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Black Panthers vs. El imperio de la droga

El estreno de un nuevo documental que pretende arrojar veracidad sobre tan desvirtuada materia -The Black Panthers: Vanguard of the Revolution, uno más del alud de películas y libros provocado por el mayor de los mitos del Black Power- nos recuerda que son muchas todavía las incógnitas por despejar del fenómeno Black Panther. Una de las más acusadas, el ambivalente papel desempeñado por las drogas en esa organización, y la teoría de que esta fue desarmada por el gobierno inoculando heroína en los guetos de América.

Fueron los más espectacularizados luchadores de la contracultura negra, icono de una negritud beligerante que elevó a masa crítica la lucha por los derechos civiles en la Amerikkka de los sesenta. Deudores de la máxima, aquella de Malcolm X que legitimaba cualquier medio necesario para desencadenar la revolución negra, incluida la violencia en nombre de la autodefensa, los Black Panthers (BP) protagonizaron su propia escalada bélica, dejando un reguero de cadáveres, pero también numerosos logros sociales para la comunidad afroamericana; y, sobre todo, un nuevo modelo de Stager Lee, el supernegro que, revólver en ristre, desafía a la ley, aunque ello le cueste la vida. Renovado arquetipo, el de ese legendario y perenne forajido de la cultura popular negra preservado en la canción tradicional del mismo título -cuyos ecos también reverberan en los mau mau keniatas, los rude boys jamaicanos y los gangsta rappers, entre otros colectivos-, que quizá sea el más perdurable de los recreados por la lucha armada negra.

La utopía pantera no tardaba en desvanecerse. Si en 1970 el sesenta y ocho por ciento de los editoriales de The Black Panther, el órgano escrito de los BP, urgían a una revolución que calculaban factible, en 1973 se reducían al uno por ciento. A los pocos años de constituirse, el partido había degenerado en un ente esquizofrénico que se dedicaba por igual a la acción política y a las actividades criminales, estas últimas en su mayor parte fomentadas por el comité central. En su libro A Taste of Power (1992), la antigua líder pantera Elaine Brown, describía ese deterioro por el que los guerreros metamorfoseaban en hampones, pero a diferencia de otras fuentes lo hacía aportando información inédita sobre las persecuciones internas, las purgas y castigos corporales con que eran condenados aquellos militantes cuya conducta se desviara de los estatutos del partido, y las ejecuciones que zanjaban las disputas internas entre facciones opuestas de la cúpula directiva. Capítulo aparte en ese volumen merecían los abusos padecidos por las mujeres pantera a manos de sus dirigentes; un machismo que inspiraba en estas más temor que la policía o el FBI.

Si bien las maniobras del Buró Federal, que considerando a los BP la más grave amenaza interna de Estados Unidos incluía al partido entre los objetivos prioritarios del siniestro Programa COINTELPRO, y la salvaje represión policial socavaban la integridad del Black Panther Party, otros factores aceleraban ese proceso. De algún modo, los BP morían de éxito. El rápido crecimiento de afiliados facilitaba la penetración en sus filas de topos y agentes provocadores, alterando la orientación política del partido, cada vez más escorada hacia el populismo lumpen. Un lumpen considerado por Malcolm X enemigo de la juventud de los guetos, en tanto que corrompido por las drogas, se interponía entre la comunidad negra y la búsqueda de dignidad y conocimiento preconizada por Nation of Islam, el movimiento coliderado por X, uno de los precedentes de los BP. Si los black muslims se enorgullecían de rescatar a numerosos adictos negros, declarándole su particular guerra a las drogas en los guetos, el Black Panther Party (BPP) no solo reconocía esa problemática como una de las más graves de las que afligían a la causa negra, sino que se proponía combatirla con más ahínco. Sus primeras patrullas armadas también contaban a los traficantes entre las plagas a exterminar, del mismo modo que impulsaban programas de desintoxicación. Y en el reglamento del partido, a memorizar y cuyo incumplimiento le valía al infractor ser tachado de contrarrevolucionario, algunas normas se mostraban tajantes al respecto:

1. Ningún miembro podrá estar en posesión de narcóticos o marihuana durante la realización de las labores del partido.

2. Todo miembro al que se descubra inyectándose narcóticos será expulsado del partido.

3. Ningún miembro puede emborracharse mientras realice trabajos para el partido.

4. Ningún miembro del partido puede estar en posesión de un arma mientras esté borracho o bajo los efectos de narcóticos o marihuana.

La observancia de esas regulaciones sería hipotética, sin embargo. Al contrario, en una organización de dudosa disciplina como eran los BP, la desobediencia de esas y otras normativas se resolvía sistemática, consentida y compartida por su soviet supremo. Para 1976, las fuerzas del BPP habían mermado considerablemente. Tiroteos con la policía, venganzas personales, conflictos con otras organizaciones, asesinatos de sus líderes, exilios y condenas a prisión diezmaban la demografía pantera. Tocados pero no hundidos todavía, los mandatarios supervivientes del partido observaban impotentes, y seguramente colocados también, cómo cobraba forma una de esas teorías conspirativas por la que, una vez neutralizado el BPP, el gobierno estadounidense, en connivencia con la mafia, aplastaba la transformación del gueto negro con una gentrificación tóxica, inundando las calles de heroína y cocaína.

El nacimiento de una (narco)nación

En su libro ¿Nos matan con heroína? Sobre la intoxicación farmacológica como arma de estado (2015), Juan Carlos Usó localizaba el origen de esa creencia derivando a un pasaje de otro libro, Las drogas, potencia mundial: el negocio con el vicio (1984), del periodista austríaco Hans-Georg Behr: “En 1967, los amigos de Eldridge Cleaver (ministro de información de los BP) denunciaron a cinco traficantes de heroína que se limitaban a vender la droga a los miembros de la organización BP, y lo hacían a un precio que estaba un veinte por ciento por debajo de lo usual en el mercado. Los BP llevaban desde hacía un año luchando contra el tráfico de droga en los suburbios negros, ya que, en primer lugar, desmoralizaba más que la pobreza, y en segundo, siempre se achacaba a la gente de color. El que en esa ocasión los BP recurrieran a la policía tiene un fondo realmente irónico: los traficantes que les ofrecían la droga a los negros eran al mismo tiempo agentes del FBI. La explicación oficial del escándalo fue que algunos funcionarios corruptos habían abusado de su autoridad. Eso no fue creído por nadie, y la teoría generalmente aceptada fue que la heroína estaba dirigida internacionalmente contra los BP, una táctica que en los círculos policiales y del servicio secreto no puede decirse que resulte poco corriente”.

La realidad apuntaba a que los vínculos del BPP con el tráfico de drogas eran aislados -caso de Raymond Hewitt, ministro de educación pantera que extorsionaba y robaba a traficantes-, pero las tendenciosas informaciones publicadas al respecto en la prensa contribuían al declive de la credibilidad política del BPP a principios de los setenta. En ¿Nos matan con heroína?, Usó desmontaba la teoría del drogogenocidio estatal señalando que el consumo de heroína en los guetos negros ya estaba muy extendido desde hacía décadas, algo fácilmente constatable echando un vistazo a subculturas como las de los jazzmen y los hípsters, o a las novelas de Chester Himes; probando asimismo la inconsistencia de numerosas fuentes en las que dicha creencia sigue apoyándose, insistiendo en aportar argumentos. Por ejemplo, basándose en la autobiografía de Earl Anthony -un informante infiltrado en el BPP al que el FBI suministraba drogas para que estas le ayudaran a abrirse camino hasta la cúpula pantera-, el actor, músico, dramaturgo, escritor y cineasta Melvin Van Peebles publicaba la novela Panther (1995), ese mismo año adaptada cinematográficamente y coprotagonizada por su hijo Mario Van Peebles. Tanto la novela como la decepcionante película reforzaban la teoría de la planificación capitalista de la toxificación de los guetos negros estadounidenses, un programa que llegaría hasta nuestros días.

Autor también del guion de Panther, durante los años sesenta y setenta Melvin Van Peebles sería un impenitente activista que apoyaba abiertamente a los BP, ofreciendo conciertos benéficos a su favor. En 1971 estrenaba su tercera película, el clásico de culto Sweet Sweetback’s Baadasssss Song, título independiente y autofinanciado que causaba un profundo impacto en la comunidad negra. Su protagonista era un pícaro que, por circunstancias del destino, acababa involucrado en la lucha revolucionaria de los BP, por primera vez representados en un largometraje. A Huey P. Newton, cofundador del partido, le admiró tanto la idea que consagró un número entero de The Black Panther a recomendar la película, declarándola de visión obligatoria para todos los miembros del BPP. Efectivamente, el anticristo creado por Sweetback, el protagonista, y su revolucionario carisma, reformulaba el espíritu libre de Stager Lee, chulazo negro capaz de forjarse su propio destino, un símbolo secular en el que también se reflejaban los BP al armarse, y que amplificaría otra película, Superfly (1973), cuyo antihéroe era un traficante de cocaína que se la juega a sus proveedores blancos, y el género en el que se inscribía, conocido como blaxploitation. Un proceso por el que el capitalismo invertía los impulsos revolucionarios, haciendo del proxeneta/traficante, triunfador, al fin y al cabo, un modelo a imitar.

Sí, el poder (armado) negro subyugaba y vendía, y los BP pasaban a convertirse en mercancía iconográfica. Numerosas fueron las voces que discreparon de Panther y su contribución a perpetuar la leyenda urbana de que el FBI narcotizaba por sistema a comunidades enteras. El Centre for the Study of Popular Culture, un grupo de presión de derechas, compraba una página en la revista Variety para denunciar que la película era “una mentira de dos horas”, y que tras los panteras se camuflaban gánsteres cocainómanos extremistas con cientos de delitos a su haber. Según los Peebles, en 1974 y durante una conversación telefónica, la ya mencionada Elaine Brown le habría confiado a Huey P. Newton su preocupación por la escalada del consumo de drogas en el seno del partido. “Para entonces -declaraba Melvin Van Peebles-, ya había tipos blancos que conducían hasta Oakland en sus Rolls-Royce para comprar drogas, y no trataban con los viejos traficantes, sino que se dirigían directamente a los chavales. Lo que Brown no sabía en esos momentos era que aquello estaba sucediendo a escala nacional. No era nada nuevo. Los británicos hicieron lo mismo con el opio en la rebelión de los bóxers. Dale opio al pueblo”.

Ese cambio de paradigma, sin embargo, mostraba una realidad ineludible: la ecuación panteras = armas+drogas había creado escuela entre los segmentos juveniles de la población negra, aquel lumpen corruptible que en adelante consumaría una epidemia nacional, la de las bandas urbanas en perpetuo estado de guerra, y los asesinatos relacionados con el tráfico de drogas. Numerosos líderes del BPP sucumbían así mismo a los narcóticos. Huey P. Newton empezaba a tomar cocaína y heroína para contrarrestar la tensión, y posteriormente se habituaba al crack, convirtiéndose en un impredecible psicópata. Al regreso de su exilio en Cuba, en 1989 y durante una transacción de cocaína, era asesinado por un joven camello, miembro de la Black Guerrilla Family, en un callejón de West Oakland, muy cerca de donde él y Bobby Seale habían fundado el primer capítulo del BPP. Eldridge Cleaver había cumplido tres años de prisión en la década de los cincuenta por posesión de marihuana, y también se aficionaría al crack en los ochenta, y fue arrestado de nuevo por posesión de cocaína.

Cuando el viento se transforma en tempestad

Durante el exilio de Newton, en 1975 -año en el que se estrena el largometraje Black Gestapo, blaxploitation en el que un ejército del pueblo creado para defender a los ciudadanos negros del barrio de Watts, en Los ángeles, una vez logra expulsar a la mafia blanca muta en organización criminal filonazi-, las voces disidentes del partido incrementaban sus presiones a raíz de los ajusticiamientos internos, denunciando que la cúpula pantera estaba tomada por explotadores del gueto que tras el doctrinario revolucionario encubrían operaciones de narcotráfico y prostitución, eliminando toda oposición. Ascendía así a la presidencia del BPP una mujer, Elaine Brown, reconduciendo la energía del partido hacia el terreno electoral y fomentando una mayor presencia de la militancia femenina, hasta que en 1977 Newton regresa de su exilio en Cuba -donde estrecharía lazos con Jim Jones, del Peoples Temple- para sembrar de nuevo la discordia y la violencia. Su actitud provocará una desbandada, reduciéndose el BPP a apenas una veintena de miembros, que dicen basta en 1982, al clausurarse la última escuela que la organización mantenía en funcionamiento, debido a un desfalco cometido por Newton con objeto alimentar su galopante adicción a las drogas.

Paralelamente al callejón sin salida al que se ve conducido el activismo armado negro, una suerte de contrarrevolución irá fraguando en el tejido carcelario del rizoma Black Power, confluencia de delincuentes, idealistas, guerrilleros, visionarios y charlatanes que sin distinción se refugiarán en la elástica condición de “prisionero político”. Los Blackstone Rangers, por ejemplo, grupo de acción social originado a finales de los años cincuenta en una institución para adolescentes problemáticos de los guetos negros de Chicago. A medida que avanzan los sesenta se transformará en The Almighty Black P. Stone Nation, una de las pandillas más notorias de la ciudad, pretendido grupo nacionalista que se financia con el tráfico de drogas y otras actividades delictivas. La estancia en prisión de sus principales líderes propiciará que, de 1966 a 1972, entre la población reclusa negra el grupo pase a ser otra poderosa fuerza de reclutamiento, inspirado en la Nation of Gods and Earths y progresivamente orientado hacia el islamismo, con posteriores conexiones con el régimen libio, hasta rebautizarse El Rukn. En 1978 se aliaron con los Vice Lords y los Latin Kings, formando la People Nation, una de las más poderosas asociaciones de bandas callejeras y por extensión carcelarias. Los Vice Lords, Señores del Vicio, eran el antecedente más inmediato de la Almighty Black P. Stone Nation, otra banda de delincuentes juveniles de Chicago creada en 1958 y cuyas actividades comprendían desde atracos hasta extorsiones, siempre regadas con abundante violencia. Reconvertidos de cara al exterior en un grupo de acción comunitaria, pasaron a llamarse Conservative Vice Lords Inc., con una insólita maniobra propia del sistema en la legalidad, por la que obtuvieron apoyo de varios políticos y financiación de la Rockefeller Foundation. Mientras tanto, las operaciones delictivas siguieron y en el subsuelo el grupo pasó a convertirse en la Almighty Vice Lord Nation, otra prominente coalición de bandas callejeras, en la actualidad con más de treinta mil miembros estimados. Una tercera alianza entre bandas de Chicago, concretamente los Black Disciples y los Supreme Gangsters, daría lugar en 1969 a The Black Gangster Disciple Nation, legitimando así mismo su imagen e infiltrándose en la política y en el ejército.

La Raza, uno de los principales aliados con que contaron en las prisiones todas las organizaciones-tapadera incubadas al calor del Black Power, agrupaba a reclusos latinos, en gran parte puertorriqueños afiliados a los Young Lords, grupo de características similares a los Brown Berets, ambos contrarios también a las drogas en sus decálogos. Así mismo, formaban los Lords parte de la Rainbow Coalition (1968), pacto de no agresión suscrito en Chicago entre Fred Hampton, del Black Panther Party; José Jiménez, en nombre de los Young Lords, y William Fesperman, representando a los Young Patriots, luego Patriot Party, una organización de confederados antirracistas surgida de la Student Democratic Society para ayudar a los inmigrantes blancos llegados a Chicago desde la región de los Apalaches.

La Rainbow Coalition, que también comprendería a varias células novoizquierdistas y aquellas bandas que a su vez habían establecido acuerdos con alguno de los tres grupos implicados en el pacto, pretendía acabar con unas disputas interpandilleras, y el narcotráfico, que al parecer de Hampton perpetuaban la pobreza del gueto y solo beneficiaban a la clase dominante. Vigente hasta 1970, ese pacto interracial, un intento de aplicar la teoría de los grupos de afinidad a las bandas callejeras, inculcando a su vez la conciencia de clase, sería uno de los principales logros del presidente del capítulo de Illinois de los Black Panthers. Gran organizador, Hampton había desplegado en Chicago una febril actividad comunitaria impulsando programas educativos y médicos, también estableciendo servicios de free food e impartiendo clases de teoría política. Con la progresiva merma de efectivos del BPP, su figura iría escalando puestos en el organigrama del partido, incrementándose el minucioso escrutinio a que le sometía el FBI.

Un infiltrado de los federales, alto cargo pantera muy próximo a Hampton, sembrará la discordia en el seno de la Rainbow Coalition, produciéndose redadas, tiroteos y procesos legales que afectaban esencialmente al BPP. En vísperas de ocupar el cargo de presidente del comité central pantera, en diciembre de 1969, Hampton, previamente narcotizado por el topo, era asesinado a quemarropa por una unidad especial del FBI mientras dormía en su apartamento. Con la desaparición de su principal instigador, la Rainbow Coalition se apagaría, dando paso a un incremento del narcotráfico en el gueto de Chicago y al empoderamiento de la Almighty Black P. Stone Nation, Black Gangster Disciple Nation y otras mafias juveniles postizamente nacionalistas, volcadas todas en el tráfico de drogas.

Intoxicación capitalista

Nacido en Harlem y atrapado por la heroína antes de cumplir los veinte, Michael “Cetewayo” Tabor superaba su adicción gracias a los BP, ingresando en el partido y alcanzando el grado de capitán del capítulo de Nueva York. En 1970, Tabor y otros panteras serían arrestados, acusados de conspirar para asesinar a varios policías y atentar con bombas contra comisarías policiales y edificios gubernamentales. El juicio, uno de los más prolongados y costosos celebrados en Nueva York hasta entonces, concluiría con un veredicto de inocencia. Tabor lo conocía en Argelia, donde en calidad de exiliado había huido para reunirse con Eldridge Cleaver. Nunca volvería a pisar suelo americano. Posteriormente, se trasladaba a Zambia, donde residía hasta su fallecimiento, en el 2010.

Antes de abandonar Estados Unidos publicaba allí el panfleto Capitalism+Dope=Genocide (‘Capitalismo+droga=genocidio’), un ensayo crítico motivado por el creciente consumo de drogas en los barrios negros urbanos. En sus páginas, Tabor ubicaba la heroína entre los ejemplos de opresión política que el gobierno americano ejercía sobre la comunidad negra. “Es una tragedia que en Nueva York los mayores beneficios económicos obtenidos por la comunidad negra hayan sido logrados por mafiosos negros, banqueros y traficantes, por los capitalistas negros ilegales”. Ilustraba Tabor su tesis con ejemplos de muchachos y muchachas negros de Harlem “asesinados” por sobredosis de heroína, empleando hiperbólicos clichés de apocalípticas resonancias: la adicción era una esclavitud y la droga una plaga. Sin embargo, sus previsiones serían acertadas, profetizando de algún modo la war on drugs.

Se mostraba contrario Tabor a los métodos disuasorios y no creía que la rehabilitación fuera eficaz, ya que “esos programas niegan deliberadamente el origen socioeconómico de la adicción”. La adicción era un síntoma monstruoso del capitalismo, el antagonismo de clases y las estructuras discriminatorias de la desigualdad. Si los negros se libraban a la autodestrucción, era para escapar de la miseria y los padecimientos inherentes a la pobreza. “Tenemos propensión a emplear cualquier medio que nos permita sufrir pacíficamente, hemos desarrollado un complejo escapista”, decía. Escapismo en primera instancia procurado por la religión, una creencia patológica en la salvación que estrangulaba todo conato de pasar a la acción, y en segundo lugar, según Tabor, por las drogas. “A medida que las condiciones objetivas y el equilibrio de fuerzas devienen más favorables para los oprimidos, se hace necesario para el opresor modificar su programa y adoptar métodos más sutiles y tortuosos con los que mantener su control”. Esa metodología estribaría en la construcción de un estado carcelario en el que la penalización de la adicción ejercía un papel fundamental. Para el autor de Capitalism+Dope=Genocide, el estado carcelario y la respuesta a la heroína no eran exclusivas de proyectos conservadores blancos diseñados con objeto de imponer control; las quejas de la comunidad negra, su desesperación, serían un pretexto estratégico para aumentar el número de fuerzas policiales, construir más presidios y endurecer las condenas.

“¿Cómo funciona ese pretexto? Más o menos sería algo así: líderes responsables de la comunidad negra nos han informado, coincidiendo con la opinión de la policía, de que dicha comunidad está infestada de crimen, asaltos, robos, asesinatos y violencia. Las calles no son seguras, los establecimientos son víctimas de asaltos a mano armada y el comercio no puede funcionar debidamente. El ayuntamiento se suma a los residentes negros al considerar, como estos, que la principal causa de esta espantosa situación son los drogadictos, que depredan a inocentes. Así es, los adictos son los auténticos culpables del imparable crecimiento del índice de criminalidad. Y el ayuntamiento responderá al desesperado lamento de los residentes negros que demandan mayor protección: ‘¡Enviadnos más policías!'”. A pesar de las advertencias de Tabor, ese patrón para conservar el control social y la fuerza estatal, trazado al grito de “more pigs in the ghetto” (más cerdos en el gueto), definiría el desarrollo de la war on drugs durante las décadas de los setenta y ochenta. La policía, y la escalada policial, no iba a proteger las vidas de las personas negras, “sino que velará por los intereses económicos y la propiedad privada de los capitalistas para asegurarse de que los negros no olviden cuál es su sitio”. Del mismo modo, el incremento de presencia policial no afectaría solo a los involucrados en el tráfico de estupefacientes, sino a todos los ciudadanos no blancos del gueto.

Como el tiempo ha demostrado, esa estratagema abriría la puerta a una brutalidad policial aplicada a la población negra que no ha hecho sino multiplicarse mientras tanto. La solución por la que abogaba Tabor, en lugar de reclamar más policía, ponía a esta bajo el control de la comunidad, una vigilancia civil sin la que las fuerzas del orden siguieran siendo parte del problema. Si el referéndum que con ese objeto promovían los BP desde su periódico no llegaba a materializarse, sí lo hacía el establecimiento de una nueva estirpe de poderosos traficantes negros que aliados con la mafia, y a través de esta la French Connection, importaban directamente grandes cantidades de heroína de una gran pureza a principios de los setenta, caso de Frank Lucas, Frank Matthews, Nicky Barnes y otros. Frente a esa realidad, algunos capítulos de los BP, sin ir más lejos el de Detroit, tomaban la iniciativa de aplicar “expropiaciones” a los traficantes, es decir, robarles el dinero obtenido con la venta de drogas para financiar hospitales, escuelas y otros servicios. “En nuestra opinión -diría uno de esos expropiadores-, los traficantes de heroína estaban cometiendo un genocidio con nuestra comunidad. ¿Por qué no deberíamos expropiar su dinero y emplearlo al servicio de esa comunidad?”. El ejemplo sería imitado por posteriores organizaciones nacionalistas negras, como el Black Men’s Movement Against Crack, liderado por Sonny Carson. Eso sucedía ya en la década de los ochenta, durante la que por otro lado se afianzaría la war on drugs, respaldada por la ciudadanía respetable y saludada con risotadas por el capitalismo, pues según Tabor tenía dos motivos de peso para carcajearse: “Uno, la plaga continúa y es económicamente rentable, y, dos, saben que mientras puedan mantener a jóvenes negros cabeceando en la calle a la espera de conseguir su próxima dosis no tendrán que preocuparse de que los negros lleven a cabo una lucha efectiva por su liberación”.

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