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Dentro del hogar de los Rastafaris

Jamaica es mentalmente sinónimo de marihuana, Bob Marley, Usain Bolt, playas blancas, mar calipso y más marihuana. De los colores verde, amarillo y rojo y de los emblemáticos rostros de los rastafaris con sus cabellos apelmazados y sonrisa eterna. Ellos son los verdaderos anfitriones de un viaje por esta nación caribeña.

Fotos y Texto: Jorge López Orozco

Tambores. Resuenan tambores y mi corazón se bate al mismo ritmo.  Media docena de rastafaris, percuten con precisión sus instrumentos mientras cantan con voces libres como truenos. Tras ellos en una bandera flamea la figura impecable de Haile Selassie, el antiguo emperador de Etiopía durante el siglo XX. La música estremece el ambiente de la Rastafari Indigenous Village, en Montego Bay, Jamaica.

Los tambores interpretan el hipnótico ritmo Nyabinghi, nacido hace siglos en Uganda, África, y a más de 12 mil kilómetros de distancia de esta isla situada en el mar Caribe. La melodía ruge sobre nuestras almas como si fuera un león en libertad.

Aunque la música es ajena, se siente propia, como casi todo en este tranquilísimo lugar, distante a sólo 20 minutos de los resorts frecuentados por “gringos” dedicados a engordar o del centro de Montego, pleno de gente jamaicana real y pequeños comercios. Esta ciudad es más famosa por el turismo de playas con doradas arenas y mar azulísimo cubierta por cadenas de hoteles de lujo y puertas adentro, que por su acervo cultural.

Caminando en Mo-bay

“No vayas”, eso es lo que dicen las guías de viajes y los foros de internet. Lo que te cuentan los guardias de los hoteles y algunos taxistas. El centro de Montego Bay – o Mo-bay- es “peligroso” o “no recomendable”. Sobran historias de acoso de vendedores callejeros, robo u ofertas de marihuana y otras drogas. Sin embargo, es también el gran sector para ver la realidad de frente y encontrarse cara a cara con la cultura jamaicana fuera de las acomodadas bondades de los resorts o de las playas con guardias.

La plaza Sam Sharpe –ubicada en la céntrica Market Street- es pequeña y siempre está llena de transeúntes. Un pequeño monumento recuerda a Samuel, héroe afrodescendiente que tras la navidad de 1831 inició una huelga en contra de las condiciones de trabajo en las plantaciones de azúcar, la llamada Guerra Bautista, y que terminó siendo la más grande rebelión de esclavos en la historia local y que duró por más de dos semanas. El resultado fue que murieron 14 blancos y más de 200 afrodescendientes, gentileza del ejército. Unas semanas después otros 300 fueron enjuiciados y ahorcados, entre ellos Sharpe.

Casi dos siglos después sus descendientes caminan libres, sonrientes, orgullos y con un estilo para vestir muy  particular, por las calles del centro de Mo-bay. Pararse a mirar gente es un deleite: peinados, colores, estilos y piernas largas estilo Usain, se suman a el reggae y el reggaetón que suenan demasiado fuerte en las esquinas. Pequeños locales de comercio venden todo en dólares americanos o jamaicanos -ambas divisas válidas- mientras el olor de los cogollos y su combustión, se hacen permanentes en la atmósfera.

La marihuana dejó de ser ilegal el año 2015. Su uso está permitido, pero su venta es ilegal, sobre todo para turistas. A pesar de ser conocida como una de las mecas universales para fumarse uno, el gobierno recién estudia la factibilidad de su venta y que ello motive una nueva arista de atracción turística. Como siempre la ley está más retrasada que la vida normal: hay taxistas que ofrecen visitas a granjas de cultivadores que, por unos 30 mil pesos chilenos, permiten amplias degustaciones.

En el centro hay una pequeña aldea de artesanos. Acá viven los colores clásicos de la vida rasta: todo es verde, amarillo y rojo. Poleras de Bob Marley, pipas, suvenires de todos los tipos y precios. Pero ¿y los verdaderos rastafaris?

En la tierra del Primer Hombre.

Aunque hay varios que caminan o venden vegetales en las calles, este definitivamente no es su medio. Las ciudades compuestas por el esquema capitalista son llamadas como Babilonia, un lugar en que la filosofía de este movimiento no se desenvuelve con fluidez porque degrada los valores fundamentales de la humanidad y del medio ambiente. La antítesis de la vida en la Villa Indígena Rastafari.

“Ser rastafari es una pregunta acerca de quién eres tú y si esa es la persona que quieres ser. Ser rastafari es nacer de nuevo. Es una pregunta a tu origen, concepciones y conceptos sociales. Redefinirse en realmente necesario y me di el derecho a crearme a mí mismo nuevamente”, cuenta First Man, el líder de la Villa, ante la pregunta de por qué no se llama más Edward Wray.

El “Primer Hombre” tiene una barba incipientemente cana, una edad indefinible y una enorme sonrisa. Habla con soltura desde su metro noventa de estatura y nos invita a sacarnos los zapatos para cruzar el río.

De la caótica belleza del colorido centro de Montego, a sus antípodas. Arriba de una colina en el barrio de Rivers Gardens, se encuentra la hectárea que les fue donada hace 10 años y que se ha transformado en su piedra fundamental y en un lugar de profundas conversaciones:

– ¿De dónde vienes? – me pregunta.

– De Chile, muy lejos de aquí.

– ¿Allá tuvieron una Presidenta, cierto? – dice First Man.

– Sí, a Michel Bachellet.

– Una sociedad evolucionada. Una presidente mujer. Evolucionados -, contesta.

Una historia de casi un siglo

First Man también sabe que hay comunidades rastafaris en Chile. A pesar de que la villa carece de electricidad, celulares y –por ende- internet, están sumamente conectados. Han expuesto en un plenario de la Organización Mundial de Turismo y son parte en las mesas de trabajo para el resguardo de su patrimonio cultural y natural indígena en conjunto con el gobierno de Jamaica. 

Con casi dos metros de altura, nuestro guía pasa con delicada decisión las aguas del río Montego y con su mejor sonrisa nos invita a pasar. Esta “limpieza” antes de entrar a su territorio es parte de la profunda cosmovisión que la naturaleza ejerce sobre ellos: contacto directo.

Pero, ¿quiénes son “ellos”?  El movimiento rastafari se originó en la década de 1930, cuando ese mismo año se coronó a Ras Tafari Makonnen –posteriormente conocido como Haile Selassie-, como emperador de Etiopía. Los casi 13 mil kilómetros de distancia no fueron problema para que la población de Jamaica sintiera que a través de Selassie se cumplía una profecía que, una década antes, fue expresada por el periodista Marcus Garvey, activista por la unificación de los negros y la vuelta a su continente originario: “Miren a África, un rey negro será coronado porque el día de la liberación está cerca”.

El emperador del único país africano jamás conquistado por fuerzas extranjeras, se entronizaba como el símbolo de que la tercera reencarnación de Jah – abreviatura de Yaveh- estaba vivo. Sus antecesores había sido Melquisedec y luego Jesús.

El salvador había sido coronado y los fundamentos rastafaris, de orígenes hebreos y con mucha influencia del Antiguo Testamento, se comenzaban a asentar. First Man, mientras caminamos colina arriba, cuenta que los antiguos adherentes fueron perseguidos y algunos encarcelados por no considerar a Jorge VI y Elizabeth II, reyes de Inglaterra, como sus monarcas.

La independencia jamaicana permitió llevar, en 1966, a Selassie a la isla. Su recibimiento fue multitudinario y las principales autoridades del ya muy popular movimiento rastafari -como el príncipe Emmanuel- participaron de esta soñada cita llena de simbolismos bíblicos y la promesa de volver masivamente a Zion, la patria africana.

En pleno 2018, la Villa Indígena Rastafari no es Zion, pero es un convincente sucedáneo: “Vivimos en armonía con la vida y en una interrelación con lo existente. Todos lo que consumimos acá, es producido en este lugar y reducimos cualquier tipo de pobreza, compartiendo lo que tenemos”, revela el Primer Hombre.

Armonía de amor

Antes de llegar a las coloridas casas de la villa, nos espera un enorme individuo con unos largos e impresionantes dread locks. Vestido con una camisa y pantalones de arpillera, Iziniga Ion encarna la sabiduría por todas las plantas de la comunidad. Un profundo vozarrón acompaña a su gran físico y ambos contrastan con la delicadeza con que toma a cada planta, mientras cuenta sus secretos.

Entre ellas están las de cannabis, las cuales tienen una trascendental función en la espiritualidad rasta. La ganja se fuma y se usa tanto para rezar, en la contemplación o para tener estados de ánimo favorables. Algunos ancianos habitantes de la villa descansan mientras detentan enormes pipas que provocan envidia. La planta de marihuana, dicen, germinó al costado de la tumba del mítico rey Salomón y desde ahí nació su carácter sacramental.

Pocos minutos después aparece Queen B, una hermosa mujer rastafari, que ofrece degustaciones de frutas y agua de coco, enseñando acerca de otros de los postulados fundamentales: la dieta i-tal. Compuesta por vegetales, frutas y pescados cocinados sin sal ni aliños y con un total desprecio por los productos fabricados, el café y el alcohol.   También nos explica que el pelo y la barba (esto último, no en el caso de Queen B) se dejan crecer en libertad debido al voto nazareo y a la semejanza con uno de sus íconos: el león de Judá.

Los tambores comienzan a sonar y First Man habla de la importancia de la música para la comunidad. A pesar de que Bob Marley popularizó el reggae, lo que ellos tocan con varios tipos de tambores fabricados en la villa no se parece a la que hicieron universalmente conocida los Wailers. La música de los rastafaris se asemeja mucho más al latido de un gran corazón: es el Nyabinghi.

Alma Rasta

Este ceremonial de percusiones proveniente de Uganda son cantos religiosos. “Despierta Zion / Yo despertaré / Despierta y libera tu tierra / Porque queremos ir a la tierra / Donde fluye la leche y la miel / Para el hombre sabio que llama a tu puerta”, recitan algunos de sus cantos que unen a todos los anfitriones en un gran coro.

Prince Tebah toca uno los tambores en segunda fila, él es uno de los músicos más importantes de la isla. Su rostro muestra sólo paz bajo un gorro tejido que cubre su cabello cano, mientras que sus manos, enormes y ágiles, llevan el ritmo principal.

La música se vuelve una conexión directa con las raíces africanas, con la naturaleza jamaicana y con cada uno de los participantes foráneos en este ritual. Las palabras de First Man erizan la piel cuando habla de que en el planeta todos somos una gran comunidad y que dependemos los unos de los otros para su sobrevivencia. O cuando habla de consciencia y autoconocimiento. O cuando ríe estertóreo con la boca bien abierta como queriendo tragarse al mundo.

Es difícil no sentir que nuestra alma sudaca tiene más que ver con estos tambores, con esta filosofía menos materialista y escasamente conectada a un teléfono inteligente, que, con un paseo por un centro comercial, el Black Friday o el match de Tinder. Dan ganas de convertirse como rastafari y quedarse en esta villa haciendo jabones, regando plantas, percutiendo los tambores o fumando la sagrada ganja para rezarle a todos los dioses agradeciendo y agradeciendo sin parar.

Este lugar se ha erigido como resistencia al actual modelo de desarrollo social capitalista y en un ejemplo de cómo el turismo puede aportar en el enriquecimiento de un conocimiento multicultural, con un modelo sustentable y con una experiencia mucho más espiritual que material. 

Atardece y el viaje termina entre afectuosas despedidas. Atrás quedan todos los clichés acerca de esta trascendente cultura y quedan abiertas una serie de preguntas y conversaciones que, ojalá, en alguna ocasión futura pudieran ser ciertas. Es hora de volver a Babylon.

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