Galletitas medicinales en el bosque

Claudia Latorre
Marcelo Escobar
Edición 148
Claudia Latorre
Marcelo Escobar
Edición 148

Estábamos solos, completamente solos en medio de la oscuridad del bosque, nadie habitaba cerca y el pueblo estaba ubicado a más de 80 km de la casa de mis abuelos.

Desde el cielo aparecieron las nubes negras, que lentamente tomaron distintos colores, me sentía en un estado de ácido absoluto: había matices rojos, violetas, amarillos, azules ¡y tonalidades que jamás hubiera visto ni imaginado! Por un minuto pensé que me habían drogado.

Comenzó a llover, nos encerramos con llave mientras que mi abuela insistía en encender la leña "para que el frío no nos mate, y la lluvia no nos moje" decía con su voz temblorosa. Las venas de sus manos parecían salirse de ella, como queriendo escapar de su cuerpo estropeado y frágil.

La maldad estaba afuera, siempre lo supimos, pero nadie lo expresó en la oralidad, las ramas de los arboles tomaban formas demoniacas que era imposible no verlas en la oscuridad del infinito. Parecía un mal viaje, pero todo era real.

Mi abuelo cerró con violencia las cortinas y me pidió que me alejara de ahí, entonces fui hasta donde mi abuela que se distinguía entre las sombras, cansada y adolorida, la ayudé a sentarse y yo continué con su trabajo de encender el fuego, ¡pero ahora las llamas! ¡Eran criaturas maléficas que parecían venir del infierno y entrar a nuestra casa!

•- ¡¿Cómo se atreven a entrar a nuestra casa sin ser invitadas?! Gritaba mi abuela desde el sillón mientras que el fuego le producía duras llagas en sus manos, inmovilizándola y dejándola postrada en ese carbonizado sillón. ¡Yo no podía evitar que la dañaran!

•- ¡No la mates! ¡Es mi mujer! Gritaba mi abuelo desquiciado mientras aseguraba las puertas y apagaba la cocina donde preparaba las galletas que vendía al pueblo.

Luego me exclamaba a mi ¡Aléjate de ahí! ¡Es la maldad de las raíces!

él era un buen cocinero y negociante, nos fuimos a vivir lejos del pueblo y donde nadie lo supiera. La decisión que tomaron los ancianos fue porque empezaron a vender galletitas medicinales que hacía mi abuela, y les gustó tanto la combinación de hierbas a los pueblerinos que una noche le robaron todo, y tuvo que empezar desde cero, quedamos arruinados.

Cuando llegamos a vivir a esta cabaña todo cambió, les empezó a ir bien, incluso rejuvenecieron en este bosque. Había rumores de pactos con el diablo y mi familia, pero eran rumores, nunca lo creí, en la escuela nadie se juntaba conmigo, me tenían miedo, nunca pude hablar con alguien mirándome a los ojos. Jamás disfrute de una sonrisa compartida. Hasta que decidí no ir más a la escuela.

•- ¡No mires el fuego! Gritaba mi abuelo desde la cocina. Mientras que las llamas sonreían con perversidad, llamando y quejándose para que me lanzara sobre ellas.

Un empujón y caí lejos de los fogonazos que aún sonreían con maldad, reclamándome, hipnotizándome, en tanto me narraban sin titubear lo que demandaba el bosque.

•- ¡¡¡Elllloooosss lo prometieron!! (Chispas, ardor y llamaradas intentando alcanzarme) ¡¡Ellos lo PROMETIERON!!

Se desplomaron las cortinas y se abrieron las ventanas, ¡entró el viento gris abofeteando con violencia a mis abuelos! Rompiendo sus frágiles cuerpos de viejos. ¡Lloré y grité! ¡Estaban muertos!

Los arboles eran de siluetas macabras, escabrosas, y tenían posturas deformadas, desde las ramas colgaban otras siluetas desfiguradas. El cielo era un arcoíris desconcertante desde ahí se oían sepulcrales risas que no podían parar, y el eco las hacía más intolerantes a mis oídos. ¡Solo quería vivir! Un poco más, ¡un minuto más!

Un hombre encorvado de una altura de 2 metros observada desde una ventana, me miraba fijo, de ojos negros lóbregos como la noche, no parpadeaba. Su boca estaba zurcida, pero encima tenía dibujada una triste sonrisa roja.

Ingresó a la cabaña con sus brazos colgando, como si estuvieran rotos, los dedos de los pies estaban tatuados, sobre su amplia frente tenía una escritura en otro idioma. Se sentó frente a mi sacándose los hilos de su boca, con su voz gutural dijo:

•- Somos las raíces de los arboles que talan por avaricia, somos las raíces de los arboles que ustedes cultivan y que matan una y otra vez.

Somos las raíces que observamos y abstraemos la maldad de ustedes pequeñas e insignificantes criaturas.

Somos las raíces que quedaron podridas y olvidadas bajo tierra. Somos las raíces que escucharon tus abuelos, las raíces que prometieron darles hierbas y alucinaciones a un pueblo egoísta y mediocre a cambio de un alma buena.

¡Somos las raíces a las que les prometieron un ALMA BUENA para aliviar la carga oscura que cargan ustedes los humanos! ¡Somos las raíces que cumplimos con darles vida, riqueza y juventud a tus materialistas abuelos! ¡A UN PUEBLO QUE OLVIDA SUS HOMICIDIOS!

Ahora eres tú el alma buena que se irá con nosotros bajo tierra. ¡No respirarás, no vivirás, tu cuerpo se descompondrá para alimentaaaaarnos, paaaaraaaa aliviar nuestro dolor!!

Mis venas punzan como si el lodo se metiera dentro, una mortífera inyección las satura de barro, de pudrición, de llanto, de olvido. Suena una motosierra a lo lejos, parece salir el sol mientras que los arboles desmayan sobre la tierra húmeda, se desploman vidas y yo me quedo bajo tierra alimentando las raíces olvidadas, intentando que la maldad del hombre no pudra más nuestro bosque extinto por lo nativo, y cultivado por la ignorancia.