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Varanasi, las mil caras de una ciudad

Es uno de los lugares más famosos de la India y su leyenda es tan larga como la historia de cuatro mil años que sus calles detentan. Sitio de vivos y muertos, vacas callejeras, vendedores de hachís y una espiritualidad que rompe en pedazos cualquier concepto occidental. Pasear por sus vías es un desafío a los sentidos.

Texto y fotos: Jorge López Orozco

El tren atiborrado de pasajeros llega a la estación central de Varanasi a una velocidad tan lenta que pareciera no querer terminar de arribar. De hecho, no lo hace. Su paso se estanca a un centenar de metros del andén y obliga al descenso de todas las personas como en un micro-éxodo. La bienvenida a una de las ciudades más famosas de la India es accidentada y funciona como premonición a todas las rarezas que son posibles experimentar en esta urbe de poco más de un millón de habitantes.

Varanasi es llamada también Benarés. El primero es su nombre sánscrito y el segundo está en hindi, dicotomía nominativa que da una pista respecto al caudal de sentimientos e impresiones que se pueden tener tras un paso por este lugar. Varanasi, al igual que el resto de la India, no tiene medias tintas. Se acepta o no, gusta o no. Hay cosas que deben ser vividas como el acoso que se sufre por hordas de choferes de tuc-tuc o taxis que no aceptan un “no” como respuesta por parte de un extranjero o la sucesión de imágenes que hay en los andenes con niños pobres -muchos mutilados por vaya a saber qué razón-, gente durmiendo en cualquier parte y descuidados ratones que cruzan las vías férreas.

Pareciera infernal. Puede serlo, pero a pocas cuadras desde acá y por calles que desafían las leyes lógicas del tránsito, todo esto vuelve a cambiar.

Ganjes: el río madre

Las zigzagueantes callejuelas del centro están llenas de bazares callejeros que venden colorida ropa, imágenes de deidades, todo tipo de alimentos y maravillosos adornos. Es julio, el aire está caliente y huele a condimentos.

Caminamos sin rumbo entre medio de gringos vestidos como hindúes, indios que fotografían a los turistas con sus bebés en brazos y decenas de barbudos, pelilargos y delgadísimos personajes en tapabarros -los sadhus u “hombres santos”-. Un carrusel en que la guinda de la torta se corona con un sujeto más zombi que humano y que se acerca peligrosamente al rostro para decir: “hashhhh”, ofertando de manera desvergonzada el hachís local.

Sin mediar aviso aparecen varios templos con puntiagudas cúpulas y una explanada corta el paso de las laberínticas callejuelas. Decenas de personas vestidas completamente de naranjo bajan amplias escaleras, mientras otras, ataviadas en el mismo tono, suben totalmente mojadas.

En un pestañeo todo para y la mirada termina imantada por uno de los ríos más famosos del planeta. El Ganjes, con sus 2500 kilómetros de extensión nacido en los hielos del Himalaya y que cruza gran parte de la India hasta llegar al mar Índico, surge imponente.

El ancho cauce y la tranquila corriente se sucede continua. A su alrededor, todo lo demás es un orden (o un caos) inentendible para un occidental recién llegado: un grupo de bueyes de agua se refrescan del calor imperante junto a su pastor, mientras a poquísimos metros los peregrinos de naranjo se bañan devotos entre rezos. Desde los templos hinduistas resuenan cantos, mientras un poco más allá lavan ropa casi rozando un ducto con aguas servidas que van directo al Ganga, el río madre, como lo llaman los locales.

everamente contaminado y con estándares que imposibilitarían su uso en cualquier lugar del mundo, en Varanasi se suceden milagros como que en las escasamente oxigenadas aguas del Ganjes hayan peces o que coexista una colonia de delfines rosados de río.

¿Cómo se puede ser esto cierto? Racionalmente improbable, luego de varias horas de observación desde los ghats, el nombre que reciben las escalinatas que llegan hasta el Ganjes y que cubren varios kilómetros de la ribera poniente, esbozo una tesis: todo es producto de la fe.

Millones de almas que durante siglos se han sumergido sin cesar en sus aguas, con devoción y una energía potentísima, encomendados a Lord Shiva -una de las deidades más importantes del hinduismo y patrón de la ciudad- y que caminaron centenas de kilómetros para tomar un baño que redimirá los pecados de una vida, han terminado salvando un río que pareciera condenado a extinguirse.

Cuerpos en llamas

La caminata por la costanera se funde entre visiones de masajistas callejeros, niños vendedores de cualquier cosa o que saben todos los datos, zombis humanos ofreciendo hachís, turistas de todos los continentes con todo tipo de cámaras fotografiándolo todo, gente enjabonándose, juegos de criquet entre adolescentes con pelotas de trapo, cabras descansando y una humareda particularmente llamativa.

El fuego viene del ghat de Manikarnika, uno de los puntos más importantes en la cosmovisión hinduista de la muerte en Varanasi. Se trata de un inmenso crematorio a orillas del Ganjes y que, aumentando la peculiaridad ambiental, se puede visitar muy de cerca. Un hombre nos indica, en un rudimentario inglés, que podemos subir a una torre desde la que se ve panorámicamente un espectáculo que se volverá inolvidable por el resto de nuestros días.

Desde un mirante observamos arder unos seis cuerpos, finamente vestidos, en hogueras de diversos tamaños, mientras los deudos -sólo hombres- observan a su ser querido volverse cenizas. El aroma a carne chamuscada es fuertísimo. Un hombre menudo se acerca y en un correcto inglés cuenta los detalles de las incineraciones: “Se necesitan al menos 10 kilos de troncos para quemar un cuerpo. Si la familia es rica, se hará con maderas de sándalo en inmensas piras que son pagadas por sus familiares. A los niños, los mordidos por las cobras, las embarazadas y a los sadhus, se los lanza directamente al río con piedras amarradas a sus pies”.

La tradición revela que quienes mueren en Varanasi cumplirán su último ciclo de reencarnaciones en la Tierra, por eso no es de extrañar que vecino a al sitio esté una casa de acogida para enfermos terminales. El hombre tras su charla espera una propina proporcional a sus conocimientos. Antes de irnos, damos vuelta para observar el espectáculo: el fuego crepita desintegrando un cráneo.

El botero del Ganjes

Una amplia sonrisa resplandece en un rostro curtido por el sol, mientras unas callosas manos hacen señas para que nos acerquemos. Ravi tiene 40 años y trabaja como botero en el río y por menos de mil pesos chilenos (100 rupias) rema corriente arriba y abajo para mostrar la ciudad y llevar sustento a sus hijos.

En poco más de una hora nos lleva nuevamente por el ghat de las incineraciones con una panorámica que no termina de asombrar. La vida y la muerte conviven y danzan sin parar en Varanasi. A escasa distancia donde los deudos se hunden en las aguas con las cenizas de su muerto, los niños practican clavados desde los botes y las vacas pacen impertérritas en la ribera.

Cae la tarde, las luces eléctricas surgen como luciérnagas entre la antigua arquitectura. El botero nos lleva hacia las escalinatas de Dasaswamedh. Son cerca de las siete de la noche y decenas de otros botes llenos de gentes se aglutinan en el río para observar una de las ceremonias más bellas que se efectúa cada día en Varanasi: la Ganga Aarti.

Lo brahmanes -la casta de los sacerdotes de la India- se apresta a comenzar una serie de intrincados pasos, casi una danza, en que portan candelabros con fuego e inciensos. El clásico bullicio da paso a los cantos ceremoniales, como el Om Jai Jagdish Hare, que se consagran al poder místico del Ganjes. Suenan campanas y la basura que flota en el cauce se transforma mágicamente en ofrendas florales con velas que flotan iluminando la oscuridad.

Aunque el rito te saca del tiempo y el espacio, en realidad dura casi una hora. La fe se siente en todos los rincones. Es una vibración tan fuerte y palpable que aún el más escéptico visitante se tienta a colocar una ofrenda en este río con mil caras. Una plegaria y la vela encendida se van rumbo al Índico, como ha sido hecho y será hasta el fin de los tiempos.

Al día siguiente encontramos nuevamente a Ravi. No entendemos mucho lo que habla. Le pedimos disculpas por dejarlo plantado en la madrugada, horario predilecto de los viajeros para ver los ritos del amanecer en Varanasi. El cansancio pudo más. El hombre parece otro, está borracho y nos muestra los pescados que sacó desde el Ganjes. Nos despedimos rápidamente.

Todo cambia ferozmente en Varanasi. Como la vida. O como el río, que nunca es igual, aunque lo parezca.