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Cuando Tom Wolfe viajó más allá del ácido

En 2018 se cumplieron cincuenta años de la publicación de Ponche de ácido lisérgico, el libro que Tom Wolfe, fallecido en mayo de este año, consagró a las peripecias de Ken Kesey y sus Alegres Bromistas, incluido el mítico viaje de costa a costa de Estados Unidos subidos en un bus hasta las cejas de ácido, uno de los hitos que dieron forma al movimiento hippie, la psicodelia y la contracultura de los sesenta.

Por Iván Vila

“La prensa local, incluidas algunas de las publicaciones más minoritarias y hip de la ciudad, dedicó cierta atención al autobús, pero nadie comprendió cabalmente lo que estaba sucediendo. Interpretaron únicamente que se trataba de un grupo festivo. Lo era, en efecto, pero en julio de 1964 ni siquiera el mundo hip de Nueva York estaba del todo preparado para el fenómeno de un puñado de jóvenes que cruzaba atronadoramente el continente norteamericano en un autobús pintado con abigarrados mandalas fluorescentes, dirigiendo sus cámaras de cine y sus micrófonos hacia todo lo que se pusiera a su alcance en aquel país, mientras Neal Cassady tomaba las curvas más bruscas como un súper Hud y la nación norteamericana entera iba desfilando ante el parabrisas como ante una de esas condenadas cámaras panorámicas de Cinemascope que fuerzan los nervios ópticos como la goma elástica de un aeroplano de juguete”.

El bus era un vehículo escolar que el escritor Ken Kesey, erigido en gurú de la contracultura y el LSD, había comprado, tuneado y sacado a la carretera en compañía del grupo de seguidores bautizado como los Merry Pranksters, los Alegres Bromistas; Cassady, el conductor, había sido el compañero de peripecias de Jack Kerouac, al que la publicación de En el camino (donde era rebautizado como Moriarty) convirtió en héroe de la generación beat. Y el párrafo que pone en cuestión la capacidad del periodismo convencional para aprehender el significado y la importancia del viaje es de Tom Wolfe, que le dedicó al bus y al resto de la peripecia lisérgica del autor de Alguien voló sobre el nido del cuco y su banda uno de sus reportajes más ambiciosos, un reportaje escrito con técnicas hasta entonces casi exclusivas de la literatura de ficción. Ponche de ácido lisérgico (o The Electric Kool Aid Acid-Test, en su título original), una de las cumbres de lo que el propio escritor bautizó como Nuevo Periodismo, y puede que la mayor epopeya que la literatura norteamericana haya dedicado nunca a la contracultura de los sesenta y los orígenes del movimiento hippie, cumplió medio siglo. A Wolfe, recientemente fallecido, no le ha dado tiempo a celebrar el aniversario del libro que le convirtió en una de las estrellas más cotizadas del periodismo pop.

El periodista y el fugitivo

Wolfe, que había empezado en el modesto Springfield Union, saltó después al Washington Post y de ahí al New York Herald Tribune y a la revista Esquire, donde encontró el espacio para desplegar crónicas caracterizadas por una prosa libérrima, abigarrada y torrencial, a años luz de la sobriedad expositiva y los condicionantes a menudo funcionariales que encontraba en la prensa diaria. A mediados de los sesenta, el atildado Wolfe alternaba sus textos en Esquire, el Tribune y el suplemento semanal de este, la revista New York; ya había publicado una primera recopilación de artículos, El coqueto aerodinámico rocanrol color caramelo de ron, y ahora se planteaba escribir una novela.

En el verano de 1966, llegaron a sus manos una remesa de cartas que Kesey le había escrito al también novelista Larry McMurtry desde su exilio en México, a donde se había fugado tras simular su suicidio mientras estaba en libertad bajo fianza por una acusación de posesión de marihuana. Kesey buscaba una notoriedad que le diera fuerza en su pulso a las autoridades, y Wolfe, admirador de Alguien voló sobre el nido del cuco, quedó fascinado con las cartas, unos textos repletos de humor negro que le parecieron “locos e irónicos” y que “hablaban de disfraces, paranoia, gente huyendo de la policía, fumando porros y buscando el satori en las regiones más pobres de México”.

Las puertas de la percepción

Kesey había tenido su anunciación con el LSD siendo un fornido estudiante interesado en la psicología freudiana a finales de los cincuenta. Y fue gracias al gobierno, que es quien se lo suministró por primera vez, durante unas pruebas médicas para las que se presentó como voluntario y que no eran más que una más de las innumerables ramificaciones del MK Ultra, el proyecto de control mental de la CIA, que había visto en las drogas alucinógenas una oportunidad para la manipulación de individuos, y que se decidió a financiar experimentos para explorar sus efectos, como el del Hospital de Veteranos de Menlo Park para el que se ofreció Kesey por una remuneración de setenta y cinco dólares por sesión.

En poco tiempo había catado el LSD, el peyote, la psilocibina, la mescalina, las semillas del dondiego de día o el IT-290, a.k.a. “la superanfetamina”, y había descubierto un mundo nuevo. Se le habían abierto “las puertas de la percepción” de las que hablaba Aldous Huxley. Desde entonces, desde que descubrió esa indescriptible sensación de percibirse “como una pelota de pimpón en una riada de estímulos sensoriales”, en palabras de Wolfe, se entregó a una experimentación ya no reglada, a ejercer, en sus propias palabras, de “pionero” de esa nueva frontera y a difundir la buena nueva: el LSD era la llave para acceder a un estadio superior de la conciencia y la comprensión del mundo.

Kesey compró un terreno en La Honda, una zona rural de California, para convertirlo en su base de operaciones, y se instaló allí formando una comunidad con un grupo de amigos y acólitos que pronto pasó a autodenominarse Los Alegres Bromistas, en consonancia con la joie de vivre y el tono juguetón y festivo con el que abordaban su forma de vida alrededor del ácido, tan alejado de las ansias de trascendencia y el sesudo misticismo del otro gran gurú sixties del LSD, Timothy Leary.

Los beneficios de su primer libro y del segundo, A veces un gran impulso, le permitieron financiarlo todo. También la compra del autobús escolar con el que el verano de 1964 viajaron de La Honda a Nueva York, cruzando el país de costa a costa, y las llamadas “pruebas del ácido”, maratonianas sesiones abiertas de consumo grupal para sumar adeptos a la causa en espacios decorados con pinturas fluorescentes y amenizadas con música a todo trapo. El LSD aún no estaba prohibido, pero a Kesey las autoridades le echaron el ojo y lo pillaron dos veces con marihuana encima. Tras la segunda, temeroso de acabar en prisión, se fugó a México. Fue entonces cuando llamó la atención de Wolfe.

Un dandi entre hippies

El periodista pensó en cruzar la frontera para ir a visitarlo, pero antes de que tuviera la oportunidad, fue Kesey quien volvió a entrar en el país para participar en unas jornadas y acabó arrestado cerca de San Francisco. Fue estando encerrado cuando Wolfe habló por primera vez con él, según explica Marc Weingarten en La banda que escribía torcido, su apasionado recuento de la eclosión del Nuevo Periodismo. Después contactó con los Bromistas y pudo asistir al recibimiento que le hicieron a su líder cuando salió en libertad bajo fianza, y también a la “licenciatura de la prueba del ácido”, la que iba a ser la madre de todas aquellas sesiones abiertas, y en la que Kesey pensaba difundir su planteamiento para dar un paso más y alcanzar un nuevo objetivo: “ir más allá del ácido”. Es decir, conseguir alcanzar y mantener esa percepción aumentada de la realidad que proporcionan el LSD y otras sustancias alucinógenas sin ni siquiera tomarlas.

Wolfe escribió primero una serie de tres reportajes sobre el grupo, que publicó en la revista New York entre enero y febrero de 1967, pero no quedó satisfecho, ni tampoco Kesey, que los veía superficiales. Así que decidió perseverar y subir la apuesta. Pasó un año entrevistando en profundidad a los miembros del grupo y revisando fotografías, diarios personales y parte del metraje que los mismos Bromistas habían filmado de sus peripecias con la intención de hacer una película. Y siempre tuvo clara una cosa: debía mantener la distancia; es decir, ejercer de reportero, no integrarse en el grupo. Wolfe era amigo de Hunter S. Thompson, que apostaba por lo que él mismo bautizó como “periodismo gonzo”, es decir, por reportear a base de vivir en primera persona las experiencias de las que hablaba. Pero él prefería mantener su aspecto de dandi vestido como un pincel y escrutar a fondo a aquellos hippies que tratar de simular ser uno de ellos.

Thompson, de todos modos, le proporcionó a Wolfe el material para narrar el encuentro entre los Bromistas y los Á;ngeles del Infierno, los peligrosos motoqueros a los que el primero había dedicado uno de sus reportajes más famosos tras infiltrarse en la banda. Contra pronóstico, los dos grupos habían hecho buenas migas, y Wolfe así lo contó en su libro, como también el mucho menos afable encuentro entre los acólitos de Kesey y los de Leary, que en lugar de ser comunión, acabó en cortocircuito. Normal: mientras el segundo ejercía de místico y trataba de ligar la experiencia psicodélica con las filosofías orientales, el novelista se comportaba más bien como una despreocupada estrella de la cultura pop que se inspiraba en la literatura pulp, la ciencia ficción, los cómics de superhéroes y el rock and roll, y conseguía expandir su influencia hasta grupos como los Grateful Dead, fans incondicionales de Kesey, o los Beatles, que le copiaron la idea del viaje en un bus lisérgico en su Magical Mistery Tour.

Una religión laica

Wolfe se propuso ofrecer un gran fresco de hechuras prácticamente épicas que tratara de captar no solo lo que pasó, sino la percepción que de ello tuvieron sus protagonistas, y, a partir de ahí, la esencia de la contracultura de la época. El escritor echó el resto para transmitir, de la forma más vívida posible, la experiencia alucinógena de cada uno de sus protagonistas y también la peripecia colectiva, pero evitó la hagiografía, y mostró también el lado oscuro de la aventura de Kesey y los Bromista. Wolfe incluyó la historia de una chica que enloquece durante el viaje en bus a Nueva York y a la que el grupo abandona en Texas, donde acaba de ingresada en un psiquiátrico sin que nadie muestre demasiada preocupación por su suerte, y también los encontronazos entre Kesey y una de las principales fuentes del periodista, Sandy Lehmann-Haupt, cuya experiencia con el ácido estuvo plagada de problemas y malos viajes. Pero, sobre todo, Wolfe describe al grupo como a una secta. El reportero detecta la naturaleza religiosa del colectivo, con Kesey como mesías, y, sin emitir juicios, se entrega a fondo a documentar el nacimiento de una religión laica.

En Ponche de ácido lisérgico, Wolfe renuncia a una narración lineal, se entrega a fondo a los excursos con forma de monólogos interiores y a la experimentación formal, incrusta poemas y juega con la puntuación y con continuas interrupciones y elipsis para tratar de traducir a un texto escrito la forma de pensar de alguien bajo los efectos de un alucinógeno. A finales de los sesenta, el resultado, necesariamente irregular, fue algo absolutamente nuevo. Una especie de gran novela americana, la gran novela de la contracultura sesentera americana. Solo que, pese a las apariencias, no era una novela, sino un reportaje, un ambicioso e insólito reportaje de más de cuatrocientas páginas que, en muchos de sus pasajes, constituía una verdadera experiencia inmersiva que transmitía la sensación de participar de un viaje de ácido. Para contracultural, Wolfe.

“Más allá del ácido”

Eso sí, a años luz de los abordajes del gonzo Thompson, el escrupuloso distanciamiento del hombre de los trajes blancos también se extendió a la experiencia psicodélica de la que hablaba. Kesey le propuso tomar el ácido, montar ese caballo para contar luego la cabalgada, pero Wolfe, que nunca había tomado drogas, excepción hecha de algún porro meramente episódico, se negó, y optó por un abordaje periodístico de lo más clásico: transmitir las experiencias que sus fuentes le contaron haber tenido. Solo cató el LSD una vez, lejos del grupo, con un amigo en Búfalo, Nueva York. Pero, según contó en una entrevista en Rolling Stone en 1980, la experiencia no fue para nada como las que relata en el libro: “Me asustó muchísimo. Era como amarrarse a una vía férrea para ver cómo de grande es el tren. Fue bastante fuerte. Nunca lo volvería a hacer”.

El libro se publicó en agosto de 1968, de forma simultánea con la segunda recopilación de Wolfe: La banda de la casa de la bomba y otras crónicas de la era pop. Para entonces, el LSD ya había sido prohibido, los Bromistas se habían disuelto y Kesey ya había dejado atrás sus días de gurú y, tras cumplir una condena de cinco meses por posesión de marihuana, se había retirado a una granja propiedad de su hermano en Oregón con su mujer y sus hijos. De algún modo, Ponche de ácido lisérgico cumplía con el último y frustrado objetivo del Bromista en jefe antes de batirse en retirada, con aquello de tener la experiencia sin necesidad de tomar nada. De algún modo, Wolfe encontró la manera, su manera, de “ir más allá del ácido”.

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