Nuez de areca, betel y la estatura de los espíritus

Martín Correa-Urquiza
Martín Correa-Urquiza
Edición 142
Martín Correa-Urquiza
Martín Correa-Urquiza
Edición 142

Entre la comunidad kayan, en la frontera tailandesa con Birmania, el consumo de la nuez de areca y las hojas de betel es prioridad de las mujeres mayores y los hombres. Es parte de un ritual cotidiano que activa la vida y recupera a los espíritus caídos en un entorno de anillos, quietud y silencio amable.

Dos panales de abejas colgando en cada puerta. Secos. Deshabitados. La cuestión está en los agujeros, que espantan a los espíritus del dolor. Ma Pang cuenta y cumple con lo que le contaron sus abuelos en Birmania. Para ella y los demás allí en la aldea, a los dioses que enferman, roban gallinas o echan a perder la comida, no les gusta eso de andar contando agujeros; se marean, se confunden. Y puesto que para entrar en las casas dicen que deben contarlos, desisten. Así se ahuyenta a los malos espíritus entre los kayan y así lo hacen en Huay Pu Keng, una comunidad de poco más de veinte familias en el distrito de Mae Hong Song, en el norte de Tailandia, a pocos pasos de selva de una frontera intransitable en el oeste del país.

Los kayan son a su vez un subgrupo de los karen de ascendencia tibetana, y Ma Pang es una de las miles de refugiadas que subsisten sin ciudadanía en el que fuera el reino de Siam. Ella y su madre llegaron a pie desde Birmania cruzan

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