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Festival Woodstaco: hecho a mano

Desde hace once años, los veranos comienzan con música y naturaleza en la región del Maule. El festival de música independiente más grande de Chile, Woodstaco, reúne a miles de fanáticos del rock y sus derivados que disfrutan de más de 100 bandas tocando al aire libre. Este año se realizó por primera vez en el camping Trapiche cercano a Parral. Sus organizadores esperan mantener viva la esencia del trabajo a pulso.

A veces pienso que esa gente tan cool/ no tiene chispa para conquistar/ si sus monedas lo pueden comprar/ ellos se olvidan de lo artesanal… Así lo escribió el Pity Álvarez en ‘Lo artesanal’ de su banda Viejas Locas hace unos años atrás. Y es lo primero que se me viene a la mente cuando escucho a Felipe Salas, uno de los fundadores y organizadores del Festival de música Independiente Woodstaco.

Porque Woodstaco está hecho a pulso por un grupo de 13 amigos curicanos que gozan escuchando rock y que no quieren dejar de lado la esencia de una festival que partió como la celebración de un carrete en la casa de Salas y al que en su primera versión en diciembre de 2008, asistió una sola banda. Desde hace unos años ya son más de 100 los grupos que tocan durante los tres días de festival.

“Nosotros no queremos perder la esencia de un festival que se hace a mano, de lo artesanal, todos los servicios y la producción se podrían comprar, pero elegimos hacerlo nosotros porque así nos gusta”, me comenta Felipe, conocido también como el Enaco, o Enano Conchesumadre en los términos originales de apodo.

Los Gatos Negros fue la banda que tocó en la primera versión del festival. Salas y sus amigos les pagaron el transporte desde Santiago, armaron un escenario con un par de pallets, un foco y una sábana, y ellos tocaron toda la noche ante unas 50 personas que habían llegado hasta el patio de la casa del organizador. Luego de eso todos hablaban del Woodstock en la casa del Enaco… de Woodstaco. Y así comenzó la historia.

Buscando sorprender

Y mi historia en Woodstaco comenzó el viernes 11 de enero. La cita era a las 12 del día, hora en que abría el Camping Trapiche San Manuel, a unos 35 kilómetros al sur oriente de Parral en la Región del Maule. Las bandas comenzaban a tocar a eso de las 7 de la tarde. Yo llegué cerca de las 10 de la noche desde Santiago con un par de amigos.

La oscuridad de esa hora no me permitió distinguir los detalles del paisaje en un primer momento. Lo que sí sucedió fue ver una masa heterogénea de gente con sus mochilas de camping, coolers, carpas, sillas y un sinfín de artículos de camping para instalarse en este nuevo lugar para todos.

Las últimas siete versiones del evento habían sido en La Montaña de Teno, un lugar cercano a Curicó y al que, disculpando el vicioso centralismo, se llegaba en dos horas y media desde Santiago. Por primera vez en muchos años se cambiaba la sede de este evento que cada año se hace más conocido a lo largo de Chile.

“Ya llevábamos muchos años en el mismo lugar, lo que generaba que ya todo esté muy estructurado. Queríamos volver a sorprender, necesitábamos esa gueá”, me cuenta Felipe para dar a entender el porqué del cambio de lugar para esta undécima versión de Woodstaco. Y vaya que sorprendieron al elegir el Camping Trapiche. Varias hectáreas de naturaleza pura.

La primera misión de la noche era encontrar un lugar donde instalar la carpa. Gracias a una tropa de avanzada, tenía un puesto reservado en el sector playa del camping, a pocos metros del río Perquilauquén. Para allá llegué cruzando senderos entremedio del bosque, cientos y cientos de carpas que nos avisaban que se venía bueno el mambo.

Ya instalados en un lugar, bastante apacible y al que muchos desorientados llegaban buscando la ruta correcta en medio de la noche, era hora de comenzar con el itinerario de bandas al que iría a ver en lo que quedaba de noche y el resto del fin de semana. Qué buena sensación la de rodearse de miles que andaban en la misma.

Eran cuatro los escenarios principales que contaban con una grilla de artistas que superaba la centena. El escenario Rock, con el que nació Woodstaco, ubicado en un ala, alejado del resto de sitios del lugar, con un amplio espacio y al que llegabas caminando después de unos 7 minutos desde la playa. El escenario Laguna Mental, ubicado al costado de la laguna a la que todos fuimos a refrescarnos. También estaba el escenario Nexo y el Enjambre, ambos a pocos metros pero muy bien diferenciados.

Partimos por el rock. Para llegar allá me atravesé con algunos stands en el camino. En uno de ellos incluso consumí por un módico precio, una porción de rosin para ponerme a tono con el evento. Entre galletas y caños que de los que ya no quedaban rastros, agradecí este pequeño envión para disfrutar aún más a las bandas y el ambiente de mi primera noche en Woodstaco.

Se estaban presentando los Fuck You a esa hora. Harto rocanrol, guitarras pesadas, buen sonido. Me pareció un buen indicio para la banda que quería ver que era Dosintoxicados, lo que quedó de Intoxicados, la exbanda del Pity Álvarez que hoy está en una cárcel Argentina por un homicidio. Un lujo de banda para el festival, pero que también demuestra su alcance y consolidación.

En el intertanto quise recorrer el lugar para conocer dónde estaba y cómo me iba a mover durante la larga noche que esperaba a los miles que ya estaban en el camping haciendo sus propios planes. Entre senderos y señaléticas puestas por los organizadores, pude darme algunas vueltas hasta los otros escenarios. Pude contemplar el riachuelo que conectaba con el río y la laguna, atravesar un bosque con figuras de hongos puestas por el equipo de decoración de la producción, varias intervenciones de luces y artes plásticas. Una atmósfera potenciada por el trabajo artístico.

“Uno no sabe cómo va a quedar el festival cuando ves el lugar sin los escenarios ni la gente, te lo tienes que imaginar. Ese fue un trabajo arduo que duró todo el año”, me cuenta Felipe. Los últimos tres años los pasaron evaluando la posibilidad de cambiar el lugar y tras una gira de dos meses por parte de dos miembros de la producción entre la región de O’higgins y la nueva región del Ñuble, escogieron Trapiche, entre un par de alternativas más.

La versión de 2018 fue la décima de Woodstaco y se celebró como tal. Por eso este 2019 era un momento simbólico para cambiar de aires y calzó perfecto el camping Trapiche. Una geografía amigable con la plebe, río y laguna para capear el calor y los tábanos que pululan por el lugar, quizás sorprendidos al ver tanta gente junta.

Viendo un par de shows con un nivel técnico profesional, tanto de las bandas como de los escenarios, volví al lugar del Rock a ver a Dosintoxicados provisto de un completo que me compré a luca y media en uno de los stands cercanos. Los precios eran bastante asequibles, por lo que fue imprescindible haber llevado efectivo suficiente para comer como rey en el lugar.

“Tratamos de que los costos sean bajos para poder ofrecer precios al alcance de todos los que vienen, si te fijas esos stands están armados con pallets y mallas y cumplen su función”, me explica Salas. Él debe encargarse de las operaciones logísticas del festival, lo que implica mantener un stock de comida y brebajes suficientes para alimentar a tantas personas. Muchas con el bajón clásico de las buenas fumadas que se/nos pegaron.

Un show más corto de lo que pensé, con dos covers del rock clásico incluidos, me dejó con una sensación de insuficiencia tras el show de los argentinos. Pero después pensé en el contexto. Cientos de bandas por conocer, eso es lo que importa. Haber escuchado a una de las bandas que componen mi playlist oficial de la vida en medio de un camping y pasada la 1 de la mañana es impagable. Lo estaba disfrutando. Menester verlo así para no perder el sentido de esta experiencia.

Entre luces y sombras volví a caminar por el lugar, encontrándome con gente de varios lados que en sus caras podía ver el deleite de estar viviendo una jornada que sólo entregaba buenos momentos. Las zapatillas y las canillas estaban empolvadas producto del mosh frente al escenario. Ya habrá tiempo para ducharse, pensé.

Y así pasó la primera noche, deambulando entre el Laguna Mental, el Nexo y el Enjambre, conociendo el lugar sin saber que en pocas horas me sorprendería aún más por los parajes a la luz del día. Eran las 5 de la mañana y aún quedaban bandas arriba de los escenarios. La verdad, para mí, que nunca pararan de tocar. El regreso a la carpa se tornó complicado en algunos momentos porque eran tantos los caminos nuevos que a veces terminaba en lugares a los que ni pensaba llegar, pero que alimentaban las ganas por seguir descubriendo y explorando. Las carpas te hacían sentir acompañado en todo momento y en cada sitio encontrabas a grupos de gente que llegaron juntos y otros que se unían en el lugar como si fueran amigos de antes.

Entre guitarras, percusiones, armónicas y demases, el público hacía su propio festival acampando a la luz de la luna y con la naturaleza como escenario. Hasta me invitaron a unirme a una gran ronda cuando iba camino a mis aposentos. Tuve que declinar la oferta por un llamado de la selva algo inoportuno en ese instante, pero prometí volver, más nunca lo hice. Desde aquí pido disculpas a mis casi amigos de Conce.

Una de las razones de mi no retorno fue que en el sector donde estaba ubicado, los vecinos estaban organizando su propia fiesta llena de personajes, vituperios, destilados y fermentados. Los asistentes podían acceder a latas de cerveza por mil quinientos pesos o vasos de chela artesanal por dos lucas.

Cabe destacar que la organización distribuyó por todos los stands de comida los eco-vasos con motivos del festival que podías comprar a mil pesos, y si no te lo querías llevar lo devolvías en las cajas y te pasaban de vuelta la luca. Una de las tantas formas que tenían para concientizar sobre el cuidado del medio ambiente.

El día del Rock

El despertar del sábado fue duro, pero esperanzador. El sol radiante entregaba las condiciones para explorar la laguna y el río, y disfrutar de los sonidos que queríamos escuchar. Muy temprano comenzó en el Laguna Mental el reggae de Pulso Natural y luego llegaron los vientos de La Tromba. Delicia sonora al costado del agua cuando ya el calor te invitaba al chapuzón.

Pero el grueso del público se concentró esa tarde en el escenario Rock, lugar en el que se presentarían las bandas presentes más consolidadas de la escena. Perrosky, Los Peores de Chile, Sol y Lluvia y la Floripondio hicieron bailar a los cientos que congregaron. La nube de polvo cubrió los resecos cabellos y las caras de las y los valientes que mantuvieron vivo el mosh todo el tiempo.

“Nuestra idea es siempre generar un espacio para que bandas independientes sean escuchadas en el festival. Las bandas consolidadas atraen público, pero la gente no viene por una o dos bandas, viene por el festival completo”, analiza Felipe Salas para dar a entender que tampoco buscan ofrecer un line up con cabezas de cartel como en otros festivales. Acá todas las bandas importan y a todas se les trata como merecen. Por Woodstaco han pasado bandas como los Fiskales Ad-Hok, Aguaturbia, o Florcita Motuda.

Para tocar en Woodstaco hay que ser seleccionado por una comisión encargada de escuchar sonidos nuevos durante todo el año. Algunos de los organizadores que realizan ese trabajo son músicos y han tocado en el festival. Además, cada año se abre una convocatoria a bandas de todo Chile para postular a tocar en alguno de los escenarios. También llegan bandas de Argentina, Perú, Colombia y el resto de Sudamérica.

Son más bandas las que uno quiere ver que las que puede ver. Hay que ir sabiendo eso, ya que muchas veces las distancias entre escenarios y los horarios complejizan una estructura para poder estar en todos lados. Pero lo seguro es que en el lugar en el que estés, descubrirás algún sonido, alguna canción que pase a engrosar tu lista de reproducción personal.

Qué rápido pasó

Las jornadas se extienden hasta la madrugada en los escenarios. Unos duermen en sus carpas, otros deambulan por el camping, muchos aprovechan la enorme cantidad de stands para comer y refrescarse, la laguna se ve colmada de todo tipo de personas. Otros tantos van hasta el escenario del micrófono libre a interpretar sus canciones, a improvisar un poco de rap con banda en vivo, todos pueden ser parte de Woodstaco.

“Lo que se está formando desde el año pasado en el escenario micrófono libre es algo a toda raja. Que puedas tocar en Woodstaco en un escenario con instrumentos es súper bonito y representa el espíritu del festival”, comenta Salas al hablar del micrófono libre. También hay un espacio para los más pequeños en Woodstaquitos, con instancias pensadas para niños y niñas, acompañados de personas mayores de edad.

El domingo ya llega y se nota en el ambiente. Desde temprano pude ver cómo resistían los amanecidos con música a todo volumen y la fiesta desatada en ciertos sectores del camping. Pero también estaban abandonando el lugar muchas personas. Volver a la ciudad y a la rutina es el próximo paso.

La mayoría trató de extender la estancia lo más que pudo y se ve en sus caras un dejo de tristeza por dejar atrás los tres días en que no importó que a veces los baños estuvieran sucios, aunque se limpiaban constantemente. A fin de cuentas, todos éramos iguales ante la naturaleza, la música y lo que es mejor: quedó demostrado que la autogestión es capaz de lograr consolidar a Woodstaco como el más grande festival independiente de Chile.

“Queremos que cada año el festival sea un poco mejor que el anterior. Tampoco queremos sobrecargarnos, somos 13 personas trabajando todo el año, más un staff de casi mil personas en el lugar, pero esto es por y para el público que quiere venir a este festival”, concluye Salas.

El año, definitivamente, empieza en Woodstaco.

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