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Las generaciones que nos siguen están mucho más empoderadas que nosotras

Eran menores de edad cuando decidieron escribir el primer protocolo escolar contra abusos sexuales en Chile. Las estudiantes del Liceo Manuel de Salas sembraban así la semilla de la igualdad, el respeto y el fin a la violencia de género en las aulas al escribir de su puño y letra un documento que protege y ampara a todas las víctimas de abusos sexuales dentro del entorno escolar. Gracias a estas estudiantes y a muchas otras mujeres, por fin hoy se habla de feminismo en los grandes medios de comunicación y se ha convertido en un tema relevante para la sociedad chilena.                   

Por Iciar Sábada de Salcedo / Fotos: Jorge Rosales

No es de extrañar que el primer protocolo contra abusos sexuales surgiera en el Liceo Experimental Manuel de Salas. En el patio se ven dreadlocks, cabellos de colores, expansiones y guitarras, que representan de un modo más real la diversidad que existe en la juventud chilena. Quizá esta posibilidad de ser uno mismo, fue la que invitó a las estudiantes a actuar con libertad y fuerza frente a lo que consideraron una violación de sus derechos.

Todo empezó en 2016 cuando algunas estudiantes del Liceo, cansadas de recibir los abusos de su profesor jefe, colgaron unas pancartas en las que se explicaba lo que les venía pasando desde hace meses. Tocamientos, miradas, abusos verbales…Todo fue expuesto ante la atónita mirada de profesores y alumnos.

La denuncia provocó un impacto en la comunidad estudiantil. Tanto es así, que los estudiantes (18 mujeres y 2 varones) que escribieron el protocolo, no fueron víctimas de los abusos del profesor, pero sintieron la necesidad de solidarizarse con sus compañeras y actuar al respecto.

¿Cómo era posible que el reglamento interno del colegio no hablara sobre abusos sexuales? Peor fue descubrir, para el equipo que construyó el protocolo, que ni el Ministerio de Educación había desarrollado algún documento al respecto para que los establecimientos del país pudieran actuar en este tipo de casos. Crear uno era una necesidad urgente.

Pero el protocolo no nació de inmediato, ni mucho menos. La primera postura de los profesores: bajarle el perfil al asunto. Los abusos sexuales y la discriminación, tristemente, están muy naturalizados y arraigados en la sociedad chilena, por lo que pensar que las niñas denunciantes estaban “dándole color al tema”, era una reacción esperable.

Aún así las estudiantes decidieron seguir adelante. Primero, debieron realizar jornadas abiertas de debate en las que toda la comunidad estaba invitada a participar. Luego de estas jornadas, se dieron cuenta que tener capacitaciones de sensibilización era más que necesario: muchos alumnos, apoderados, funcionarios y docentes no tenían muy claro la diferencia entre los diferentes tipos de abusos y en qué momento es necesario actuar para evitarlos. Se necesitaron muchas jornadas de capacitación y debates para los diferentes estamentos escolares y la comunidad. También  revisaron documentos como el protocolo de abusos sexuales de la Universidad de Chile o lo que decía la ley al respecto hasta llegar a redactar el protocolo que ya se está poniendo en marcha en el centro educativo.

Sin embargo, eso no era lo único a superar ya que el profesor siguió trabajando en el colegio, la investigación se cerró sin informar a los estudiantes y apoderados,  y sin que el colegio, en primera instancia, estuviera muy dispuesto a airear los trapos sucios de su profesorado.

Gracias a la insistencia, al apoyo de la psicóloga del colegio y de otros profesores, el proyecto consiguió salir adelante y el establecimiento por fin les tendió la mano para que concretaran el ansiado protocolo. El documento final fue revisado y votado por todos los estamentos del colegio, sin dejar afuera observaciones y opiniones de nadie. Hoy, tanto profesores, alumnos como apoderados y otros trabajadores del entorno escolar, podrán acogerse al protocolo en caso de sentirse abusados física o psicológicamente. 

Francisca Rojas, Natalia Valenzuela, Natalia Toro y Pamela Rousseau fueron parte de la comisión que creó el protocolo. Cuando conversamos con ellas nos comentan que una de las posturas del profesorado con la que se encontraron al principio fue el miedo.  Algunos incluso señalaron que un docente no podría expresar cariño a sus alumnos.

Esa postura en una sociedad sin una tradición educacional de género puede llegar a entenderse, pero con la debida información y capacitación, debiera ser erradicada. “Al principio todos los profesores y profesoras estaban con una mirada de recelo, porque se trataba de un compañero la persona a la que se estaba acusando, pero luego recibimos todo el apoyo, recibimos aplausos emocionados de los profesores que nos habían visto trabajar, por el bonito trabajo que habíamos logrado”, cuenta Francisca.

A la hora de pensar en el momento en que las estudiantes abusadas contaron lo sucedido a sus padres, es imposible no suponer si alguna de las madres y padres de estas niñas habría sufrido abusos similares cuando eran jóvenes.

Madres y padres que quizá, también han tenido integrado como “normal” aquellas actitudes de sus profesores o familiares y que cambiaron totalmente de parecer al escuchar los testimonios de sus hijas.

Desnaturalizar esas creencias fue un duro proceso: “llegar a los apoderados fue lo más complicado y nosotras también tratamos de educar a esa parte de la comunidad. La pega que a nosotras más nos interesaba era que el acoso sexual fuera algo de lo que se hablara en el colegio, que la gente se diera cuenta de que era una problemática y que no por ser un colegio súper progre, estas cosas no pasaban. Era algo que sí pasaba y que estaba siendo naturalizado en toda la comunidad”, relata Natalia.

Crear este protocolo fue un proceso de autoeducación como ellas lo definen y en ese caminar tuvieron que enfrentarse hasta con el propio lenguaje. ¿Por qué en todas las instituciones se hablaba de abuso, a secas, y no le ponían el apellido sexual? Lo primero era llamar a las cosas por su nombre, para poder concientizar a toda la comunidad.

Otro de los obstáculos, los compañeros varones. Cuando se habla de feminismo, abusos sexuales o patriarcado, los hombres se sienten en ocasiones atacados, con afirmaciones como “yo nunca he abusado ni he pegado a ninguna mujer”. Sin embargo, algunos de esos mismos niños protagonizan escenas de superioridad y machismo frente a sus compañeras, de las que quizá, ni si quiera son conscientes. Por eso la necesidad de incluir estos temas en las aulas, como dicen las estudiantes, es central.

Por eso, durante toda la conversación con estas cuatro jóvenes, que pese a su corta edad hablan con seguridad sobre el tema, la misma idea se repite: gracias a la educación y a la información, las nuevas generaciones de niños y adolescentes tienen en su mano más herramientas y más voz para alzarse en lo que consideran un abuso. Las generaciones más adultas, no tuvieron estas herramientas a su alcance, lo que puede haber contribuido a la irremediable naturalización de los abusos y el machismo y a la continuidad del sistema patriarcal. “Existe un cambio súper importante entre generaciones, entre las que van antes de nosotros y después de nosotros, yo veía que las cabras más chicas tenían el cuento de qué es el acoso sexual mucho más claro, porque lo habían estudiado, lo habían vivido de otra manera. Cuando ellas lo denunciaron, tenían claro que era un acoso sexual y nos abrieron los ojos a todo el resto”,  remarca Francisca.

El trabajo de estas estudiantes continúa pese a que dejaron las aulas del colegio. El sueño es que exista un protocolo nacional, amparado por leyes nuevas que protejan a las víctimas y que la educación no sexista sea una realidad a corto plazo. Otros colegios han seguido exitosamente la iniciativa del protocolo. Pero como ellas cuentan, no en todos los centros funciona de la misma manera: “nosotras sabemos que nuestro colegio es bien particular, por eso siempre proponemos que en cada espacio se empiece a crear protocolos dentro de su propia realidad. Nosotros podemos darles toda la ayuda posible pero la idea es que no sea un copiar y pegar porque sabemos que no tenemos el mismo funcionamiento”, corrobora Natalia Toro. Que la comunidad entera se implique y que el proceso sea totalmente transparente, son otras de las dos claves para que el protocolo se materialice: “lo más importante es que todos se sientan dueños del protocolo, que participen en el proceso.  Cuando la comunidad participa, se involucra,  y no deja que eso por lo que han luchado vuelva a pasar”, relata Natalia Valenzuela.

Sin embargo, y en este proceso de comunicar su experiencia a otros estudiantes se han encontrado con colegios en los que directamente les cierran las puertas: “nos hemos dado cuenta de lo complicado que es ir a otros espacios que no son universidades. Hay un montón de colegios a los que hemos tratado ir pero al final nos corren las fechas o  la dirección del establecimiento terminan diciendo que no” comenta Rojas.

Y no es de extrañar, porque el temor de las autoridades educativas continúa. La posibilidad de quedar frente a la opinión pública con la etiqueta de ser “el colegio de los abusos sexuales” es algo que muchos establecimientos ven como una condena. Ellas mismas lo vivieron ya que se les recomendó hacer modificaciones en los afiches que crearon sobre las diferentes situaciones de abuso. El miedo de las autoridades educativas era que el hashtag #comisióncontraelacososexuallms se hiciera viral.

Esta ola feminista que hoy copa la pauta editorial de todos los medios, no es algo que se construyó de un día para otro como muchos tienden a pensar. La creación de plataformas como Ni Una Menos, que se formó para detener las muertes de mujeres por violencia de género y de otras muchas organizaciones que apoyan la causa, ha sido el empujón que muchas jóvenes necesitaban para hablar.

Entonces hay revalorizar este trabajo silencioso de esta comisión de estudiantes del Manuel se Salas y también otros intentos como la de las estudiantes del Liceo 7 que bajo el lema “ni me callo ni me aguanto” empezaron a subir a las redes sus testimonios de abusos sexuales.

Es una forma de expresar nueva y que las generaciones más chicas se han apropiado. Por eso no es de extrañar que sean las que más están alzando la voz, ya que están más conectadas con el contexto de reivindicar sus derechos y más expuestas a la información que les permite entender que “eso” que antes no tenía nombre hoy puede ser identificado como abuso sexual. 

“Todo lo que está pasando en el ámbito universitario y en torno a la educación no sexista parte a nivel secundario. Es brígido porque ahora estalla porque estalla en las universidades, con las tomas y los paros, pero no se tiene mucho en cuenta que esto parte de antes, ni siquiera es desde 2016, esto lleva años”, añade Pamela Rousseau.

Ahora cada vez son más las niñas y niños, adolescentes y adultos, que como víctimas se sienten empoderados para poder hablar de sus casos y denunciarlos, porque cada vez se están construyendo más espacios de apoyo y protección.

La necesidad de una reforma de la ley para terminar con los abusos, violaciones y muertes de mujeres, va de la mano de la inclusión en los colegios y comunidades de un debate y formación sobre el tema, para llegar en un futuro cercano a conseguir espacios escolares libres de abusos y que esta realidad se amplifique en toda la sociedad.

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