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Geopolítica del prohibicionismo de las drogas en la Era del Antropoceno

Geopolítica del prohibicionismo de las drogas en la Era del Antropoceno

Por *Andrés Kogan Valderrama

 

La producción, distribución y consumo de drogas, psicotrópicos o estupefacientes ha estado presente en la historia humana al menos durante los últimos siete mil años, periodo conocido como Era del Antropoceno. Su aparición ocurre justamente de la mano de grandes civilizaciones de la antigüedad, en Mesopotamia, por ejemplo, donde los sumerios consumen opio desde el 5.000 a. de C., o en la América prehispánica, donde hace 6.000 años los Mayas ya conocen el peyote, o en Egipto, donde se produce alcohol alrededor del 3.500 a. de C., o en la ancestral China, donde en torno al 3.000 a. de C. se ingiere té.

La aparición de las drogas coincide históricamente con el surgimiento de las grandes civilizaciones neolíticas (todas ellas de base antropocéntrica y patriarcales), civilizaciones que luego de sedentarizarse comienzan un progresivo avance hacia la separación entre cultura y naturaleza.  Con el paso del tiempo, estas sociedades van desarrollándose y mejorando su tecnología, lo que a la postre les permite adquirir mayores grados de autonomía respecto de los ecosistemas y, por lo tanto, establecer una relación cada vez más diferenciada y asimétrica con el entorno.

El término droga es un constructo que ha sido usado para identificar múltiples sustancias: café, cocaína, alcohol, marihuana, tabaco, barbitúricos, benzodiacepinas, anfetaminas, heroína. Son muchos los usos y significados que se les ha atribuido a lo largo del tiempo, desde asignarles un rol de carácter chamánico ritual o religioso, hasta emplearlas en el ámbito medicinal o sencillamente recreacional. Por lo anterior, estas sustancias han estado desde siempre bajo el control de ciertas élites (eclesiásticas, monárquicas, feudales, estatales, etc.) que, conscientes de su valor, definen su apertura y/o prohibición en cada uno de los diferentes lugares donde ha surgido su consumo a lo largo de la historia.

Como política colonial, el prohibicionismo tiene ciertas características propias, pues emana del proyecto civilizatorio imperial de las potencias europeas occidentales que comenzó su expansión en todo el mundo a partir de la venida de los españoles a América en el año 1492. El punto de partida del discurso prohibicionista (que posteriormente se generalizó en todo el mundo) es la llamada “primera guerra del opio”, acaecida a mediado del s. XIX y que enfrentó al Imperio Británico con el Imperio Chino a raíz del contrabando de opio. Este conflicto sirvió para profundizar el patrón de dominación global de base eurocéntrica.

El prohibicionismo se sustenta ontológicamente en la construcción del individuo moderno cartesiano que, al llevar al extremo la separación entre mente y cuerpo, se desliga prácticamente por completo de su condición ambiental. De esta manera, el consumo de drogas se aleja de lo ritual y simbólico, desterritorializándose y psicologizándose al mismo tiempo. De ahí que el uso problemático de las drogas en occidente esté conectado directamente a la aparición de un sujeto moderno cada vez más aislado de la comunidad y de la naturaleza.

Lo mismo con respecto a la producción de drogas legales e ilegales sintéticas, incluida la farmacológica usada ampliamente por la biopsiquiatría actual.  Todo aquello fue posible en la medida que la ontología dualista (cultura-naturaleza) se impuso en el mundo. Lo que siguió fue la intervención técnica cada vez más sofisticada de una amplia gama de plantas curativas y sagradas a fin de usar sus propiedades con propósitos mercantiles, transformándolas en meros recursos naturales destinados a satisfacer las necesidades de consumo de millones de personas.

No es casualidad entonces que el llamado “problema de las drogas” no sea otra cosa que el problema con un otro (no occidental y/o migrante) que desde la mentalidad y el discurso colonial es visto como una amenaza. Chinos, indígenas, latinos son concebidos como seres racialmente inferiores que han traído desde el exterior estas sustancias que contaminan al individuo blanco tradicional y, en consecuencia, deben ser tratados como criminales. Pero también son siempre sospechosos aquellos sujetos occidentales que no cumplen con el perfil del sujeto imperial (brujas, locos, drogadictos, pobres) y, por supuesto, son igualmente perseguidos e, incluso, asesinados.

El discurso prohibicionista de las drogas en occidente no es más que una nueva cruzada colonial diseñada para discriminar a poblaciones enteras. Lo demuestra el hecho de que recién a comienzos del siglo XX se comenzaron a aplicar las primeras políticas antidrogas en y desde los Estados Unidos, en circunstancias de que su uso tiene miles de años, en todas las cosmovisiones, incluyendo la occidental. Es decir, el poder político más grande de occidente se dio cuenta que convertir a las drogas en un enemigo, interno y externo, sería una buena estrategia geopolítica para afianzar su proyecto civilizatorio en el mundo y convertirse así en el centro del capitalismo histórico.

En la década de los 70 del pasado siglo, durante la administración de Richard Nixon, se inició por parte del país del norte la llamada guerra contra las drogas. Esta supuesta guerra, sin embargo, sustentada en la doctrina de la seguridad nacional y en el discurso colonial del desarrollo, no fue otra cosa que una guerra declarada contra los consumidores. El drogadicto y el subdesarrollado son vistos como amenazas para el poder imperial, que a fin de mantener intacto el orden que le acomoda está dispuesto a gastarse miles de millones en políticas y programas de prevención, tratamientos y persecución de sectores desplazados históricamente por el clasismo, el racismo y el sexismo existente.

El nuevo prohibicionismo necesitó después desarrollar modelos explicativos que pudieran justificar sus políticas para evitar el riesgo de ser desacreditado por operar en base a meras conjeturas de carácter teológico, como sucedió con el puritanismo protestante. De ahí que existan varios modelos que dan respuesta al problema del consumo de drogas desde la prevención y el tratamiento, modelos que, como se dijo, justifican el prohibicionismo en todas sus formas y, en virtud de ello, profundizan la “colonialidad”.

En cuanto al enfoque jurídico, que aparece en la segunda década del siglo XX, es claro que lo que se pretende es establecer legalmente la existencia de una relación causal entre droga y delito. La represión juega un rol importante aquí, pues por medio de ella se busca impedir la producción, distribución y comercialización de toda sustancia que el Estado definida como ilícita. Nace con ello la idea de “tolerancia 0”, que se instaura como política pública desde el ámbito de la seguridad. La prevención y el tratamiento desde el marco de la ideología colonial es entendida como control, prohibición y abstinencia, cuestión que al corto plazo trae consigo gigantescas redes de corrupción, a nivel estatal y privado, que se enriquecen a través del mercado ilegal de las drogas, profundizando de esta manera el narcocapitalismo. Esto, sin mencionar los miles, o ciento de miles de personas que mueren a causa de la violencia armada que se desata.

Sobre el enfoque biomédico, aparecido en la década de 1940, se puede encontrar un punto de enlace con el anterior por medio del discurso de la enfermedad, es decir, por la inferiorización de los consumidores desde el ámbito de la salud. En este contexto, las prácticas de desintoxicación y la utilización del temor a caer en el “flagelo de la droga” son las formas de control de la población. La idea de perseguir la droga se complementa entonces con el discurso “salvacionista” biomédico de curar al otro, y en esto la biopsiquiatría es clave para controlar los cuerpos de los consumidores.

En lo que respecta al enfoque psicosocial, que surgió en la década de los 70, sus planteos se articulan con los dos anteriores, en la medida que se sostienen desde la idea de guerra contra la pobreza a través del discurso minimalista de desarrollo comunitario, el cual busca finalmente gobernar a los pobres a través de políticas focalizadas. Nociones como “factores de riesgo”, “factores protectores”, “detección temprana”, “cultura preventiva”, les dan una base social a los dos planteamientos anteriores luego del fracaso rotundo en términos prácticos del prohibicionismo: aumento del crimen organizado, aparición de grandes carteles, aumento de los niveles de consumo, expansión de nuevas drogas sintéticas, aparición de narcoestados.

En contraposición a esos enfoques, han aparecido otras maneras de abordar el llamado problema de las drogas. El modelo de reducción de daños, emergido en los años 80 desde el ámbito social y de la salud, es el más conocido y el que ha generado más controversia institucional con la predica prohibicionista. Su crítica a la abstinencia como forma de abordar el problema de las drogas es fundamental, así como su cuestionamiento a cómo los tratamientos biomédicos terminan por estigmatizar a los usuarios, en vez de incluirlos en la sociedad. Por esta razón, desde este enfoque, más que curar o salvar a las personas, se habla de y se trabaja para reducir lo más posible los impactos negativos del consumo.

Pero hay un problema con el enfoque de reducción de daños, pues, si bien cuestiona el prohibicionismo como tal, no es el enfoque de derechos, por esta razón resulta insuficiente en términos políticos, al no ser capaz de articular su crítica con otras formas de opresión (antropocentrismo, racionalismo, racismo, capitalismo, sexismo, adultocentrismo). Asimismo, no cuestiona la idea moderna, racionalista, de individuo y tampoco la de una sociedad que se integra principalmente a través del consumo ilimitado de mercancías (incluidas las drogas) en un planeta cada vez más en riesgo y con daños irreversibles.

Para enfrentar esta problemática, se necesitan miradas y experiencias que vayan más allá de la dicotomía prohibicionismo/reducción de daños, miradas que, ya sea vengan del mundo académico o de las organizaciones sociales territoriales, sean capaces de darse cuenta de que poner el foco en el llamado “problema de las drogas” es pasar por alto la existencia de sociedades profundamente fragmentadas y desiguales. La salida debe construirse de manera articulada y la crítica al prohibicionismo debe tener como norte la búsqueda de alternativas y mundos más justos y sostenibles.

Nombres como Antonio Escohotado, Oriol Romaní, Alejo Alberdi, Hannah Hetzer, Josep Mª Fericgla, Fernando Lynch, Patricia Amiguet, Gemma Calvet, Fernando Savater, Claudio Rojas Jara, Joan Manuel Riela, Juan Carlos Usó, entre muchos otros y otras, son claves para entender la lucha antiprohibicionista y fortalecer nuevos procesos libertarios respecto de nuestra relación con las drogas en los distintos espacios en lo que cuales nos desenvolvemos.

También son muchísimas las organizaciones que abogan por la despenalización de las drogas, conscientes de que se trata de una pelea que debe ir acompañada de miradas feministas, ecologistas, antirracistas, antipsiquiátricas, antiadultistas, etc. Es el caso de organizaciones como Cáñamo, Mujeres Cannábicas, CORA, Women Grow, ARSEC, AMEC, REMA, RENFA, Kalamudia, Grupo Igia, ENCOD, FOCA, Transnational Institute y otras, todas experiencias que nos hacen sentir esperanzas de que se puede vivir de manera diferente a la que nos enseña el prohibicionismo y su famosa guerra contra las drogas que solo inventó para encubrir la guerra real, esa contra los territorios y contra la vida misma.

*Sociólogo

Diplomado en Educación para el Desarrollo Sustentable

Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea

Doctorando en Estudios Sociales de América Latina

Editor del Observatorio Plurinacional de Aguas www.oplas.org