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Las enseñanzas de Manuel y la ayahuasca

La historia de Manuel Martínez pareciera encerrar tantas vivencias que no cabrían en una sola vida humana. Nacido en Constitución en 1966, se vino recién egresado a Santiago en pleno periodo dictatorial. Lo persiguió la CNI, y con el advenimiento de la democracia trabajó como asesor de la Cámara de Diputados durante 10 años y, en ese mismo periodo, se convirtió en el “Capitán Cianuro”, una de las figuras centrales del nacimiento de la escena de la música electrónica en la capital chilena. Todo eso con menos de 30 años.

Aunque nunca pinchó en una tornamesa, fue productor general de míticas fiestas como las Love Parade, un multitudinario baile callejero gratuito con música electrónica que sacudía las aburridas calles de Santiago. Fue socio del Cianurobar, sitio en que tocaron los primero DJs nacionales y que armó una tribu de bailarines que copaban el recinto de Bellavista de lunes a lunes.

De organizar afamadas fiestas pasó a viajar durante 25 años por la selva amazónica peruana. Una antítesis del ruido, las luces y los excesos. Ahí entró en contacto directo con la vida de las comunidades shipibos conibos en las riberas del río Ucayali, donde participó activamente de las ceremonias de ayahuasca, hecho que cambió su vida profundamente y que plasmó en el libro Brujos, Magia y Consciencia de los Curanderos del Ucayali (2016).

¿Cómo llega un productor de fiestas electrónicas a las raíces de las medicinas amazónicas?

“Uno de mis más cercanos termina en una clínica de rehabilitación, el personaje quedó medio monstruo, había consumido más de lo normal, voy a la clínica y lo encuentro botando baba… lo estaban haciendo fármacodependiente para quitarle la adicción. Y yo dije debe existir alguna cosa que no sea tan invasiva, tan fascista… y busqué”, cuenta Manuel y sonríe. ***

En 1994 le llegó una repentina e inesperada invitación de una amiga para participar en una convención de ritualidad indígena en Tarapoto, Perú. “Y esa weá, ¿qué es?”, se preguntó. No muy convencido le entregó la invitación a un amigo que, finalmente no pudo ir, volviendo el convite cual boomerang. “Capitán Cianuro” pasaba de estar rodeado de bailarines extasiados a curanderos, toquis y chamanes.

“Me encuentro con esto que es extraño pero interesante, con charlas y conferencias. Me acuerdo de haber conversado con un personaje que venía de México y que trabajaba específicamente con peyote. Se llamaba Santiago y sus respuestas no eran las lógicas aprendidas en el concepto cultural. Le pregunto, ya que dices que los seres humanos vuelven, ¿en qué volverías? y me dice que sería un haz de luz. ¿Y si no fuera eso? En una gota de rocío. Me movió el piso”, relata Manuel. Luego fue a ver ceremonias con extraños cantos. Se encontró por primera vez con la ayahuasca: Me dijeron que estaba tomando una liana, que era ancestral y milenaria.

Entré a una ceremonia donde la gente estaba como extraña y cantaba extraño. “Ahí me dijeron que estaban tomando una liana, que tenía el gran poder de ser la madre de todas plantas medicinales”.

Y eso fue. No la probó, sin embargo, el espíritu investigativo de Manuel, le hizo convertirse en un conocedor de la medicina. Aprender que es la cruza de una liana y un arbusto -la chacruna-, por ejemplo; comprender las ideas acerca del DMT -dimetiltriptamina- de Terence McKenna o leer a Claudio Naranjo y su libro Ayahuasca.

Diez años demoró en encontrarse con “la abuela”, como también se le conoce. “Mi primera experiencia es bien psicodélica. La Ayahuasca es un enteógeno, tiene un espíritu dentro, una suerte de dios, de imán energético, algo que hay adentro. Si bien todo tenía ese aire de psicodelia, en mi viaje fue interesante ver cómo se transformaba el curandero frente a mi persona y bajaba su tonalidad cuando empezaba a cantar y me llevó a pensar que los que cantaban era los gnomos… los duendes. Eso fue lo que yo vi. Una fantasía o la forma de darle significado a algo que no conozco”.

La música siguió haciéndose presente en su vida. En vez de beats ahora eran ícaros, largas canciones que los curanderos entonan en las ceremonias: “Son representaciones musicales. Una partitura del universo. El universo está dividido en fragmentaciones infinitas, y lo que ellos hacen es que traen esta partitura a un cuadro -pintada o bordada- y eso lo cantan. Esta música del universo baja a los espíritus de la selva y les cantan a los árboles. Los árboles a los niños, los niños a los ancianos y los ancianos a tus demonios”. Una cura. Medicina. ***

Manuel Martínez ama escribir. Dice que lo hace desde los nueve años y que no ha podido parar de hacerlo. Con seis libros publicados y uno más en camino, la literatura se ha transformado en una herramienta de comunicación tan potente como lo fue el baile callejero. En Brujos, Magia y Consciencia de los Curanderos del Ucayali, expresa:

Es posible que en mis textos no encuentres nada del otro mundo, pero si logro al menos dejarte con la inquietud de pensar que existen alternativas de ruta a las que ya hay trazadas, es evidente que el objetivo se comienza a cumplir.

El descubrimiento de otro mundo, uno que no era inventado, si no que eran visualizaciones, viajes, aperturas de mente, le permitió estar 13 días seguidos tomando ayahuasca. “Es como un caballo chúcaro, cuando lo logras dominar, cabalgas tranquilo que tú lo llevas donde quieres y te acompaña. No sé si dominas la planta, pero empiezas a entenderla de otra manera”, cuenta.

La experiencia lo llevó a escribir lo vivido. En Brujos… hay un montón de ideas filosóficas originales del autor, además de harto dato investigativo científico. “Escribo este libro porque creo que el que quiera va a poder de ahí entrar a saber a lo que va. En el libro soy bastante exhaustivo sobre dónde vamos a tomar, porque si la planta tiene un espíritu, no la podemos tomar en cualquier lugar. Entrego todo lo que se me enseñó durante 25 años. Yo acá no estoy diciendo “soy la verdad, el camino y la vida”, no. Eso era para uno al que crucificaron” y ríe. ***

La ayahuasca ha sido incorporada como patrimonio cultural en Colombia, Ecuador y Perú. Sus virtudes son reconocidas idealmente para desintoxicar drogadictos o alcohólicos. De hecho, Manuel conoció a Jacques Mabbit quien creó el centro de rehabilitación Takiwisi y participó de la escritura del libro La serpiente cósmica.

Es una medicina con muchos tipos de doctores. Los hay desde los charlatanes extremos estilo Antares de la Luz, hasta curanderos preocupados en sanar. En el libro de Manuel Martínez cuenta cuando en un par de tomas, y meses después de un grave accidente en Brasil, el ritual mejoró la movilidad de su brazo y de un riñón. Los médicos en Santiago no daban crédito a la mejora. En ciudades como Iquitos es fácil conseguir un “tour ayahuasquero” con un chamán equis, pagando un buen precio. Pero hay otras formas que se comprometen más con el viaje y la búsqueda.

“Yo en el libro hablo de los maestros. La gente tiene un mal concepto de los maestros: como un tipo que no se equivoca, que casi bajó de las alturas y se vino a sentar frente a ti. El maestro es quien te va a dar las herramientas para lo que andas buscando. Para mí un buen maestro es como un buen taxista”. ***

Hace cinco años que Manuel Martínez no toma ayahuasca. Dice que la planta le indicó que, si no quería tomar más, ya sabía cómo manejarse. Un par de tomas antes de esta revelación, Manuel lo pasó mal.

Su madre había sufrido un doble ACV y la selva amazónica le daría las respuestas que la ciencia no le daba acerca del estado de su mamá. Dos días de tomas y no había hallado algo que apaciguara su desconcierto. La tercera noche reveló demasiado: “Vi a mi madre montada en un carruaje blanco, con un aroma a flores muy sanador. Ante el carruaje yo canto un ícaro, que tiene dos significados: despedir a un ser que parte y agradecimiento. Me decía mi amigo Phillipe que era como si yo estuviera haciendo un aria de ópera. De hecho, a él le dio miedo porque se empezó a mover la maloca (cabaña) en cierto momento”.

Manuel cuenta que siguió a la carroza ante un portal donde unos seres como zancudos en frac, custodiaban la entrada. él quería seguir a su madre. Relata: “Alguien se para al frente mío y dice: “no, hasta acá”. Ella pasa ese portal y se cierra. Yo vuelvo a la maloca y me empiezo a sentir muy mal. Y todo esto que era tan bello se comienza a convertir en algo de lo peor”.

Olores inmundos, vómitos con pequeñas calaveras y una risa que le dice que se fue a meter donde no se mete nadie. A la muerte. “No sé por qué viniste, pero te quedas acá, me dijo. Yo me empiezo a morir, siento que me estoy ahogando, si tomo agua la siento ácida. Era una situación cuática, caótica. Le pido ayuda a la ayahuasca porque no sabía dónde estaba, y me contesta: pídele ayuda a tu amigo -Phillipe- porque para eso lo trajiste”.

Salen de la maloca. Phillipe ayuda a Manuel y, en eso, esa sensación de muerte se le traspasa al amigo. Ven una nube que se acerca. Piden ayuda a la ayahuasca y comienza a ceder. Al amanecer le pregunta al curandero sobre qué pasó en la noche. él contestó “no tengo ninguna explicación” y se quedó callado. No le ha hablado más hasta hoy. ***

Manuel Martínez, el Capitán Cianuro, enlaza historias con facilidad. Ha vivido mil vidas o ha aprovechado esta a concho. Fue misionero en la venida de Juan Pablo II, trajo dos veces al Dalai Lama a Chile, ha sido invitado por sus libros a lugares tan disímiles como la Antártida o Turquía.

Actualmente está en varios proyectos. Hace un libro con una investigación de seis años referida a la regulación energética de las Pirámides de México y Guatemala. Está creando un tarot llamado el Oráculo del Viajero. Y prepara un libro titulado THC (tramas, cuentos e historias).

¿Qué ha significado entonces la ayahuasca en tu vida?

Me puse a buscar el sentido de mi existencia de una forma más real, más concreto. Siento que fue mi primera puerta para una apertura de consciencia. Yo no me siento un iluminado. Yo siempre digo que los iluminados son aquellos que prenden la luz cuando entran a una pieza. Pero sí siento que nosotros tenemos la posibilidad de hallar ese ser interior que hemos ido anidando y de pronto se nos arrancó y no hemos sabido encontrar.

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