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De moral, prohibición y ciencia. A propósito de la adicción al cannabis

¿Por qué el prohibicionismo continúa vigente? ¿Qué ha hecho para sobrevivir? ¿Por qué cuesta tanto hacer otras políticas del cannabis? Las respuestas a estas preguntas son capitales para entender por qué el prohibicionismo, a pesar de sus fracasos, continúa gozando de buena salud. La estrategia para perdurar en el tiempo ha sido su capacidad de metamorfosearse de “prohibicionismo moral” a “prohibicionismo científico”, es decir, la ciencia le ha servido de treta para esconder su orden moral bajo una pátina de cientificidad. La adicción al cannabis es uno de los mantras más repetidos para deslegitimizar la legalización.

Por David Pere Martínez Oró

Quienes estamos convencidos de que el prohibicionismo es una política nefasta a veces nos interrogamos de cómo puede ser que, a pesar de la estela de fracaso acumulada, aún perdure como estrategia para abordar la cuestión del cannabis. A la hora de explicar su perdurabilidad, algunos apuntan a los intereses económicos, otros al miedo de la reforma y unos terceros a motivos más o menos verosímiles. A mi modesto entender, se debe a la imbricación de múltiples factores, uno de ellos, que no dudo en apuntar como el más importante, es la capacidad que tuvo para metamorfosearse de “prohibicionismo moral” a “prohibicionismo científico” o “ciencia de la adicción”. Bien sabemos que el catalizador del prohibicionismo moral fueron los valores de orden puritano, confesional y xenófobo, basados en la templanza y el desprecio hacia la ebriedad. Los consumidores de sustancias entendidas como impías (opio, cocaína y marihuana) pertenecían a otras religiones, etnias y clase social, por tanto, en una sociedad extremadamente creyente, racista y clasista fue factible asociar consumidor con pecador, perturbado mental y asesino. Los consumidores, entendidos como peligros públicos, se pusieron bajo control y se criminalizaron gracias a la aprobación de las leyes que prohibían los opiáceos, la cocaína y la marihuana.

La metamorfosis del prohibicionismo

El prohibicionismo moral consiguió elevar a cruzada mundial su aversión a la ebriedad. Su espíritu articuló las negociaciones políticas que cristalizaron en los tratados de fiscalización de Naciones Unidas. Los tratados apelaron a la ciencia para justificar la prohibición de determinadas sustancias. No importaba que los informes científicos que demostraban la perversión de las sustancias sometidas a fiscalización fuesen redactados por científicos afines a Anslinger y su cruzada moral, es decir, informes de escasa o nula calidad científica. El caso más sonado fue el del cannabis. Nunca presentaron informe alguno que justificase su inclusión en la Lista I (sustancias consideradas muy peligrosas y sin propiedades terapéuticas). Este barniz de cientificidad ha sido capital para la subsistencia y reproducción del modelo prohibicionista. La lógica prohibicionista ha evitado demostrar la eficacia de las políticas punitivas, ha desestimado evaluar las consecuencias de la fiscalización y ha desoído las voces que han apuntado que los objetivos planteados son quiméricos e imposibles de alcanzar. Más allá de las estrategias dirigidas a erradicar la producción y consumo de substancias, en las cuales la DEA ha marcado perfil propio, los esfuerzos se han centrado en despolitizar la cuestión de las drogas y desplazar la discusión hacia el terreno científico.

En las últimas décadas, producto de la secularización de la vida cotidiana y la implementación de la sociedad de consumo, la ciudadanía occidental ha adoptado un sistema de valores centrado en el individualismo y el consumismo. La vida de los individuos ya no está regida por imperativos morales de orden confesional, sino que está orientada por valores individualistas que les reportan placeres y rédito personal. El espíritu de los valores individualistas produce la tolerancia por desinterés, es decir, toleran las más variadas opciones de vida porque no entran en conflicto con el estilo de vida centrado en el yo. Estas actitudes explican, según un estudio de la FAD del 2016, por qué el 30,2% de los jóvenes españoles consideran que los clubes de cannabis “no me molestan, que cada cual haga lo que quiera mientras respete a otros”. Por tanto, si la moral religiosa tiene un papel exiguo en cómo la ciudadanía gobierna su vida, mantener políticas de orden moral, como si de la edad media se tratase, deviene un contrasentido, un anacronismo que las sociedades supuestamente avanzadas no pueden admitir en su ordenamiento jurídico. Aunque, quienes conocemos el prohibicionismo reconocemos su componente moral, este en ningún momento se reconoce asimismo atisbo alguno de moralidad. Todo lo contrario, se presenta ante la opinión pública como garante de la salud colectiva y de la seguridad ciudadana. Y, para legitimarse y despolitizar el fenómeno, apunta que sus decisiones se fundamentan en evidencias científicas, libres de cualquier moralidad o sesgo personal.

El paso del prohibicionismo moral al científico fue lento pero incesante. La metamorfosis obedecía a la necesidad de esconder la moral puritana bajo una pátina de cientificidad, a fin y efecto de ganar credibilidad ante una opinión pública individualizada y secularizada. El proceso de mutación fue extremadamente complejo, pero podemos señalar al National Institute Drug Abuse (NIDA) como el organismo que ha marcado las tendencias de investigación en el ámbito de las drogas en los últimos cincuenta años. Como bien sabemos, tanto el NIDA como otros centros de investigación han centrado sus esfuerzos en generar conocimiento a partir del método científico sobre los problemas y la toxicidad (maldad) de las drogas. Para alcanzar sus propósitos, redujeron las sustancias a cuestiones meramente farmacológicas, fisiológicas, genéticas y, muy especialmente, neurobiológicas. El cerebro se ha convertido en el órgano fetiche y la adicción en el mantra de sus publicaciones. Los científicos tienen la extrema convicción de que sus resultados están totalmente libres de cualquier sesgo ideológico y que sus publicaciones se basan única y exclusivamente en el método científico. De lo que no dan cuenta es bajo qué condicionantes han aprendido el oficio de científico o qué temas pueden investigar y cuáles están vetados. En ocasiones ni se imaginan que pueden investigar sobre temas que superan la adicción y los problemas, como, por ejemplo, el placer. Inimaginable. Aquello que no se investiga no se conoce. Por tanto, si los prohibicionistas científicos solo investigan sobre la adicción al cannabis, solo pueden obtener resultados que apunten que el cannabis es adictivo.

La ciencia prohibicionista como régimen de verdad

Las conclusiones que ensalzan la perversidad del cannabis han contado con la complicidad de los medios de comunicación. Las noticias evidencian a la opinión pública que el consumo es sinónimo de enfermedad, desviación, desintegración social, delincuencia y, en última instancia, análogo a la muerte. La ciudadanía da por ciertas estas aseveraciones porque se derivan de la investigación científica. La ciencia no admite enmienda porque es un régimen de verdad, esto es, convencer a la población de que el conocimiento científico está libre de intereses y de sesgos morales. Por tanto, todo aquello que se diga sobre el cannabis que contenga el sello de “calidad científica” es entendido como válido, fiable y real. Y, como todo aquello que se dice del cannabis es negativo y alarmista, la opinión pública solo puede mostrar actitudes de rechazo frontal e incondicional hacia todo aquello que remita a cannabis.

Entre las múltiples “verdades” que ha intentado naturalizar el prohibicionismo científico quiero destacar el pábulo que le ha dado a la adicción al cannabis. Todas las investigaciones lideradas por prohibicionistas científicos han subrayado el componente pernicioso del cannabis, y cuando empiezan a hablar de esta sustancia casi de manera instantánea apuntan a su enorme capacidad adictiva, y si nos despistamos asocian casi impunemente consumo con adicción. En ocasiones, los enunciados sobre potencial adictivo son tan exagerados que consideran igual de adictivo el cannabis que la heroína. Se estima que el 9% de las personas que alguna vez en su vida han empleado cannabis desarrollarán algún tipo de adicción, muy lejos del 23,1% de la heroína. Pero estas comparaciones poco importan. El prohibicionismo científico persigue soslayar cualquier voz disidente a sus preceptos, y más si plantea que otras políticas del cannabis son posibles. Los prohibicionistas científicos se escandalizan ante las propuestas de legalización porque consideran que una sustancia tan peligrosa y adictiva debe prohibirse. Un bucle perverso del cual no pueden escapar. Sus argumentos “científicos” gestados en los laboratorios y en las consultas médicas les impiden ver más allá de estos espacios. Una mirada general les permitiría darse cuenta de las consecuencias funestas de la prohibición, y que lo mejor para el conjunto de la sociedad es la legalización. Esta situación permite dar cuenta de por qué los médicos, psiquiatras e investigadores de laboratorio se rasgan las vestiduras ante la legalización, y los científicos sociales y las personas con sentido común no entendemos por qué continúa la sinrazón de la prohibición.

Otra ciencia es posible

Mientras la “ciencia de la adicción” goce de absoluta credibilidad, esta continuará marcando los tempos de las políticas del cannabis de corte prohibicionista. Las políticas permanecen impermeables a las evidencias procedentes del “mundo social” porque tienden a considerarlas de escaso valor científico. Por tanto, producir conocimiento científico libre de preceptos morales deviene una necesidad para acumular evidencias que apuntalen la reforma de las políticas del cannabis. Los avances en el ámbito del cannabis medicinal serán capitales en los próximos años para realizar una ciencia de las drogas desvinculada del “prohibicionismo moral”.