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Salar de Uyuni, una alucinación boliviana.

A menos de 12 horas de Calama, aparece el tranquilísimo poblado de Uyuni. Cada temporada más famoso, es el punto base de la visita al salar más grande de Bolivia y la mayor reserva de litio conocida en el mundo entero. Y de paso, es uno de los territorios más alucinantes que un viajero puede ver.

Texto y fotos: Jorge López Orozco

Estamos en tierra de nadie. Al medio del camino que separa las aduanas de Chile con Bolivia y frente al volcán Ollagüe que recién recibe los primeros rayos de sol. Acá comienza la travesía por tierras altiplánicas. El bus nacional que nos trasladaba en medio de este desierto y por sobre los 4 mil metros de altura, se detiene junto a otra micro menos moderno y los pasajeros debemos hacer un enroque de vehículos.

La manera más directa de viajar por carretera a Uyuni desde Chile -vía Calama a las 6 AM- es una aventura. Pasado Ollagüe, el “nuevo” bus, harto más destartalado y sin asientos para todos los viajeros, nos introduce por tortuosos caminos de tierra cruzando el altiplano a la máxima velocidad que podemos, unos 40 km por hora. Bolivia es hermosa, la cordillera de los Andes por su flanco oriental muestra volcanes extintos, valles secos y algunos pequeños villorrios.

Tras 5 horas desde la frontera, el asfalto antecede a Uyuni, poblado de 20 mil habitantes que desde hace más de una década se ha transformado en imán de los mochileros por Sudamérica. De pocas cuadras, casas bajas, hostales decentes y un colorido mercado callejero, Uyuni tiene un clima frío y hay que aclimatarse a la altitud que ya no bajará de los 4 mil sobre el mar.

Es el campo base antes de meterse en el salar.

La Previa

Alrededor de la plaza Arce, a un costado de la visible Torre del Reloj, inaugurada en 1930 y traída desde Alemania, está el sector de las agencias de viajes, cambio de monedas y restaurantes con menús clásicos de pizzas y pastas. 

Los uyunenses son gentes simpática y extremadamente amables. La fauna viajera de la plaza es una pequeña babilonia que entra y sale desde las distintas agencias buscando el mejor precio. La negociación es clave en alguno de los recorridos que ofertan y que se concentran principalmente en dos opciones: un full day por el salar o una expedición de tres o más días que integra al salar con el parque nacional Avaroa, entre montañas coloridas y géiseres. Entre más personas se negocia mejor. Las salidas son a bordo de poderosos Toyota Land Cruiser, en los que viajan hasta ocho pasajeros.

Elegimos la opción más corta que incluye un cementerio de trenes, un hotel de sal y llegar hasta la isla Pescado, un promontorio sobre este blanco mar seco y plagado de grandes cactus. Cuesta alrededor de $20 mil pesos e incluye traslado, guía-chofer y almuerzo.

A la mañana siguiente, a las 9 AM, la plaza Arce se transforma en decenas de todo terreno con gente ordenando mochilas en los techos y colocando bidones de agua o gasolina, mientras los turistas-viajeros observan y pagan a las mujeres dueñas de las agencias.

Fredy, ex agricultor y ahora nuestro guía-chofer, sonríe y refleja en sus espejados lentes la salida de los vehículos. Los 4×4 enfilan juntos al cementerio de trenes, con medio centenar de oxidados carros y locomotoras en que los turistas escalan y practican miles de selfies. Media hora después todo este “convoy” entra en la villa de Colchani, la verdadera puerta al salar a 30 km de distancia de Uyuni, en la que está instalada una vibrante feria de artesanías, con un museo de sal (construido completamente en sal), algunas llamas para la foto, además de comida y bebidas.

Todo muy típico, hasta encontrarse con algunas figuras plásticas de “Godzilla”-en distintos tamaños- que se han puesto de moda para sacarse “fotos en perspectiva”. El telón blanco del salar permite que, a ciertas distancias, en el visor de la cámara se vea alguien muy grande y el otro, metros atrás, enano. El salar permite también que sus invitados puedan ser todo lo lúdicos que deseen.

Los reflejos de la Tierra.

La lluvia que cayó en la madrugada había cambiado dramáticamente la superficie del salar y con ello, para nuestra suerte, abriría uno de los momentos más escenográficamente hermosos de cada temporada. Las precipitaciones del invierno boliviano transforman los 10 mil kilómetros cuadrados que detenta el Uyuni, en una gran piscina de pocos centímetros de profundidad.

El día despejado y la ausencia de viento, harían el resto del milagro. Los contornos del salar, enormes y coloridas montañas, se vuelven dobles. A cada kilómetro que se avanza sobre este enorme piso de reflejos, pareciera estar más inmerso en una alucinación, en un desvarío o en un sueño. Los sentidos se saturan de información, mientras el silencio teje su manto entre los seis pasajeros del automóvil: dos jóvenes franceses, una adulta pareja peruana-sueca, Fredy, un chileno y su hijo brasileño de 9 años.

Hacemos alrededor de cuatro detenciones. Premunidos de botas de caucho, zapatos con gore-tex o descalzos, cada uno descendió en su propio reflejo. Centenares de fotos y sonrisas tatuadas, ojos que no alcanzan a absorber todos los recuerdos necesarios y la consciencia que estamos en  un día irrepetible entre doble soles, doble nubes, doble volcanes. Poses, carreras y sonrisas. Así en cada detención. Fredy es el experto en sacar “fotos en perspectiva”, aunque no tuviésemos ningún “Godzilla” a mano.

Nuestro chofer-guía, enfundado en sus gafas que también reflejan todo, nos cuenta que será imposible llegar a la isla Pescado. La velocidad clásica de esta ruta de unos 50 km/h ha pasado a inundados 10. La posibilidad de que las gotas de sal dañen el motor es real y pasar una noche en el salar no es una historia para experimentar, precisamente. Atardece y el frío se hace notar con ráfagas de viento que recorren sin obstáculos este desierto.

Aunque se nubla porfiadamente, el atardecer se torna espectacular. Un boquerón se abre sobre el oeste y un rojizo rayo de sol, despide el viaje. A las 20 horas estamos de vuelta en el pueblo de Uyuni, mientras perdura la sensación de haber estado en medio de un sueño y en un lugar sublime.  Las despedidas son cordiales. Los chicos franceses, que se encariñaron con el niño brasileño, lo abrazan y le desean buen viaje. “Hasta nunca más”, les dice él.

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