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Carlos Castaneda: Cuando la ficción supera la realidad

Por Fernando Pardo

Aunque existen algunas enconadas discusiones sobre su fecha y lugar de nacimiento, se cree que Carlos Castaneda (para muchos debería ser Carlos César Salvador Arana Castañeda) nació en Cajamarca, Perú, en el año 1925.

Las primeras noticias posteriores que tenemos de él, y de su estancia en Estados Unidos, son que estuvo matriculado en la Universidad de California en Los Ángeles en el año 1960, haciendo un semestre sobre arqueología con el profesor Clement Meighan. En estas clases se produce su primera introducción al chamanismo y es cuando presenta un trabajo sobre la datura.

Este mismo año, antes de presentar su estudio sobre la datura, se encuentra en el desierto con el enigmático informador que le conectaría con el impenetrable mundo yaqui. Será también entonces, durante el verano, cuando tenga su primer y mítico encuentro con don Juan Matus en una parada de autobús en Nogales (Arizona). Un misterioso colega, Bill, será quien le presente a don Juan.

En diciembre del mismo año visita la casa de don Juan; este último le dice que es un curandero-chamán que ha aprendido sus artes de un “diablero”. En el año 1961, Carlos Castaneda empieza su iniciación con el brujo. Entre agosto y septiembre de ese año se embarca totalmente en su aprendizaje y es, al parecer, cuando utiliza la datura. Esta formación en principio tocaría fin en el año 1965. En abril de 1968 le lleva a don Juan su primer libro, e inicia su segundo ciclo de aprendizaje. Su última visita a don Juan y a don Genaro la sitúa Castaneda en 1971. Publica entonces el tercer libro de la serie, Viaje a Ixtlán (según mi opinión, el mejor de la saga), que sería a su vez su tesis doctoral.

En pocos años, sus libros se convierten en éxitos de venta y se inicia la polémica sobre la realidad de sus andanzas. Muchos hablan enseguida de fraude intelectual. Carlos Castaneda nunca presentó su obra como ficción, y aunque fue un autor oculto, al estilo Salinger o Thomas R. Pynchon, siempre que pudo afirmó que sus libros reflejaban totalmente la realidad.

Castaneda publicó doce libros a lo largo de su vida. Los nueve primeros son una serie de diálogos socráticos entre Carlos y su mentor don Juan Matus, un indio yaqui de setenta años que vivía en el exilio en el desierto de Sonora. Los libros tratan de lo que Castaneda denomina “una vía de conocimiento yaqui”.

Uno de los críticos más contundentes de Castaneda fue Richard DeMille, hijo del mítico productor de Hollywood Cecil B. DeMille, quien detectó que muchos de los párrafos de los libros de Castaneda eran copias de artículos académicos y libros publicados en su época.

Jay C. Fikes -otro experto en Castaneda- afirma que este último pasó un tiempo con un chamán huichol, Ramón Medina, que aparece en los libros de Peter Furst, en los que describe las ceremonias relacionadas con la ingesta de peyote.

En sus libros, Carlos Castaneda habla del consumo de tres plantas psiquedélicas: la datura, el peyote y los hongos Psilocybes. Sin embargo, se sabe que los yaquis nunca usaron el peyote. Habla también de psilocibina fumada, algo absurdo. Parce ser que las claras contradicciones que encontraron los críticos en su descripción del consumo de los psiquedélicos hicieron que Carlos Castaneda dejara de hablar de su uso a partir del tercer libro de la saga.

Uno de los primeros críticos de Castaneda fue Robert Gordon Wasson, el legendario etnobótanico y micólogo, que describió una velada con hongos Psilocybes dirigida por la mítica chamana María Sabina. Muchos dicen que don Juan posee rasgos de la chamana que introdujo a Wasson en los enteógenos.

Wasson criticó con dureza los primeros libros de Castaneda y sus incongruencias en el New England Journal of Mycology. Aunque parece ser que tuvieron un encuentro en Nueva York, en el que Carlos Castaneda logró convencer en cierta medida a Wasson de la realidad de sus investigaciones.

En aquella época, Wasson era una estrella del mundo enteogénico y se había hecho muy famoso a raíz de su artículo en la revista Life en que narraba su velada con la legendaria chamana María Sabina, disfrazada en el texto con el nombre de Eva Mendes. Su opinión era tenida muy en cuenta, aunque no dejaba de ser un personaje algo turbio, que ha sido asociado con los tejemanejes de la CIA en relación con los psiquedélicos. Aldous Huxley decía que le jodía mucho comer con Wasson en su comedor privado de la Banca Morgan, entre otras cosas, por sus camareros de guantes blancos.

Es cierto que Carlos Castaneda también tuvo el reconocimiento de reputados antropólogos como Edward Spicer y Edmund Leach. Pero fue mayor el peso de los libros de Richard DeMille y Daniel Noel, así como la opinión de antropólogos especializados en la cultura yaqui como William Curry Holden, Jane Holden Kelley y Edward H. Spicer, que en un principio lo había defendido pero acabó reconociendo que había muchas posibilidades de que fuera un farsante.

Algunos alegaron que si bien los libros podían no reflejar una realidad objetiva, describían una realidad más profunda. Ocurría algo parecido a lo que sucedía con el zen. En el budismo zen existe la figura mítica de Bodhidharma, primer patriarca del ch’an (zen) chino. Algunos eruditos han puesto en duda su existencia y afirman que es una creación ficticia del ch’an chino de la dinastía Sung (siglo XII). Pero como dijo un maestro zen: es más real que la realidad. Lo mismo reza para la figura de don Juan, más real que la vida misma.

Algo sorprendente es que don Juan cita como su mentor al chamán Julian Osorio, que paradójicamente no era un indio, sino un individuo de origen europeo que a su vez había recibido el conocimiento de Elias Ulloa.

Se supone que don Juan Matus nació en 1891 y murió en 1973, aunque otras fuentes hablan de 1976. Carlos Castaneda lo conoció a principios del verano de 1960 a través del enigmático Bill.

Curiosamente, el sobrino de uno de los más importantes informantes de Carlos Castaneda relata cómo su tío le dio en una ocasión un paquete para entregar personalmente a alguien en Laguna Beach. Lo hizo en una galería de arte conocida como Mystic Arts World, el feudo de The Brotherhood of Eternal Love. El paquete era para Timothy Leary.

Recientemente hemos podido ver el excelente reportaje sobre La Hermandad del Amor Eterno, titulado Orange Sunshine, cuyo director, William A. Kirkley, lo presentó recientemente en Barcelona. En él queda clara la conexión del profeta del LSD, Timothy Leary, con la Hermandad.

Sea como sea, lo que Carlos Castaneda logró, sin ninguna duda, es interpretar el pathos de una época tormentosa y trepidante, así como conectar de forma genial con el espíritu del momento.

Hasta la fecha, la espiritualidad que se abría paso en California y otros lugares se basaba más en el hinduismo y el budismo. De ahí la originalidad del personaje de Juan Matus, en principio alejado de los gurús y maestros convencionales del budismo zen o tibetano. Aunque en realidad Carlos Castaneda, para crear la mítica figura de don Juan, utilizó precisamente mimbres budistas, con tal habilidad que permanecieron invisibles a la mayoría, al camuflarlos con el chamanismo y el supuesto universo espiritual de los yaquis. Se dio cuenta de que ambos -el budismo y el chamanismo- en cierto modo hablaban de lo mismo aunque fuera con un lenguaje distinto. Según mi opinión, este fue el golpe de genio que le abrió las puertas al corazón de la contracultura y encandiló a sus lectores.

Lo mejor de Castaneda fueron sus primeros libros, cuando recibió el apoyo y el reconocimiento de AnaÏs Nin y otros intelectuales de la época interesados en los enteógenos, en un momento en que todavía no se había iniciado el pánico social en relación con el LSD. A partir de los años setenta, aunque siguió oculto para los medios de comunicación, Carlos Castaneda organizó diversos talleres. Richard Yensen, autor de Hacia una medicina psiquedélica, me comunicó personalmente que llegó a participar en ellos y pudo conocer a Castaneda.

Posteriormente, Castaneda presentaría al grupo de brujas, que supuestamente habían estudiado con don Juan, como Taisha Abelar y Florinda Donner, con las que crearía una especie de terapia denominada “tensegridad”, que impartían en caros talleres a cientos de personas ávidas de trabajar con el enigmático Carlos Castaneda y sus discípulos, o más bien secuaces.

En esa época, Carlos Castaneda era el capo de una especie de organización tipo Nueva Era que bordeaba la secta peligrosa. Se había perdido la simpática figura de Juan Matus para ser sustituida por una serie de personajes de corte mafioso que vendían un paraíso de cartón piedra supuestamente conseguido a partir de unas técnicas que rozaban el ridículo. Carlos Castaneda, el hombre que había querido ocultar su vida personal, se había convertido en una marca registrada de algo que auguraba la era del coaching y otras artes propias de la Nueva Era/Vieja Estafa.

A partir de su cuarto libro fue cayendo en picado, perdiendo la frescura y originalidad de sus tres primeras obras; aquel momento mágico en que fue alabado por el New York Times Book Review, aunque es cierto que se negaron a publicar las primeras reseñas, encargadas al antropólogo y especialista en el peyote Weston La Barre, que lo puso a caldo, y acabaron sustituyéndolas por una crítica elogiosa de Paul Riesman. Algo que no había sucedido nunca en la historia de la prestigiosa revista: el hecho de encargar dos reseñas, al no gustarles la primera, o tal vez por presiones comerciales de la prestigiosa editorial Simon & Schuster, y publicar una positiva.

Una visión curiosa de Carlos Castaneda es la que nos ofrece Amy Wallace, que fue su pareja, al que conoció en 1973. Lo retrata como un ser paranoico que llegó a proporcionarle, como mínimo, maltrato psicológico. Su libro Aprendiza de bruja (La Liebre de Marzo) es demoledor en relación con la personalidad real de Carlos Castaneda.

Tras la muerte de Castaneda, el 27 de abril de 1998, sus acólitas desaparecieron y se habla de suicidios colectivos. De hecho, el cuerpo de una de ellas se encontró en el valle de la Muerte, en California.

Como he señalado, algo que no se detectó en su momento fue que la figura de don Juan Matus, y la del propio Carlos Castaneda, en sus libros tienen más influencias de textos relacionados con el budismo que con el chamanismo. Es cierto que Castaneda, como nos recuerda Richard DeMille, utilizó de forma original muchos fragmentos, cocinados por él, de los libros de la época sobre el chamanismo y el uso de psiquedélicos, principalmente los de Peter Furst y los de Weston La Barre, así como los de Richard Evans Schultes, el destacado etnobotánico de Harvard. Pero la gran creación -digna de convertirse en una ópera, por ejemplo- de Carlos Castaneda es su relación con ese formidable personaje conocido como Juan Matus, así como la inolvidable descripción que hace Castaneda de sí mismo como un discípulo torpe en manos de un maestro pillastre: el mostrar cómo todo el saber teórico de la antropología es puesto en ridículo por un viejo cascarrabias que se burla del cielo y el infierno. De hecho, cuando Castaneda le lleva, orgulloso, su primer libro, don Juan lo recibe muy contento porque está escaso de papel de water.

Lo que cala y deslumbra de la obra de Carlos Castaneda es esta relación llena de humor entre maestro y discípulo. Ahí es donde se nota la influencia de un maravilloso librito titulado Zen en el arte del tiro con arco, escrito por el filósofo alemán Eugen Herrigel.

El autor de uno de los mejores libros sobre zen escritos por un occidental fue un filósofo alemán que se trasladó a la Universidad Sofía en Tokio (Japón), donde impartió clases de 1924 a 1929. Al llegar a Extremo Oriente, como tenía un gran interés por la mística, decidió acercarse al mundo del zen, pero sus colegas de la universidad en Tokio lo disuadieron de que se sumergiera en la práctica del zazen, la meditación sentada, y decidió acercarse al zen de forma lateral aprendiendo tiro con arco con el legendario maestro Awa Kenzo. El libro es una auténtica delicia; en él, Herrigel nos describe con humildad sus tribulaciones de arquero patoso, que se asemejan mucho a las ordalías sufridas por Carlos Castaneda bajo la batuta de Juan Matus.

Sea como sea, la obra de Carlos Castaneda será siempre un clásico y sus libros seguirán llegando a millones de lectores. Si lo describimos con frivolidad, podríamos decir que es una suerte de aventuras de Tintín: ¿quién no lo ha pasado bien con ellas aún sabiendo que son una ficción?

El lector que quiera conocer y disfrutar de lo mejor de la saga puede leer los tres primeros libros: Las enseñanzas de don Juan, Una realidad aparte y Viaje a Ixtlánd, y seguramente vivirá una experiencia apasionante. A partir de ahí, tanto la obra como el personaje se avinagran. Al final, Carlos Castaneda, a su muerte de cáncer el 27 de abril de 1998, era ya un personaje tragicómico que vivía de las rentas de su primera y fructífera época, en la que nos dejó unas pocas obras inolvidables dignas de convertirse en un musical.

Viaje a Ixtlán, es tal vez el mejor lugar para conocer a fondo las enseñanzas de don Juan.