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Mario Lanza, el pasaje más bravo de la Legua

Hace un tiempo que ya me aburrí de carretear en la esquina de siempre. Estaba chato del mismo sabor de los churris y los motes patiados de la misma manera. Así que decidí pegarme un tour por la Legua Emergencia para rescatar unos lukis de merca y paragua.

 

Tenía claro que cualquiera no puede andar pavoneándose por este lugar. Menos con los soldados en chicota y los trafica a güata pelá. Por eso ubiqué al Lalo que es nacío y criado en estos pasajes donde no caben ni los autos. Con él me di el lujo de recorrer por completo el callejón Mario Lanza –esa frontera urbana de los pasajes más bravos de la Emergencia- y sentir como los ojos de “los care tony” se posaban sobre nosotros mientras el Lalo me decía que caminara fuerte y derecho en dirección a la mano de los lukis.

Lalo es capaz de reconocer inmediatamente el peligro que para el resto es invisible. Me advierte que no debo ni mirar a la cara, en franca postura de avezado, ni mirar al suelo haciéndome el retobao. “Tenih que  caminar con seguridad, pero tampoco podis andar tirando el perro”, señala con voz de experto el Lalo, mientras se lamparea con el dealer y con una serie de señas le hace entender lo que necesitamos.

Acá, aunque ya es otoño, el sol no tiene contemplación con este espacio en que no existen árboles, y el agua acumulada en charcos, se evapora dejando a su paso barro y basura acumulada, mientras que la gente no tiene otra posibilidad más que salir a la calle como expulsada por el aire caliente que hay en sus pequeñas casas que no superan los dos metros de altura.

Tampoco vi patios ni plazas, gueá que contribuye a que la vida se haga en la calle y que para muchos de los vecinos del sector es todo su mundo: Mario lanza al sur y la calle Comandante Riesle hacia el norte.

Igual el Lalo me advirtió que caminar por el callejón Mario Lanza era brígido. Pero mi tour debía incluir este sector que más parece un vertedero clandestino donde sillones viejos, animitas con velas derretidas y escombros apilados impiden que cualquier vehículo pueda cruzarlo. En las paredes abundan los grafittis que dan cuenta de las peleas intestinas dentro de la Emergencia. “Si muero, muero con Dios” se puede leer, como si estas palabras fueran una especie de recordatorio de que el callejón sirve como trinchera para ajustar las cuentas entre bandas rivales del sector.

Al final del pasaje, un espacio baldío que avisa la presencia anterior de una media agua reconocida en el sector por ser un fumadero de pasta. Ahí los angustiaos podían pasar días fumando churris, 33, cola de tigre y todas la variades de mezcla que permite tan “noble” producto.

Miro con detalle el lugar y, a primera vista, llama la atención la cantidad de papeles rectangulares en el suelo, son vestigios de los churris y de, quizás cuantos, fumadores que por ahí pasaron.

Te querih pegar un “21”, me pregunta el Lalo mientras deposita dos papeles de pasta en un pito, yo por esta vez paso, porque después de cruzar el callejón ya tenemos nuestra recompensa que vino envuelta en un bolsa de helado y la otra en un papel de la guía de teléfono.

Texto publicado en la sección “Relato Subjetivo” de la edición  de julio de Revista Cáñamo.

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