijo Violeta Parra, a nosotros nos basta con el sol, nos basta con el sol y con la comida”, reflexiona Tapia, en nombre de su gente, de su familia, de la que no comparte la misma sangre, pero de la misma vecina de al lado que lo cuidó tardes enteras de su infancia, o la del frente, que le dio leche cuando hizo falta.

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