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Ese Ejjas Luchando contra la modernidad

Con el sol que explotaba desde la orilla de la tierra, a las 6.30 en punto, zarpamos desde el puerto Capitanía de Riberalta, con destino a una de las últimas comunidades aborígenes de la Amazonía boliviana, Portachuelo, donde viven los Ese Ejjas. Acá la historia del viaje por un río sobrevolado por mariposas y mosquitos y que me hizo entender que en lo simple siempre habita la belleza.

Por Nathaly Norambuena Astorga

Aunque la localidad queda a unos 50 kilómetros del puerto, la travesía en el “comandante Marco”, como se llamaba nuestro barco, duraría casi dos días. Todo con el objetivo de visitar y conocer a los “Chamas” como les llaman en la ciudad.

La gente hablaba mucho de ellos. Dicen que son ariscos y solo van a “Riber”, a vender cosas y buscar plata. Que aún mantienen su lengua nativa y algunos incluso han sido ayudados por fundaciones para ir a estudiar al extranjero.

En nuestro viaje, las torbellinas olas nos dan una dura batalla. Pareciera que navegar en un río es fácil, pero la realidad está muy lejos de eso. En el trayecto se nos aparece la típica lluvia tropical. Fuerte y con mucho viento. Gracias a que “El comandante Marco” tenía techo y telas de plástico para cubrir los costados, logramos sortear la tormenta y evitamos que nuestra comida, ropa y todo lo que llevábamos se mojara.

Pero las olas y las turbulencias fueron un tema aparte y solo gracias a la habilidad para navegar del experimentado capitán, pudimos salir de tremendas ondas acuáticas que se formaban en este río que tiene más de mil metros de ancho y casi 20 de profundidad.

El primer día fue duro. Como la comida es lo principal para mantener la energía, acoplamos una pequeña cocinilla a gas que teníamos debajo de la proa, donde no alcanzaba a llegar el viento. Cocinamos arroz con charqui de carne frito, quedó exquisito y el capitán, tras bajar la velocidad, me dejó llevar el timón mientras él comía.

Aprendí que siempre se debe navegar por la orilla, pero no por cualquiera, aunque uno esté en contra de la corriente, siempre existe una orilla que lleva el flujo de agua. Una vez que uno conoce ese dato, lo puede apreciar, aunque siempre existe la posibilidad de confundirse. Varias veces nos tocó que el flujo se cambiaba de orilla y debíamos cruzar hasta el otro extremo.

Miedo. Harto miedo producen esos cambios, porque la mayoría de las veces, en la mitad del río ocurren muchas cosas, como que se presenten remolinos de agua, que pueden llegar a volcar el barco o que exista una pequeña isla que no se ve.

Para nuestra suerte, las dos cosas nos encontramos en el camino. La primera me hizo temblar. El barco comenzó a moverse de un costado al otro y el agua empezó a entrar por montones. Tuve que reaccionar rápido y no sé cómo se me ocurrió ponerme en medio del barco para tratar de estabilizarlo y funcionó. Gracias a un segundo de equilibrio, el capitán logró salir de ahí y encaminar el barco a la otra orilla.

Un poco más allá, nos encontramos con una pequeña isla y quedamos varados. Debimos bajarnos y literalmente, mover el barco, meneándolo, para sacarlo del barro. Tras casi una hora, logramos salir.

Rápidamente empezó a caer la tarde. Mientras uno navega el tiempo pasa veloz y de un momento a otro, debíamos alistar la carpa para protegernos de los mosquitos, que fielmente cada día a las 18.00 salen a “comer”.

17.45 y todavía me faltaban algunas varillas de la carpa para terminar de armarla mientras el capitán intentaba buscar una orilla segura donde poder encostar.

No sé si alguien se pueden imaginar el terrible zumbido que hacen millones de mosquitos gigantes viniendo hacia ti. Pero suena a algo terrorífico. Afortunadamente logré armarla y me metí dentro. El capitán no alcanzó y se quedó un rato amarrando el barco para que pudiéramos pasar la noche.

Para ingresar a la carpa tuvo que hacer una especie de lulo gigante con una toalla y golpearse en todo el cuerpo para sacar los mosquitos que llevaba pegados. Abrí y el entró. Fue una maniobra rapidísima, pero eso no evitó que entraran unos cien mosquitos.

Espantada por la cantidad que habían ingresado, comenzamos a matarlos mientras otros nos picaban. Los apretábamos contra la carpa y explotaban llenos de nuestra sangre. Lo bueno era que como no estaban acostumbrados a los seres humanos, eran bastante torpes y fáciles de matar.

Luego de unos minutos, pudimos descansar. Todo con tal de llegar a Portachuelo y conocer a ese pueblo que no quería ser “civilizado”.

El atardecer era bellísimo. El color que se formaba en el agua era de una hermosura sublime y el ruido, que luego de una o dos horas de un chillido intenso de los mosquitos, quedó en la más profunda y silenciosa tranquilidad.

En ese momento me sentí como en un sueño. La intensa luna se reflejaba en el agua y lograba iluminar tan bien esa inmensa selva, que se podía ver todo a la perfección.

Improvisamos una pequeña fogata sobre una lata y nos fumamos un caño. El más pacífico, intenso y lleno de simbolismo de toda mi drogadicta vida. Era espectacular estar ahí. Luego de un rato, pasadito de las nueve, el cansancio era demasiado y nos fuimos a acostar.

El capitán se durmió en una hamaca cubierto por un mosquitero para evitar a esos rebeldes que se quedan toda la noche buscando sus presas. Y yo, me metí a la carpa. Todo dentro de nuestro barco de 13 metros de largo y cinco de ancho.

Al día siguiente nos despertamos cerca de las 5.00, todavía no salían los mosquitos, así que preparamos algunas cosas y a las seis yo me metí a la carpa, mientras el capitán ponía en marcha al Comandante Marco.

Zarpamos y empezó nuevamente la maravilla de viaje. Nunca lo había imaginado, pero a las mariposas les encanta volar por el río y miles de ellas se veían revolotear. Volaban cerquita y se paraban en el barco. Nos venían a ver al igual que los pájaros. ¡Qué cosa más bella! Qué gran oportunidad tenía de ver y sentir todo eso. Me sentía muy privilegiada.

El viento soplando contra la cara. En un momento de relajo el capitán colgó la hamaca y me dijo que me meciera un rato. Prendí uno de los buenos y me puse a mirar alrededor.

Paz, tranquilidad, belleza, era el paraíso.

Llegó el mediodía y debíamos volver a comer, así que nuevamente se improvisó la cocina en la proa y comimos lo mismo que el día anterior.

En unas horas más íbamos a llegar a Portachuelo. Así que debíamos alistarnos, porque según el mapa, había una gran curva y luego se debía entrar un una bifurcación y seguir otro recorrido.

Otra vez el temor llegó a mí. A lo lejos se veían cosas flotar en el río, algunos eran troncos plantados en la tierra, otros derrumbados por las tormentas, barcos que habían naufragado, otros quemados por el fuego. Tanta tragedia se veía en el camino y todos esos escollos había que evitarlos, porque si chocábamos con uno podía romper las tablas del barco y hasta ahí no más llegábamos. Que difícil es salir victoriosos de esa travesía, pensaba.

Llegamos a la curva y casi nos volcamos, pero sobrevivimos. Seguimos avanzando y entramos al brazo de agua que nos llevaría a Portachuelo. Todo estaba bien. El objetivo de conocer a los Ese Ejjas estaba cerca.

En la entrada del brazo del río, vimos a una familia pescando, les preguntamos por Portachuelo y nos dijeron que siguiéramos el camino.

Faltaban una o dos horas de viaje. Quería llegar luego. Conocer a los aborígenes de los que tanto había oído. Verlos cómo eran, cómo vivían, qué hacían. Pero por sobre todo, escuchar lo que querían decir.

Seguimos el trayecto y de pronto vimos un pequeño riachuelo que salía de un espacio abierto de tierra. -Ahí debe ser- Dijo el capitán. Ya que según indicó el pueblo tenía un lago y un riachuelo que desembocaba en el río.

Llegamos casi al caer la tarde. Así que debimos alistar la carpa y encerrarnos por un rato, hasta que pasara la invasión de mosquitos.

No podíamos ir al pueblo porque no sabíamos cómo nos iban a recibir, así que decidimos esperar hasta el día siguiente cuando el sonido de los peces saltando en el agua nos despertó.

La emoción me hizo salir rápidamente de la carpa y logré ver a muchos peces saltando de un lado a otro. Algo tan natural, que solo se ve por televisión, yo lo veía en vivo y en directo. Sin perder segundo alguno, fui a buscar mi cámara y lo filmé.

Empezamos a preparar el desayuno y según dijo el capitán, lo mejor era esperar a que los Ese Ejjas nos vinieran a visitar.

No pasaron más que unos minutos y de pronto vimos a unos cinco niños bajando por el riachuelo en un tronco, que después nos enteramos le dicen “callapo”.

¡Yapamé!, ¡!Yapamé!, comenzaron a gritar. Yo, sin saber qué hacer, les respondí con la misma palabra. Al desembocar en el río se soltaron del callapo y fueron hacia el Comandante Marco.

Los saludamos y les invitamos un vaso con un refresco que nos habían dicho que ellos tomaban. Agua con harina de yuca y azúcar. Era bastante rico y nutritivo.

Lo recibieron alegres y desde ese momento se transformaron en nuestros amigos.

Estuvimos tres días en el lugar y fuimos inseparables.

Nosotros llevábamos lápices de colores, hojas blancas, libros que habíamos reunido y varias otras cosas de regalo. Ellos regocijados con tantas cosas, nos acompañaban hasta que sus padres los iban a buscar.

De esa forma conocimos a los niños y a sus familias, aprendimos algunas palabras de su idioma y lo que ellos querían de la vida.

Rápidamente supe que Yapamé significa: hola. Y se volvió una palabra más de mi vocabulario.

Juntos jugamos por horas. Nos enseñaron a tirarnos con un palo largo y angosto, de un extremo al otro del riachuelo. También a bajar desde el lago del pueblo hasta el río y a llenarnos de barro para luego sacarlo con el agua del río.

Descubrí que lejos de lo que se decía de ellos, su cultura va mucho más allá. Aunque algunos visten con ropa vieja y muchas veces rota que han conseguido en Riberalta o que alguien les regaló, ellos prefieren andar desnudos.

Aprendí que son mucho más generosos y colaboradores que los “civilizados”. Trabajan en comunidad y cuando uno tiene algo, es de todos. Aprendí que se intercambian los alimentos. Uno cosecha papayas, mientras que el otro plátano y el vecino arroz. Si no lo truecan, lo llevan a Riber a vender y la plata la juntan y luego la dividen.

Una que otra vez aparecen personas de alguna fundación para ayudarlos y aunque no hablan español, gracias a los “gringos” que llegaron para extraer el caucho y luego las plantaciones de plátano, ellos se preocuparon de que siempre haya más de alguien en la comunidad que hable español.

También supe que esos mismos “gringos” los quisieron exterminar por su oposición a la explotación de la tierra, pero desde que se fueron, han logrado repoblar su comunidad.

Además de toda la historia, cultura, datos y conocimientos que me traspasaron, descubrí que la felicidad está en la simpleza.

Una de las niñas, quien me dijo que su nombre era Reina, me contó que su sueño era tener una familia. Aunque sabía que ahora podía estudiar o trabajar. Ella quería seguir viviendo en su pueblo, con sus costumbres y su idiosincrasia. Eso, me dijo, era lo que los diferenciaba de las otras etnias, que se han dejado influenciar por los extranjeros. “Nosotros no queremos cambiar. Queremos seguir siendo nosotros”, me dijo en un perfecto castellano.

Como preferían no ir al único colegio que hay en el sector, pasaban el día jugando con nosotros. Lanzarnos al agua desde el barco se transformó en el panorama preferido. Gracias a la confianza que adquirieron, me dejaron ver su belleza y simpleza, tan natural de los niños, pero tan lejana del mundo que yo conozco. Ellos, sin pudor, corrían desnudos y se reían sin parar de cualquier cosa. Nos abrazaban y nos ayudaban a ordenar. Su felicidad estaba basada en vivir. Nada más que vivir.

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