Medicinal

Las cigüeñas también vuelan

El consumo de cannabis en los periodos de embarazo y lactancia es una discusión que sigue estando en pañales. Luego de hacer una convocatoria por redes sociales, y en menos de 24 horas, nos llegaron más de 200 correos con testimonios de mamás usuarias; mujeres de distintas edades, orígenes y estratos socioeconómicos que se atrevieron a romper el tabú.

Artículo publicado en Revista Cáñamo, ed. 105 (enero-2016).

A fines de noviembre, el caso de Sindy Ortiz y su pequeña hija, Luciana, destapó el debate acerca del uso de cannabis durante el embarazo y la lactancia. Poco antes de dar a luz, y al responder un cuestionario de rutina, la joven madre reconoció haber consumido marihuana ocasionalmente para aliviar unos dolores en sus huesos. Acto seguido, el personal del Hospital las Higueras de Talcahuano (región del Bío-Bío), en el que se encontraba internada, llevó los antecedentes hasta los Tribunales de Familia de la misma ciudad, y éste determinó separar a la progenitora de su bebé recién nacida, prohibiéndole amamantarla y estableciendo apenas dos horas y media al día para que pudiera visitarla.

Ortiz y el papá de la niña, Cristopher Montorfano, no demoraron en hacer público el arbitrario e inusual abuso del que eran víctimas, provocando un revuelo mediático que incluso llegó a oídos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Finalmente, y al cabo de dos semanas de espera, la Corte de Apelaciones de Concepción acogió el recurso de protección presentado por los abogados de la familia y anuló la medida. Pero la semilla quedó ahí, dando botes: ¿es emocional y éticamente correcto separar a una mamá de su hija por una presunta irresponsabilidad y los supuestos daños que produce el cannabis en la lecha materna? ¿Qué genera peores consecuencias, el desapego posparto o una sustancia externa que podemos encontrar en la naturaleza y en nuestro propio ADN?

En su momento, Carmen Castillo, la actual ministra de Salud, defendió el proceder de las autoridades arguyendo que ese era el protocolo utilizado. Jaime Mañalich, en cambio, ex titular de la misma cartera, lo criticó duramente por Twitter: “No hay razón médica para hacerlo. Raro… (…)  Los problemas de ‘deprivación’ en neonatos se dan en otras drogas, incluido alcohol. Y no se separan de las madres”.

En una entrevista con Qué Pasa, la socióloga y mismísima ex directora del Senda, Francisca Florenzano, se sumó a los cuestionamientos: “La evidencia que existe sobre el impacto en el bebé del consumo de cannabis durante el embarazo y el traspaso de la misma mediante la lactancia no es concluyente. Ante la duda, y en pos de proteger al bebé, puede suspenderse la lactancia materna. Pero separar a esta bebé de su madre atentó contra los derechos de esta familia y el apego temprano que es tan relevante”.

Más denso que la leche  

La discusión da para largo. Tal como dijera Florenzano, y como lo reafirmara el Instituto de Medicina de EE.UU., las evidencias científicas al respecto no son concluyentes y los estudios disponibles a la fecha son apenas de corte exploratorio; acaso los primeros indicios de una relación causa-efecto que quizás en un futuro cercano podamos conocer. Hoy no estamos para maniqueísmos baratos, ‘todo mal’ o ‘todo bien’, porque ni los doctores ni los alquimistas lo saben a ciencia cierta. Lo cierto es que –aún en pañales y después de una obligada siesta– el cáñamo vuelve a florecer como una alternativa válida para aquellos que se cansaron de los fármacos y las medicinas convencionales.

Para no entrar en un detalle pormenorizado y odioso de las investigaciones que encontramos en las bibliotecas e Internet, nos limitaremos a mencionar sus resultados.

Entre los argumentos en contra que se repiten, está el hecho de que el uso de cannabis durante el embarazo perjudicaría el desarrollo embrionario, reduciendo el peso de la criatura al nacer y disminuyendo el tamaño de su cabeza (microcefalia); el aumento del riesgo de partos prematuros; alteraciones cognitivas, de la memoria y la conducta durante la infancia; brotes psicóticos en la adolescencia. Asimismo, se afirma que por medio de la leche el THC contribuye a la sedación del bebé y afecta su desarrollo psicomotor.

Por la vereda contraria, se cita el hecho de que la hierba alivia el estrés y las náuseas de las mujeres embarazadas, entre otras dolencias; que  favorece el humor y la sociabilidad de los niños; y que estos gozan de mejor visión, reflejos y estabilidad autónoma. De paso, tendría la capacidad de revertir el daño causado al feto por consumo de alcohol.

Conocido es un estudio realizado por la doctora Melanie Dreher en Jamaica (donde las futuras mamás acostumbran beber infusiones de la planta), el cual determinó que no hay diferencias entre los neonatos e infantes que estuvieron expuestos al cannabis y los que no. Además, recientemente se supo  que su efecto es similar al de la oxitocina, la llamada ‘hormona del amor’, responsable de crear lazos de cariño y apego entre las personas, especialmente en los periodos de lactancia.

La comunidad científica nacional no ha estado exenta del debate, y al interior de ella también hay discrepancias.

En una columna publicada por BioBioChile el 27 de noviembre, por ejemplo, el equipo de bioquímicos de Fundación Ciencias para la Cannabis  afirmó que la marihuana no afecta a la leche y fustigó la medida tomada por el Hospital Las Higueras y el Tribunal de Familia de Talcahuano, por considerar que el apego madre-hijo trasciende los eventuales peligros de una sustancia cuyos impactos aún se desconocen o son, a lo sumo, relativos.

Un punto de vista similar tiene la médico cirujano y profesora de la Facultad de Medicina de la Universidad Diego Portales (UDP), Sofía Salas, quien envió una carta a diario El Mercurio señalando que “no es posible determinar que siempre que una madre señale uso reciente de marihuana deba suspenderse la lactancia”, dado que la salud de la puérpera podría estar condicionada por muchos otros factores.

“Por último, es necesario preguntarse si es moralmente correcto que, por el aparente bien superior del recién nacido, se denuncie aquello que fue confiado a los médicos en un contexto clínico. Tal como lo señala la Guía Americana, el objetivo de preguntar por consumo de sustancias es permitir un mejor tratamiento para la madre y su hijo, no para perseguirla penalmente o castigarla; la labor del clínico no debe exponer a la mujer a riesgos adicionales, como puede ser la pérdida de custodia de su hijo. Las políticas que se desarrollen al respecto no pueden tener como consecuencia que las mujeres que enfrentan esta situación omitan información relevante para su cuidado o se alejen de la oportuna atención de salud”, cierra la misiva de la profesional, quien –según la Web de la UDP– es miembro del Departamento de Ética del Colegio Médico de Chile (Colmed).

El Colmed de Concepción, sin embargo, tuvo una opinión distinta. Su presidente, Juan Enríquez, respaldó el actuar de las autoridades penquistas en el caso de Luciana, argumentando que debía protegerse la salud de la menor por los efectos del cannabis y la eventual aparición de un síndrome de abstinencia.

En esa misma línea, el neonatólogo de la Clínica Bicentenario, Francisco Navarro, aseguró que los menores expuestos a cannabis durante el embarazo o la lactancia tienen mayores probabilidades de presentar retrasos psicomotores: “Se sientan más lento que los demás, comienzan la marcha más tarde y también la socialización. (…)La madre que reconoce consumo de marihuana en el embarazo es habitual que también haya consumido alcohol y otras drogas que la llevan a tener un embarazo mal controlado y un bebé con restricción del crecimiento”.

Morir pollo

La doctora Salas dio medio a medio: la aplicación de cuestionarios o encuestas no debería conllevar a sanciones, sino enfocarse en brindar una mejor atención, ese es su auténtico sentido. Menos aún cuando las preguntas establecidas en el protocolo parecen no considerar la frecuencia del consumo, los componentes o la naturaleza de lo consumido, o sus efectos en combinación con otras sustancias, enfermedades o contextos sociales.

Pero la realidad se encarga de enseñarnos que lo más conveniente es no declarar el consumo. En buen chileno, morir pollo.

Al igual que Sindy Ortiz, eso fue lo que no hizo Daniela Fuentes, una diseñadora de 24 años de la comuna de Independencia. La madrugada del pasado 15 de noviembre sufrió la rotura de su bolsa amniótica y llegó de urgencia al Hospital San José. Después de una espera de dos o tres horas, por fin la atendieron y, al cabo de un traumático proceso de contracciones y dilataciones inducidas, dio a luz a su bebé. Lo peor estaba por venir:

“No conocí a mi hija hasta el día siguiente del parto, ya que tuvieron que reanimarla. Me atacaron con preguntas y, bajo esa presión y con el miedo de que le pasara algo, tuve que reconocer que consumí marihuana ocasionalmente durante el embarazo. Debido a esto me hicieron el examen toxicológico, el cual salió positivo, con lo que me echaron la culpa de su ‘mal nacer’”.

Daniela usó la planta para relajarse, conectarse consigo misma y asumir las transformaciones en su cuerpo. Asegura que habló con varios especialistas que le dijeron que el parto tuvo que haberse realizado por cesárea, porque, en estricto rigor, el episodio vivido no guardaba ninguna relación con el consumo de cannabis.

Su pequeña estuvo hospitalizada nueve días hasta que logró ser estabilizada. “Me mandaron a repetir el examen para ver si me la podía llevar, pero salió positivo.  Dos días después fui a realizármelo de nuevo y salió negativo, pero tampoco dejaron que me la llevara sino hasta un día después… Me tramitaron cuatro días para finalmente tenerla conmigo en mi hogar”.

“Mi caso quedó establecido como ‘caso social’ en las fichas, por lo que pueden someterme a exámenes sorpresa”, cuenta Daniela, quien, a diferencia de la familia Ortiz-Montorfano, prefirió bajarle el perfil a su historia.

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