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De la introducción del cáñamo a Chile hasta los albores del siglo XVIII

¿Qué pensarías si te contamos que gran parte del desarrollo económico y social del Valle del Aconcagua, entre el periodo colonial y la primera mitad del siglo pasado, fue sustentado por una planta llamada “cannabis sativa”? Es más, ¿qué pensarías si te decimos que la mayoría de los productos confeccionados con cáñamo que se comercializaron en las posesiones ultramarinas del vasto Imperio Español, fueron producidos en Chile? Pues bien, de ahora en adelante analizaremos el desarrollo del cáñamo en nuestro país, desde una perspectiva histórica, económica y social.

Por Nelson Rivas Fonseca.

El cáñamo (cannabis sativa) es una planta que ha acompañado al ser humano desde las primeras civilizaciones, siendo usada de manera medicinal, espiritual y pre-industrial que ha ido de la mano con la evolución social, política y económica.

Quien ha reconstruido algo de su historia, es el filósofo español, Antonio Escohotado, quien en su “Historia General de las Drogas”, habla del rol del cáñamo a nivel chamánico-espiritual en la península Indostánica: “Por lo menos desde el siglo XV a.C, se conoce y celebra en estos territorios el cáñamo en diversas preparaciones, la planta es denominada como “Vijohia” (…) sus preparaciones liquidas son la bebida favorita de Indra, el dios guerrero”. Desde el punto de vista medicinal, Escohotado nos muestra cómo en occidente, desde tempranos tiempos, utilizaron el cannabis desde un punto de vista medicinal ya que “los griegos conocieron y usaron el cáñamo (…) a veces mediante sahumerios o inciensos. Como se ha dicho las <ofrendas de humo contenían sin duda productos excitantes, que podían dar lugar a estados extáticos>”.

En lo que al continente americano respecta, podemos decir que desde la llegada de los conquistadores hispanos en 1492, los productos confeccionados con cáñamo y que eran traídos desde Asia y África gozaban de una confiabilidad única en el mundo, debido a la alta resistencia de estos, los que fueron puestos a prueba en los largos meses que duraba el viaje desde España hasta el Mar Caribe, donde las velas, jarcias (aparejos y cabos de un barco) y ropajes resistieron los embates climáticos y el paso del tiempo.

El periodista uruguayo Guillermo Garat lo sintetiza de la siguiente forma:

“América se descubrió gracias al cáñamo. Con los filamentos del tallo se fabricaron velas y encordados. También las vestimentas de las tripulaciones que llegaron a las costas del Nuevo Mundo estaban tejidas con hilados obtenidos de la planta hoy conocida como marihuana”. Durante el primer viaje de descubrimiento y conquista de lo que hoy conocemos como Chile y que llevó adelante Diego de Almagro, su multitudinaria hueste contaba con vestimentas y cordonería confeccionada con cáñamo, y si bien esta expedición falló, marcó un precedente de lo que vendría en los años próximos.

Con el establecimiento de los primeros colonizadores españoles en el territorio que hoy llamamos Santiago, luego de los complicados años iniciales de guerra contra los valerosos Araucanos, Pedro de Valdivia comenzó un periodo de internación de plantas y semillas europeas, con el fin de variar la alimentación de los alicaídos colonos y con esto poder activar el comercio con el virreinato del Perú; organismo hispano que, por esos años, oficiaba de benefactor de nuestra Capitanía General.

Es en ese contexto que el navegante genovés, Juan Bautista Pastene, quien habiendo recibido una encomienda en Curacaví, instauró su fábrica de “Frazadas y Jarcias”, la cual mantuvo activa desde 1550 hasta el año de su muerte, en 1580, estableciendo con ello el primer antecedente del cáñamo pre-industrial en territorio chileno.

Desde ese primer contacto con las fértiles tierras del Valle Central chileno, el cáñamo ha sido cultivado por campesinos y todos aquellos quienes visualizaron su beneficio personal junto a esta noble planta. Para dar una visión de lo que significaba este cultivo para Chile en el periodo colonial, el naturalista francés, Claude Gay, da una breve, pero detallada descripción, de lo que era la diversificación de los frutos introducidos por los europeos en nuestra tierra:

“Así a fines del siglo XVI todos los frutos de la vieja Europa se encontraban ya en tal abundancia que toda persona podía entrar libremente a una huerta y comer a su satisfacción sin temer la más ligera observación del propietario. Entre las plantas y las legumbres se cultivaban todos los que se conocen hoy día y aun el anís, el comino, mucho lino y cáñamo”.

Gay nos da a conocer un Chile extremadamente fértil e idóneo para el cultivo de frutas, verduras y legumbres. Claro está que la cannabis sativa tenía un lugar privilegiado entre los agricultores, quienes veían en este cultivo una forma de subsistir y de tener un abanico mayor de productos para comercializar en los mercados, principalmente en el de Valparaíso y de Santiago.

Fuente: Historia del Cáñamo en Chile

El lento avance del cáñamo durante la nueva centuria

Con la llegada del siglo XVII, el cáñamo seguía en un ritmo de crecimiento bastante “aceptable”, ya que “Chile fue el lugar donde mejor se desarrolló el cáñamo de la Corona, que abastecía a tanto a la metrópoli como a las colonias de América”. A inicios de este siglo específicamente en 1605, en la localidad de Quillota, habiendo caducado la encomienda de don Francisco de Irarrázaval, estas tierras pasaron a posesión de la corona española, siendo el momento en que el gobernador Alonso García Ramón, instaló en este lugar, “un obraje, destinado principalmente a tascar e hilar cáñamo, tanto para jarcia como para mechas destinadas a los arcabuces del ejército de la frontera”.

Que los terrenos desocupados o que las encomiendas caducadas fuesen destinadas para el beneficio del cáñamo pre-industrial no era una casualidad: fue debido a ello que durante este periodo “disminuyó mucho este cultivo y el Rey para levantarlo daba los terrenos vacos a la condición de que se hicieran siembras de cáñamo y lino”. Esta medida no es menor para lo que es el cultivo del cáñamo en Chile, ya que marcó un precedente en lo que a materia política se refiere, siendo el primer incentivo para este producto agrícola.

Al año siguiente, el 1 de enero de 1606, se dio lugar en la ciudad de Santiago a la primera Exposición de Artes e Industrias, donde estaban representadas principalmente la Alfarería, Curtiduría y la Torcedura de Cáñamo.

Durante el transcurso de este siglo, debemos tener en cuenta lo que José Bengoa nos describe sobre la agroindustria colonial en los Valles Transversales: “Esta planta se cultiva en la zona de Aconcagua desde los tiempos de la conquista española, época en la cual tuvo muchísima importancia. Tan favorables condiciones encontró el cáñamo en Chile y se desarrolló tanto su industria, que en 1645 se exportaban a España partidas de 27.300 quintales”. Dentro de este mismo marco, debemos tener en consideración que los reyes de España, tenían muy bien posicionado al cáñamo chileno, por lo cual, se buscaba incentivar el mayor cultivo y beneficio de esta planta, lo cual fue intensificado con las medidas antes detalladas.

Mientras que la segunda mitad del siglo XVII, el cáñamo en Chile vivía una época de altibajos productivos, y su consumo era diversificado a través de la larga gama de artículos realizados – frazadas, velas, jarcias, mechas para los arcabuces y mechas para las velas que daban vida a la iluminación colonial-, hacia la década de 1670, en las costas de Bengala, el marino mercante inglés, Thomas Bowrey junto a otros marinos ingleses, observó a los nativos locales que disfrutaban y se divertían con una bebida que llamaban “Bhang” y que, por supuesto, no tardaron en probar. El relato que hacen sobre su experiencia con esta bebida nos sienta las bases del primer testimonio directo de un consumo lúdico del cannabis: “La mayoría de los ingleses disfrutaron aquella aventura de drogarse a pesar de perder su dignidad”.

Junto con esto, el intrépido navegante inglés descubrió que el cannabis “podía fumarse como tabaco – una forma muy rápida de quedar atontado- o mascarse pero que su versión más placentera era como bebida”. “”Pero esto no solo fue un precedente para el consumo recreativo de cannabis por parte de los occidentales, sino que también para el comercio internacional, ya que el “Bhang” fue visto por los comerciantes ingleses como un nuevo producto, con niveles fluctuantes de suministro, demanda y consumo por parte de los británicos que vivían el auge de su dominio mundial con posesiones en África y Asia.

“Aquella fiesta (de Bowrey y sus amigos navegantes) marcó el inicio, para Occidente del uso de sustancias medicinales con el fin de satisfacer la curiosidad y el deseo del olvido placentero”. Esta afirmación es fundamental para contrastar la realidad de las potencias mundiales predominantes en aquella centuria.

Por un lado, el Imperio Británico buscaba la expansión económica total, por lo que se empeñaba en diversificar el mercado, satisfaciendo a la mayoría de su población e introduciendo desde esclavos hasta bebidas como el citado “Bhang”; y, en tanto, el Imperio Español se conformaba con lo que podía extraer de sus territorios ultramarinos sin un afán de expandirse, sino más bien de controlar a la perfección los territorios que tenía a su cargo, motivo por el cual la experiencia del consumo de sustancias con fines recreativos se vio replicado en las elites criollas desde fines del siglo XVIII.

Un periodo en que, además, los hijos de los criollos acaudalados que lograban ir a estudiar a Inglaterra y otros sitios de Europa, se contagiarán de las ideas liberales e imprimirán al Reino de Chile una dinámica que decantaría en el proceso independentista y reivindicador del patriotismo, propio del siglo XIX.

Pero sin irnos adelantando a lo que veremos en una próxima edición, debemos dejar las bases sentadas de lo que representó el siglo XVIII para la sociedad chilena. Desde el punto de vista agrícola, tendremos que lidiar con una baja en la producción en la zona campesina, Para mayor comprensión, debemos tener en cuenta al destacado intelectual Manuel de Salas, otro de los grandes impulsores del cultivo del cáñamo en Chile (y de la agricultura en general) y que en su “Memoria de don Manuel de Salas, sobre el estado del comercio, industria y agricultura de Chile, en 1796”, atribuye a causales sociológicas el poco desarrollo de las diversas actividades realizadas en nuestro territorio, las que las trata de la siguiente forma:

“La grande fecundidad de las mujeres, de la continua llegada de foráneos y de la muy rara salida de los naturales y sin embargo nada es más común que ver en los mismos campos que acaban de producir pingues cosechas, extendidos por pedir de limosna el plan, los brazos que la recogieron y tal vez en el lugar donde acaban de venderse las fanegas de trigo a ínfimo precio en la era”.

Salas, cree que la liviandad de la sociedad, el poco compromiso con el territorio nacional y la gran cantidad de población flotante son causales para la baja producción agrícola en la primera mitad de este siglo.

Para finalizar, debemos debemos tener en consideración que, siendo la cannabis sativa una planta que llegó de la mano de los colonizadores españoles, en Chile tuvimos que hacer propia una tradición de cultivo milenario, recordando que no había tenido cabida en América debido al estado de desconocimiento de la región. Una situación que cambió con la llegada del siglo XVI, y que hizo de nuestro país el lugar idóneo para el cultivo de la Cannabis sativa, cuyos beneficios permitieron al estado colonial sustentar buena parte de sus gastos, punto que detallaremos en la segunda parte de este viaje por la memoria cañamera en la historia de Chile.

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