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La potencia del cannabis como treta prohibicionista

La alta concentración de THC sirve de argumento para alarmar a la opinión pública sobre la peligrosidad del cannabis. Si ya era una clásico asociar la planta con las enfermedades mentales, las miradas más reaccionarias ahora insisten en que las nuevas variedades son extremadamente más psicóticas. Asocian sin rubor que la marihuana de ahora es droga dura, y por eso debe permanecer ilegal sin opción a enmienda alguna. Asociar la marihuana a sustancias como la cocaína o la heroína es, otra vez más, un argumento falaz para desacreditar la opción política de legalizar el cannabis.

Por David Pere Martínez Oró

En las últimas décadas, el meticuloso trabajo de los breeders ha creado multitud de nuevas variedades de marihuana. Algunas presentan un potencial genético que les permite alcanzar una concentración de hasta el veinticinco por ciento de THC, e incluso superior en determinados casos, es decir, las semillas actuales ofrecen resultados extraordinariamente más potentes que las cepas autóctonas. El aumento de la concentración de THC, y por extensión del potencial psicoactivo, ha despertado la alarma entre los moralmente conmovidos. Estos, en aras de impedir la legalización del cannabis, emplean la cuestión de la alta psicoactividad para descalificar el consumo de marihuana y estigmatizar a las personas usuarias. En este caso, su argumentario se fundamenta en dos premisas. La primera: si el mercado ofrece variedades extremadamente potentes, las personas consumidoras las emplearán acrítica e inevitablemente. La segunda: si la marihuana produce intrínsecamente problemas de salud mental, cuanto mayor sea la concentración de THC mayor será la incidencia de desórdenes psíquicos.

Consumidores, sensatez y potencia

La primera premisa está en clara consonancia con cómo el prohibicionismo conceptualiza al consumidor o consumidora de cannabis. Éste lo entiende como un pusilánime expuesto a los designios de un contexto hostil que si le ofrece drogas, por ejemplo, variedades de marihuana extremadamente potentes, las consumirá sin criterio alguno y sin rechistar. Esta conceptualización es una mera caricatura. Las miradas quiméricas pretenden confundir a la opinión pública. Dan a entender que todos los usuarios fuman en exceso porque la adicción les ha arrebato la capacidad de raciocinio, cuando esto es así en casos anecdóticos. Las personas tienen capacidad de agencia, es decir, poseen la habilidad para gobernarse a sí mismas y tomar las decisiones más adecuadas para alcanzar sus objetivos vitales. Una pericia que los consumidores de cannabis deben desarrollar con más finura, porque quieren gozar de sus placeres sin sufrir consecuencias indeseadas. No disponer de las herramientas necesarias para tomar las decisiones que más nos convienen pone en entredicho la normalidad social, aunque bien sabemos que la ausencia de estas habilidades se debe a déficits emocionales y materiales durante la infancia y la adolescencia. Por tanto, los problemas derivados del cannabis son producto de socializaciones precarias y no de su potencia, aunque entre los consumidores vulnerables la alta psicoactividad acentúa el desbarre.

No hace falta gastarse un pastizal en estudios, aunque la literatura científica esté plagada de evidencias, para saber que las personas consumidoras recurren a diferentes variedades en función de tres elementos: qué tarea deben realizar después de fumar, cuáles son los efectos deseados en cada momento y cuál es la disponibilidad de las diversas variedades. Sin duda que tener al alcance cepas extremadamente potentes puede facilitar su consumo. Algunos durante la adolescencia, y en plena fase de experimentación con los límites, no dudan en fumar variedades y presentaciones extraordinariamente potentes para obtener efectos estratosféricos, sin importar en exceso que durante unas horas solo podrán realizar actividades compatibles con el colocón. En cambio, cuando las obligaciones son acuciantes, y quieren desarrollarlas con una mínima eficacia, prefieren desestimar las variedades más salvajes y escogen las compatibles con sus quehaceres. Por tanto, la elección de la variedad entronca directamente con los efectos deseados y las tareas a realizar. Quienes pueden ejecutar sus obligaciones bajo los efectos de las variedades más psicoactivas es probable que compatibilicen ambas actividades. Otros rechazarán consumirlas porque les resulta imposible cumplir con sus compromisos bajo los efectos intensos.

Disponer de variedades potentes es como entrar en un bar con todo tipo de arsenal alcohólico. En ciertos momentos habrá a quien le apetece un orujo de setenta grados, pero en muchos otros le viene en gana una cerveza, y se la tomará por mucho que el camarero le recuerde que tiene a su disposición alpiste de la más alta graduación. Beberá lo que le apetezca sin que la amplia oferta afecte a su decisión. Además, todo consumidor rehusará emplear variedades que le dejen mal cuerpo, por esto, se abstendrá si una variedad potente le produce efectos indeseados. El prohibicionismo pierde de vista que los consumidores disponen de criterio y llega a pensar que fumarán cualquier cosa que se les ponga por delante. Esto no es así. Los consumidores quieren fumar para disfrutar y no para sufrir consecuencias negativas. No podemos olvidar que una oferta amplia permite cumplir, en gran medida, con las necesidades y preferencias de todas las personas consumidoras, pero en ningún caso les obliga a emplear aquellas presentaciones más psicoactivas y potencialmente más riesgosas. Que ciertas personas alejadas de la realidad del cannabis lleguen a dar como válidas estas afirmaciones representa una victoria del prohibicionismo que no podemos permitir.

La alta psicoactividad como responsable de problemas de salud mental

En relación con la segunda premisa, las voces quiméricas asocian las variedades con alta concentración de THC con problemas de salud mental, de tal manera que dan a entender que es una relación causal sin impugnación posible. La aparición de trastornos psicóticos se debe a la imbricación de multitud de factores. En ningún caso podemos afirmar que fumar caños produzca problemas psiquiátricos. La relación entre la alta psicoactividad y las afecciones psíquicas es terriblemente más compleja. Diversos estudios apuntan que algunas personas con factores de vulnerabilidad pueden desarrollar problemas de salud mental si consumen cannabis, especialmente si emplean variedades con una alta concentración de THC. De acuerdo: la alta psicoactividad puede provocar problemas psíquicos en algunos consumidores; en éstos, la recomendación de abstenerse sería perentoria. La inmensa mayoría de quienes padecen alguna dolencia mental sufren ansiedad, distorsiones perceptivas o ideas angustiantes de carácter transitorio. Situaciones normalmente poco graves, ya que los síntomas remiten tal como lo hace el consumo. En cambio, el relato prohibicionista tiende a considerar que las altas concentraciones provocan enfermedades mentales graves como esquizofrenia, paranoia o demencia, cuando la aparición de estas dolencias entre consumidores es totalmente anecdótica. Con esta asociación torticera, que no es verdad pero sí verosímil para la opinión pública, se consigue mantener la idea de que el cannabis es una droga extremadamente peligrosa. Una amenaza para la sociedad que debe expulsarse a los márgenes sociales para evitar sucumbir a los cantos de sirena de quienes llaman a su legalización. Desactivar este tipo de relaciones debe convertirse en un objetivo prioritario si queremos alcanzar una política del cannabis netamente democrática.

¿El cannabis como droga dura?

Los abiertamente prohibicionistas, mediante el alarmismo sobre las variedades y presentaciones más potentes, han fagocitado algunas posiciones más tolerantes hacia las políticas del cannabis. Esto es, han conseguido que se dé por cierto que el cannabis con alta concentración de THC sea considerado como una droga dura. Por ejemplo, en los Países Bajos cuando reformaron su política de drogas, allá por el 2011, la derecha xenófoba consiguió que las presentaciones cannábicas con más del quince por ciento de THC se catalogasen como droga dura, y como la ley neerlandesa solo permite a los coffee shops dispensar drogas blandas, de facto ilegalizaron las variedades y presentaciones más potentes.

El argumento de que el cannabis altamente psicoactivo es igual que la droga dura también ha calado entre algunos profesionales, especialmente sanitarios, abiertos a la legalización del cannabis -o al menos a la regulación de los clubes sociales de cannabis-. Entienden que la situación actual es insostenible y consideran necesaria la revisión de las políticas sobre el cannabis, pero antes de empezar a discutir, por influencia de las falacias de las miradas tremendistas, ya asumen que las presentaciones más potentes deben permanecer ilegales. El discurso sobre la protección de la salud pública en abstracto, otra vez más, se antepone a las libertades individuales.

Aceptar premisas que abogan por prohibir nunca será una alternativa al actual callejón sin salida. No debemos minimizar el potencial psicótico de las presentaciones más elevadas, pero tampoco deben convertirse en una treta para descafeinar la legalización. En el escenario regulado debemos trabajar para potenciar la responsabilidad de las personas que emplean cannabis. Una información veraz y sensata permitirá que los consumidores puedan elegir las presentaciones más adecuadas según sus necesidades, aunque rocen el cien por cien de THC. En definitiva, los hipotéticos malos usos de una minoría no pueden coartar la libertad de todos.

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