Fuente: Memoria Chilena
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El opio de un pueblo bicentenario

Las drogas han existido desde tiempos inmemoriales en el mundo, y el Chile de hace ya 200 años, no fue la excepción. Ya sea que se hayan usado con fines medicinales o recreativos, lo cierto es que en la época de la formación de la República, variadas sustancias acompañaron a los próceres que forjaron nuestro país. Así que le echamos una mirada a qué y cómo consumían los Libertadores de América.

Por Rodrigo Inostroza, Máster en Historia de América / Ilustraciones por Claudio Romero.

La celebración del bicentenario ha abierto la posibilidad de re-estudiar la historia de Chile desde distintos enfoques hacia diferentes temáticas. Así, hemos visto aparecer novedosas publicaciones sobre los tiempos aquellos que formaron la ‘identidad’ nacional, pero sin embargo, nuestra historiográfica no se ha detenido en el tema del consumo de drogas y narcóticos durante el periodo de la independencia y formación de la república.

Para empezar, existe poca información sobre la farmacopea chilena durante el periodo pre hispano, colonial e inicios de la república. Es sólo con la llegada de los naturalistas europeos que se comienza a investigar, rastrear y clasificar las plantas presentes (autóctonas) y las introducidas; Frezier, Bougainvillier, Famín… entre muchos más, dan inicio a la clasificación de plantas en esta tierra. Pero es el botánico y naturalista Claudio Gay quien da un gigantesco salto al publicar, en la década de 1840, su ‘Historia Física y Política de Chile’. “Cuando, en 1830, llegamos a aquella República, las tres cuartas partes de las especies de la flora chilena no eran conocidas de los botánicos”

Por supuesto que nuestros médicos mapuches conocían el uso de centenares de plantas pero ellas se reducían a un territorio específico que no incluía necesariamente el Chile central, y además, el opio derivado de la amapola no era nativo de la región, al igual que el cáñamo de origen asiático.

El tema es saber qué ocurría con el consumo de narcóticos durante el proceso de independencia y formación de la república, lo que nos puede llevar bien adentro en el siglo XIX.

José Francisco de San Martín (1778-1850)

Sabemos que la cannabis sativa, planta introducida, fue clave como materia prima para la confección de fibras vegetales en su forma de cuerdas, velamen e incluso papel; actividad que estaba muy desarrollada en el mediterráneo en los siglos de la conquista y posteriores; de hecho, hoy la avenida principal en Marsella se conoce con el nombre de “Cannebière” en alusión a la actividad cannábica que le daba vida en los siglos citados, donde se confeccionaban las extensas cuerdas para la marinería francesa.

El cultivo, favorecido por el clima mediterráneo del Chile central, se convirtió en una necesidad económica para la colonia. Sin embargo, el consumo que más se documenta en la época de los Libertadores de América o Padres de la Patria, es el opio, sobre todo ‘medicinal’. Notorio es el caso del General José de San Martín, un reconocido consumidor de opio desde temprana edad dado sus malestares físicos, como señala el interesante trabajo del cientista político Mario Meneghini. San Martín incluso le habría prometido al líder argentino J.M. Pueyrredón, que sólo consumía para aminorar la fatiga”, justificando que no consumía fuera de la necesidad médica.

La inglesa Mary Graham en su “Diario de mi residencia en Chile” (1822), comenta que “Se dice generalmente que San Martín es aficionado a la bebida: no creo que esto sea verdad; pero tiene el vicio del Opio y le acometen accesos de pasión tan frecuentes y violentos que nadie puede sentir segura su cabeza”.

Bernardo O’Higgins Riquelme (1778-1842)

Es verdad que la autora no guardaba un especial aprecio por el caudillo, enemigo declarado de su compatriota y amigo Lord Thomas Cochrane, pero también es cierto que pudo observarlo con atención y describir con detalle y agudeza su situación anímica y psicológica. Las calificaciones de ‘vicio’ o ‘accesos de pasión’, probablemente se deben a que la autora conocía las cualidades curativas del opio, así como sus efectos eufóricos y desenfrenados en su forma no somnífera sino psicoactiva, ya que estuvo algún tiempo en India acompañando a su padre, capitán de la Real Marina Británica, pero se concentró sólo en las patologías que genera su consumo desmedido.

El opio, una de las drogas más antiguas de la historia de las civilizaciones, se usaba mayoritariamente para fines medicinales, siendo poco significativo su uso recreacional. Pero claro, su uso frecuente y la composición bioquímica del fumador, así como las enfermedades que padecía, podían derivar en la adicción, lo que parece ser la realidad que afectó a San Martín. La historia médica del prócer da a entender claramente el uso de este narcótico, pero sus doctores no coinciden en la finalidad de su uso: meramente terapéutico, placentero o bien ambos. Lo que sí es cierto es que lo consumió durante casi 50 años.

Simón Bolívar, Mitre y Sarmiento, también eran consumidores de Opio como ‘medicina múltiple’. Bolívar, según testimonios, dijo haber escuchado voces en el Monte Chimborazo que le hablaban de la unidad latinoamericana, y muchos historiadores atribuyen esa euforia, presente en su carácter y situaciones extremas, al consumo de Cáñamo u Opio.

Lamentablemente no existen historias médicas de su consumo en O’Higgins o Carrera. Aunque Bernardo O´Higgins, amigo personal y compañero de San Martín, probablemente no era ajeno a la existencia del opio ni sus propiedades curativas, relajantes y motivantes. No sería extraño que del botiquín de San Martín hubiera salido algún analgésico, para que O’Higgins pudiera luchar en la batalla de Maipú, aún estando seriamente herido.

Luego veremos como otros próceres siguieron vinculados a lo que en su época era medicina, o plantas no penalizadas, como el Cáñamo y el mencionado Opio, como por ejemplo es el caso de Patricio Lynch, quien participó en la primera Guerra del Opio, a favor de Inglaterra, para re-introducirla en China en 1841. Queda clara entonces la doble moral de la época, que entregaba plenas facultades al comercio de dichas sustancias, pero sancionaba moralmente los efectos y conductas que generaba su consumo.

Ilustración anónima de 1822. El pueblo representado como ovejas mientras San Martín, botella en mano, los arrea con látigo. O´Higgins, representado como la mula que carga a San Martín, defeca a Tagle mientras Pueyrredón detrás sirve alcohol y pisa una Biblia. Es sugerente que la visión que muestran los enemigos políticos de los padres de la patria sea relacionada con los vicios.

O’Higgins y sus sucesores normaron con severo criterio la conducta moral del pueblo prohibiendo fiestas, celebraciones, “excesos” y toda expresión que pudiese oler a desorden, desenfreno o diversión. El mayor ejemplo de ello es el ministro plenipotenciario Diego Portales. El historiador Sergio Villalobos en ‘Portales. Una falsificación histórica’, da cuenta de la figura y mito de quien infundiera a la fuerza el concepto del orden y el desprecio al mundo lúdico. Se construyó sobre su figura un modelo unigénito y la oligarquía, más que nadie, fortaleció este mito, ya que se ajustaba al modelo de república que querían, en la que el vicio, el ocio y cualquier signo fuera del orden establecido era peligroso.

La generación intelectual del liberalismo que, haciendo suyo el movimiento liberal europeo de 1830, inició una demanda contra el sistema represivo, conservador y tradicionalista del antiguo régimen.

En Europa esta demanda estuvo acompañada por movimientos artísticos y literarios con un gran sentimiento de evasión y búsqueda de nuevas realidades frente a la opresiva reinante, y así aparecieron poetas y artistas que se apoyaron en el opio, la absenta, y otros narcóticos y psicoactivos, buscando “iluminar” su crítica, su abandono o desidia del mundo.

En adelante y hasta casi fines de siglo, las drogas serán el aliciente infaltable de cada crítico del sistema político, cultural y artístico del siglo XIX que reinaba con Inglaterra controlando el tráfico de esas “medicinas”. Las droguerías preparaban pociones, bálsamos, tónicos y ungüentos en base a opio, láudano, cocaína y absenta entre otros. La lista es larga: en las recetas de farmacia de Edgar Allan Poe, Goethe, Goya, Shelley, Byron y Walter Scott, se revela un alto y regular consumo de láudano.

Otros artistas exaltan la realidad que viven en torno a la absenta. Como Degas en su cuadro “La absenta”, Van Gogh, con “Naturaleza muerta con Absenta”, y Manet en “El bebedor de Absenta”. Otros reconocidos bebedores fueron Oscar Wilde, Toulouse-Lautrec, Víctor Hugo, P. Verlaine, A. Rimbaud, S. Rusignol, C.Baudelaire y E. Kant, entre muchos otros.

La absenta fue un licor que caló hondo en el mundo intelectual europeo de la segunda mitad del siglo, proporcionando una creatividad libre de los cánones estilísticos establecidos. Claro, porque su principal componente era la tuyona, alcaloide psicoactivo que era parte de la composición química presente en el ajenjo y similar en estructura a la del cáñamo. Su consumo en Chile fue minoritario, de hecho sólo se conoció hacia fines del siglo XIX; en el caso del Opio, éste quedó relegado a las comunidades asiáticas en el norte minero (en Iquique existió un edificio hasta la década de 1950 que fue opiadero) y más tarde en las ciudades industriales, pero para entonces ya estábamos en el siglo XX y la república funcionaba plenamente.

En Chile el movimiento liberal, que relevó al autoritarismo del espíritu portaliano imperante en la construcción de la república, se concentró más que nada en ilustrar, civilizar y occidentalizar el país sobre la base del modelo europeo. De ello dan cuenta Francisco Bilbao, Benjamín Vicuña Mackenna, Santiago Arcos y José Victorino Lastarria, quienes a pesar de sus experiencias y viajes, no trajeron con ellos el desenfado contra el mundo y la civilización expresada a través de la evasión, sino que al contrario, trajeron la exaltación de ella.

La fiesta de la república con música y alcohol celebra el triunfo de la guerra mientras los soldados mutilados, viudas y huérfanos miran desde afuera. El propio general Baquedano sirve cerveza a la oligarquía triunfante.

Una de las obsesiones de la “civilización” fue la lucha contra los vicios del pueblo, curiosa coincidencia con el espíritu portaliano y el concepto del orden.

El alcohol aparece entonces como la realidad patente, omnipresente y concreta de la sociedad chilena, impertérrita ante el ataque moralista de los conservadores y de la iglesia, inmóvil ante los ataques poéticos de Andrés Bello, elevado al Olimpo en la historia de Chile y al racionalismo higienista médico de los liberales. Casi la totalidad de las viñas del país estaban en manos de la iglesia y de los terratenientes conservadores, los principales detractores y acusadores del alcohol. Curiosamente, la crítica al alcoholismo será un punto en común entre liberales y conservadores, claro que desde diferentes trincheras. En los primeros será un freno para la civilización y modernidad de la nación y su pueblo, mientras que para los segundos la degradación moral y espiritual que aleja al hombre de la iglesia y lo vuelve peligroso y desafiante de la autoridad.

Los años de fundación de la república imprimieron, además, un sello grave, estricto y reñido con las expresiones populares y sus diversiones y vicios, quedando éstos relegados al pueblo, al roto. (Maximiliano Salinas ‘El que ríe último ríe mejor’)

Caricatura de la prensa liberal contra la iglesia. El pedestal porta variedad de licores, que sostienen a un fraile mientras el obispo protege a un falso profeta, un político conservador.

Nuestros liberales, intelectuales y rebeldes que sucedieron al orden portaliano, no fueron los desenfrenados y alucinantes que reinaron en las calles de París o Londres la segunda mitad del siglo XIX, sino que se concentraron en la creación de un estado laico, anticlerical, civilizador y occidental, no se evadieron con narcóticos ni psicotrópicos, es más, vieron en ellos y el alcohol la fuente de muchos males. No cuestionaron su orden mas allá de sus fronteras y disputas locales e incluso no miraron al mundo indígena, sus plantas, ni su medicina, con diferentes ojos que el resto de los blancos.

La república creció expandiéndose a sangre y fuego mientras nuestros artistas recreaban estilos clásicos europeos, y sólo la literatura parecía avanzar independiente al estado cultural oficial impuesto, a través del costumbrismo y naturalismo, donde el alcohol aparecía con toda su fuerza y tragedia.

La verdadera droga en la historia republicana, entonces, parece haber sido el alcohol. Criticado y combatido por una parte, pero aceptado y aplaudido por otra, bajo una crítica tolerante y cínica.

A 200 años de la independencia, cabe preguntarse cuál ha sido el verdadero opio del pueblo o en este caso, de la República, y el real lugar que tuvieron en ella las yerbas, medicinas y narcóticos en el ideario popular, tan opuesto a las formas que se establecieron desde un inicio con el concepto del orden. Nuestra República se desarrolló bajo estrictas medidas de seguridad y se adaptó del viejo continente sólo lo justo y necesario para modernizar y fortalecer el estado nacional; algo faltó para despertar ese gusto por la catarsis, el desasosiego con la modernidad y el progreso sin sentido, ese desapego del mundo físico… fue demasiada civilización occidental, moderna, cristiana y blanca.

Archivo Cáñamo. Septiembre 2010, Edición 41.

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