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El Chamaco y el Chile en las calles del vicio

Creció en las calles del Miami narco de los ochenta:
La ciudad de Cara Cortada, Pablo Escobar y Griselda Blanco. Comenzó a cultivar hierba en su pieza en la Pequeña Habana y llegó a tener a su cargo varias casas convertidas en granjas en los barrios de Miami. En ellas cosechó cientos de kilos de marihuana destinada al mercado negro. Hasta que lo deportaron de regreso al país de donde había emigrado siendo un recién nacido: Chile. El lugar donde hoy se dedica a enseñar a cultivar con fines medicinales. Esta es la historia de El Chamaco, cosecha tras cosecha.

Por Marcelo Ibáñez Campos

El Chamaco tenía nueve o diez años cuando vio a su hermano El Chile romper una botella contra el asfalto y enterrársela en la mejilla a uno de los líderes de los Latin Force. El Chamaco no recuerda bien qué edad tenía, pero sí recuerda el color carmesí de la sangre chorreando de la cara del pandillero y el espeso charco que se formó sobre el asfalto de su barrio en Miami, aquella tarde cálida a mediados de los ochenta.

Su barrio era la Pequeña Habana. El mismo lugar donde unos años antes de esa pelea, llegaron a vivir buena parte de los 125 mil cubanos que desembarcaron en Miami en 1980, incluidos los criminales, locos y presidiarios que Fidel Castro liberó de las cárceles y manicomios de Cuba. Así llegó Tony Montana en la ficción a Miami. Y así llegaron varios de los cubanos que terminaron trabajando para Griselda Blanco. “La Madrina” que inició a Pablo Escobar Gaviria en el negocio. La narcotraficante colombiana que convirtió a Miami en la capital mundial de la cocaína y en la ciudad más peligrosa de EE.UU., impulsando su entonces altísima tasa de homicidios.

En 1974 el Chile llegó a las calles de ese barrio como el hijo mayor de una familia que migró desde el país que se convertiría en su apodo, junto a su hermano recién nacido. El Chile llegó como un adolescente moreno, fuerte y atlético, aficionado a levantar pesas. Se hizo hombre trabajando como estibador en el puerto de Miami mientras escribía su fama a puñetazos dentro del barrio. Su nombre se movía entre apostadores de carreras de motos clandestinas, donde el Chile participaba como miembro de los Exterminators Racing Crew, un grupo de veinteañeros de la Pequeña Habana entre los que abundaban los “marimberos”: distribuidores de drogas ilegales al por mayor.

A diferencia de lo que pasaría con el Chamaco -su hermano menor-, el Chile nunca fue parte de ese negocio. Lo suyo era descargar buques, levantar pesas, correr motos y pelear a mano limpia. Porque más allá de ser el hijo mayor de la única familia chilena de todo el barrio, el Chile era famoso por ser bueno para los combos. Un vigoroso gallo de pelea nacional, dispuesto a derribar a puñetazos a quien le faltara el respeto a él, a su familia y a sus vecinos, en el Miami narco de los ochenta.

Aquel día fue distinto. Eran tres miembros de los Latin Force -por entonces una nueva pandilla que comenzaba a ganar fama en las revueltas callejeras de la ciudad- buscando venganza: días antes el Chile había noqueado a otro miembro de esa pandilla, luego de que lo atrapara robando en su propio barrio. Eran tres contra uno. Quizás por eso el Chile quebró la botella y se lanzó directo a la cara de uno de ellos.

Junto a la botella, la pelea y la sangre, el Chamaco nunca olvidó lo que se dijo después de esa riña, cuando la cara cortada por su hermano puso fin a la pelea. “Vamos a volver por ti. Te vamos a matar”, gritaron los pandilleros a distancia. “Ustedes no se preocupen”, respondió el Chile. “Con la cicatriz que ahora tiene él, se va a acordar de mí por el resto de su vida. Siempre que se mire al espejo se va a acordar de mí. Cuando quieran, vuelvan, que aquí vamos a estar”, dijo sosteniendo la botella que goteaba sangre ajena. “Eso hizo que le tuvieran aún más respeto en el barrio. Mi hermano es súper bueno para los combos, lo vi pelear muchas veces y nunca lo vi perder. Ya tenía su fama, pero esa pelea lo hizo notorio”.

De ahora en adelante a todos les quedó claro. La gente del barrio, las pandillas y buena parte de la red de tráfico que se entretejía alrededor de ellos supo que lo mejor era no meterse con el Chile. Una fama que protegió más de una vez al Chamaco durante su adolescencia, como cuando intentaron asaltarlo mientras regresaba del colegio. “Al verme de cerca uno dice: ‘No, no, no, ese chamaco es el hermano de El Chile’. Los locos me saludaron y se fueron”.

Entonces se ganó su apodo. El nombre como lo conocerían dealers, jardineros, compradores y marimberos de las calles de Miami. El Chamaco.

DE KILOS A JARDINES

Los hermanos chilenos caminaban ya por veredas opuestas de la Pequeña Habana, cuando el Camagüey puso la pistola en la cabeza del Chamaco pidiendo explicaciones. O más bien, haciendo una de esas acusaciones que pueden acabar con una bala dentro de tu cabeza. Una de esas de las que no te salvas ni siendo hermano de el Chile.

-¿Por qué me robaste la hierba?, gritó el Camagüey con el dedo en el gatillo.

Camagüey era un “marimbero” de hierba que llegó a Miami desde la ciudad que le dio su apodo, con quien el Chamaco hacia negocios. “Yo era un middle man”, explica él. Un tipo que después de su pega de oficina solía conducir por Miami como dealer independiente, vendiendo los kilos de marihuana que el Camagüey guardaba en su casa como distribuidor de una red de tráfico.

El Chamaco era inocente de la “tumbada” (mexicana). Porque si hubo algo que aprendió de su hermano en las calles de Little Havana, más allá de saber cómo pelear, fue el ser un tipo derecho y de confianza. El problema era que todo lo que para el Chamaco eran malas coincidencias de aquel día (que justo el comprador le pidiera la hierba en la mañana cuando las entregas siempre eran nocturnas. Que no contestara a los llamados del Camagüey en todo el día porque se le quedó el celular en casa. Que la vecina lo describiera a él entrando esa mañana a la casa, porque efectivamente lo hizo pero para buscar la hierba, no para robar cuando Camagüey salió a dejar a su hija al colegio), para el marimbero en cambio no eran más que sospechas. Pruebas de la culpabilidad del Chamaco en el robo de su mercancía.

“Si no me crees, vamos a mi trabajo a revisar las cámaras para que veas que yo no pude robar tu casa”, dijo el Chamaco, con la calma nerviosa de quien dice la verdad bajo el cañón de un arma. “Antes de salir a la autopista, me hizo devolverme. Vio que yo estaba tan decidido, que entendió que estaba diciendo la verdad”.

El incidente no hizo más que fortalecer la relación entre ambos: cuando al poco tiempo en la calle se habló de que alguien estaba vendiendo hierba baratísima, Camagüey supo que había encontrado sus kilos de mercancía robada. Entonces fue acompañado, se agarró a balazos, recuperó lo suyo y cobró su cuota. Por ello, meses después, cuando descubrió un puñado de billetes falsos en la paga de una venta de tres kilos hecha por el Chamaco, el traficante no dudó en apuntar esta vez sus sospechas y su arma a la cabeza del comprador.

“Lo primero que hizo el Camagüey fue agarrar fierro antes de salir”, recuerda el Chamaco. “El comprador primero negó todo. Y siguió negando hasta que salió la pistola. Y cuando salió la pistola, dijo ‘tal vez a mí me cagaron, yo no sé que es eso’. El Camagüey puso la pistola en la mesa y le dijo: ‘No sé que tú crees. Tú no sabes con quién estas hablando. Tú lo ves a él, pero no sabes que detrás de él estoy yo. Y esto, yo sé que él no lo hizo. Lo hiciste tú. Así que tú me tienes que pasar la plata ahora, porque sino, vamos a tener problemas'”.

Esta vez no hubo necesidad de balazos. El Camagüey y Chamaco salieron de ahí con el dinero que faltaba, más doscientos dólares extras por el mal rato y las disculpas del chico universitario que había tratado de pasarse de listo. “La hicimos, no pasó nada, el loco se cagó y nos fuimos con lo que nos correspondía. Igual, yo me sentí como un gangster, you know. Como de película”, dice el Chamaco, con la cara de quien cuenta una vieja travesura.

Su paseo por el “lado salvaje” había comenzado años antes, por amor a la hierba más que a las lucas. Siendo un adolescente fumón, Chamaco comenzó a mover gramos de hierba para fumar gratis. Cuando descubrió que esas flores venían de una plantita que uno puede cultivar en casa, se convirtió en jardinero para tener cogollos de mejor calidad. Una cosa llevó a la otra y de pronto el Chamaco se vio vendiendo los kilos de la hierba que custodiaba Camagüey. Eso hasta que apareció Eazy; otro marimbero cubano con quien había compartido salón de clases en el High School.

El Chamaco ya era capaz de sacar dos gramos por watt en sus cultivos personales, el doble de lo que se considera una buena cosecha, y ya se había enamorado de las plantas y del proceso de cuidar un jardín. Por otra parte, ser cultivador era mucho más seguro que ser dealer. Además, cuando Eazy le propuso ser cultivador de su red de tráfico, lo hizo con una oferta difícil de rechazar: en lugar de pagarle un valor fijo por ampolleta como lo hacía con el resto, a él le pagaría por peso final. Así que mientras más grande fuera la cosecha que obtuviera el Chamaco, mayor sería su paga. “Yo podía ganar con una cosecha lo que gana en un año alguien que trabaja en una oficina en EE.UU: entre 40 y 50 mil dólares. Y sacábamos tres cosechas al año. Lo máximo que llegué a obtener fueron 42 kilos de cogollos secos por casa”.

“Cuando mi amigo vio mis resultados, me propuso trabajar juntos. Y así fue como pasé de una pieza a cultivar una casa entera. Él era dealer grande, trabajaba varias casas con otros cultivadores. Y como yo tenía buena mano, me terminó ofreciendo supervisar otros cultivos. No lo veía como negocio, era una forma de fumar buena hierba. Si acepté, creo que fue por el desafío, porque me gusta cultivar, ver crecer de la nada una planta que cuidas con cariño hasta que da sus frutos. En el fondo, me gustaba ser agricultor, sólo que plantaba cannabis en lugar de tomates. Todo empezó por el placer y las ganas de cultivar; el dinero era un by product (producto secundario) de lo que yo estaba haciendo, nunca fue el enfoque, nunca estuve sacando cuentas de cuántos gramos quería obtener. Lo que me motivaba era sacar la mejor cosecha y las mejores flores que pudiera”, relata.

LA GRANJA EST� EN LA CASA

A diferencia de su hermano mayor, el Chamaco es un tipo que prefiere la paz antes que la pelea: si el Chile podría ser un personaje de alguna película de Tarantino, el Chamaco es como ese fumeta, simpático y amable que aparece en toda stoner movie que se precie de tal. Con su cabeza rapada al cero y una cara que parece sonreír siempre, el Chamaco recuerda a una especie de Buda marihuano versión hip hopera, dispuesto a iluminar a quien lo requiera con su experiencia en el cultivo a pequeña y gran escala, a través de consejos donde aún se le cuela el espanglish.

Los siguientes meses el Chamaco se la pasó arriba de su auto conduciendo de acá para allá por Miami y sus alrededores, en busca de una casa que cumpliera con todos los requisitos de seguridad necesarios. “Debía tener espacio entre los vecinos, para que no te pudieran escuchar fácilmente, porque iba a hacer ruido trabajando a distintas horas. La calle tenía que tener un transformador de una potencia mayor que las casas conectadas a él, para poder consumir ese sobrante y no sobrecargar el sistema eléctrico del sector ni arriesgarse a generar un apagón. Tenía que estar, idealmente, en un sector rural, sin mucha densidad alrededor”, explica.

La casa la encontró en Homestead, una pequeña ciudad a una hora de Miami. Eazy la pagó al contado -“Si arriendas corres el riesgo de que un día aparezca el dueño. Y tú no quieres eso, es un riesgo que los inteligentes no toman”, explica Chamaco- y puso la casa a nombre de su cultivador. Luego de los brindis de rigor, el grupo se preparó para abrir a martillazos un tubo de metal en el entretecho de la nueva casa. “Ahí viene la pega más pelúa y peligrosa que es alcanzar los cables que llegan del tendido público, para poder colgarse a la energía”.

En EE.UU., la manera más fácil de ser atrapado por la policía en un cultivo de este tipo es a través del consumo eléctrico: cuando existe un salto importante en el consumo que se mantiene por el tiempo, las empresas eléctricas informan de ello a la policía dando inicio a una investigación. “Para evitar eso, robábamos la energía. Era una instalación más menos peligrosa de hacer, había harto riesgo de recibir una descarga eléctrica, algo que sucedía todo el tiempo”.

El agudo eco del martillazo sobre el metal resonó por el entretecho de la casa, avisando que el hoyo en la pared ya daba paso al tubo que se escondía tras el muro. El agudo eco del golpe del metal sobre el metal, perforó los oídos de el Chamaco y sus amigos, quienes lo rodeaban sosteniendo palos y enfundados en guantes de goma, listos para separarlo de los cables en caso de que el Chamaco recibiera una descarga eléctrica que lo podía matar. “Rompimos la pared y al otro lado el tubo ya estaba abierto, alguien ya se había colgado antes a la electricidad. Después cachamos que otro jardinero había cultivado ahí. Fue una alegría increíble, mis amigos me miraban y no podían creerlo, me abrazaban, me besaban, me decían qué hueá, cómo chucha encontraste esta casa”.

Los siguientes cuatro años el Chamaco se los pasó viviendo en esa casa con centenares de plantas de marihuana como única compañía. Solo compartía la casa con un puñado de elegidos en tiempos de cosecha, cuando el grupo se encerraba durante una semana a podar. De vez en cuando recibía un llamado de Eazy, cuando había problemas con algún cultivo en otra casa. Entonces el Chamaco partía a ver qué estaba fallando y solucionaba el problema.

“Vivir en un cultivo de este tipo lo hace menos riesgoso, es la mejor forma de hacerlo. Si los vecinos ven a alguien que vive en la casa, si tomaste todas las precauciones necesarias, es raro que sospechen de algo. Y sin sospechas no hay rumor y sin rumor no hay sapeo. Lo único que te puede delatar es el aroma, la luz o que pase algo raro”. Algo raro, o directamente estúpido, como que los vecinos a los que tienes chato con tu música alta, te vean ir y venir a horas extrañas y se lo digan a la policía. Así cayó el primer jardinero de la red.

“Cuando cayó ese muchacho me di cuenta que no solo pasaba en las películas, que los pacos hacían su pega de surveillance y que te podían intervenir el teléfono de verdad o pasar meses en un auto afuera vigilándote, como supimos luego a través del abogado. Después de esa detención perdí un poco de confianza en la red. Básicamente no estaban trabajando con gente que fuera lo seria que debía ser. Para evitar que te detengan debes seguir un set de reglas. Y a pesar que se sabía que ese jardinero no las respetaba, siguieron trabajando con él”.

La pérdida de confianza en la red de Eazy, la cantidad de tiempo a solas en el cultivo y las mentiras a las que debía recurrir para poder ocultar su verdadera ocupación, hicieron que el Chamaco decidiera dejar el negocio. Con el dinero ahorrado armó una empresa legal y se fue de viaje con su polola a Europa.

Al regresar a EE.UU, un oficial de inmigración comenzó a interrogar al Chamaco sobre sus registros criminales. “Yo no sabía de qué me estaba hablando”. ¿Alguien lo había entregado? Imposible, nadie de esa red -a excepción de Eazy- conocía su verdadero nombre. ¿Eazy cayó y lo arrastró junto a él? Difícil, pero si así fuera, ya lo habrían detenido y no lo estarían interrogando, pensó el Chamaco en un par de segundos.

El “criminal record” que no recordaba, era una pequeña detención ocurrida hace más de una década. Entonces el hombre que movió de aquí para allá varios kilos por las calles de Miami, y que en cuatro años ayudó a producir cientos de kilos de marihuana al interior de la ciudad, terminó siendo deportado de los EE.UU. por una pastilla de MDMA que le habían encontrado en su auto diez años atrás. Entonces volvió al país del que había migrado hace tres décadas siendo un recién nacido.

“Eso no es marihuana” fue lo primero que el Chamaco le dijo a sus primos que acababa de conocer, cuando recién llegado de Miami a vivir en la comuna de Cerro Navia, le ofrecieron por primera vez un paragua. “Cómo que no es marihuana? Sí es”, le respondieron sus primos. Y a riesgo de caer mal, el Chamaco volvió a dejarlo en claro. “No, gracias, yo no fumo eso, yo fumo marihuana”.

Pasó un año y medio antes de que el Chamaco pudiera volver a fumarse un cogollo en Chile. En ese tiempo, mientras buscaba trabajo y volvía a vivir solo, pensó en hacerla otra vez Miami style. Se puso a buscar hasta que encontró una casa. Pero antes de que pudiera instalar el cultivo a gran escala, el lugar se quemó en un incendio. “Fue como una señal”, dice el Chamaco. “Yo nunca le tomé el peso al asunto, me vine a dar cuenta después, cuando me salí. Yo vendía flores de una planta que no le hace daño a nadie, por eso creo y siento, que de alguna manera la planta siempre me protegió”. Y por eso hoy se dedica a enseñar a cultivarla con fines medicinales, además de asesorar a los jardineros mientras atiende su growshop. “Eso es lo que me satisface más en estos momentos: ayudar al usuario medicinal a tener una buena cosecha que le permita acceder a su medicina”, dice.

“Creo que cultivar cannabis es como ser un buen cocinero o un buen panadero: si tú puedes seguir una receta, al pie de la letra, sin cambiar nada, vas a lograr resultados. Puedes hacerlo bien desapegado de la planta, como siguiendo un manual de instrucciones, y obtener un resultado que nunca será excelente. Esas cosechas muy buenas llegan cuando a ese conocimiento le pones cariño. Tú como jardinero tienes que tener una conexión con tu jardín, así te vas dando cuenta de las sutilezas con la que la planta te va hablando, mostrándote lo que le sobra o le hace falta. Son detalles que se pueden observar cuando uno se fija, mucho antes de que las hojas cambien de color, porque ahí ya tenemos un problema muy avanzado que puede ser muy tarde para revertirlo”, resume el Chamaco como una suerte de Yoda del cultivo, antes de desaparecer junto a su historia detrás de una nube de humo.