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Octubre 22, 2019

Partamos por los lugares comunes. No son 30 pesos, sino que 30 años (por lo menos). Piñera y buena parte de su gabinete y otras autoridades tienen la empatía de un cono, de un grifo, de un billete. Pero no es él ni ellos solamente. Es la elite de este país, son esas 25.000, 80.000 o 150.000 personas, dependiendo de la vara que se aplique, que se lo engullen todo. Tan egoístas como insaciables, y que −no contentos con satisfacer sus necesidades (¿?) y gustos presentes y las de sus descendencias para los próximos 300 o 500 años− quieren y chupan más. Y no quieren “soltar la teta”. NO-LA-QUIEREN-SOLTAR (esa es una parte estructural del problema). Son 30 años de acumulación de indolencia, ineptitud y desdén de buena parte de la clase política que ha dirigido el país desde el retorno de esta democracia-cáscara, de esta democracia-zombie que, a diferencia de los muertos vivientes, se ha alimentado no solo de nuestros cerebros, sino que también de nuestros bolsillos y almas.

Fotos: Ojo Aguja

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Es el neoliberalismo, la fase más depredadora del capitalismo. Son 30 años de especulación con nuestras vidas y la de nuestros hijos y la de los hijos de ellos. Un sistema que se alimenta de la quimera de que el límite es que no hay límite. Para todo lo bueno −el bienestar, la educación, riqueza, la satisfacción y el logro personal−, pero con una letra chica -no tan chica- donde te dejan en claro que esto tiene un precio y que el precio lo pagas tú, y si no te alcanza, te dan un crédito, que igualmente pagas tú, y si no lo pagas, bueno, ya sabemos el resto de la historia.

Pero esos son “ellos”, y hasta aquí el problema es en tercera persona. Ahora lo menos obvio. Los lugares menos comunes, aunque ahí están si alguien quiere verlos: nosotros. Después de estos 30 años y otros casi 20 desde el fallido intento por ser otra cosa, y que terminó en la larga noche de la dictadura cívico-militar, esa que nos transformó en el laboratorio humano más grande del capitalismo, para ensayar a sangre y fuego su último invento; y después de casi 50 años, eso que odiamos, ya está dentro de nosotros. Ya no es pura fuerza bruta y horrores contra la carne a mansalva, a estas alturas lo tenemos pegado en la piel, viene en nuestro ADN; el hedor que nos desagrada de este sistema nauseabundo es el propio olor de nuestro sudor.

Eso que nos quita el sueño y las ganas, eso que nos chupa la sangre, eso que odiamos, somos nosotros.

Porque esto es la política del gallinero: el que está más arriba caga al que está más abajo y funciona en todas direcciones. Nos intentamos abrir paso a codazo limpio contra el que tenemos al lado, le hacemos zancadillas al que va un poco más adelante. Categorías como “la gente”, “la ciudadanía” o el “PUEBLO”, que hoy por hoy se escuchan por todos lados, en muchos casos de buena fe, ocultan nuestra propia inoperancia, nuestras derrotas, porque no son más que eso, categorías vacías, entelequias que solo funcionan como identidad si con ellas nos referimos a G. C. U. (gente como uno).

Lo que ha ocurrido en los últimos días en Santiago y en otras regiones del país es culpa de unos pocos, pero es responsabilidad de muchos. Y no decimos “todos” porque al final eso decir que es responsabilidad de “nadie”. De unos porque mientras disfrutaron del chorreo o al menos se mantuvieron a flote, dijeron poco o nada; de otros por cansancio, por desidia, flojera y de otros porque los pilló la máquina y ya no tenían tiempo o fuerza para mirar al lado o para atrás. Sobre todo, para atrás, a esos cada vez más vastos sectores de la población que a estas alturas ya no son responsables de nada porque son síntoma, son producto, resultado, y no tienen por dónde ser otra cosa, no en el corto plazo al menos, no en estas condiciones. Y quizás, solo quizás, si hacemos algo, algo grande y pronto, los hijos de sus hijos se salven, pero si no, ya están condenados, los condenamos con nuestra propia indolencia (haya sido forzada o no).

¿Qué es el “lumpen”, si no esto? “Esto” que no queremos ser, eso de lo que arrancamos. El palo que nos amenaza el culo. ¿O acaso la gente, el “pueblo” que habita Ñuñork, es el mismo “pueblo” de la San Gregorio o La Legua? ¿Se sienten iguales a ellos? ¿Quieren ser como ellos? Y si la respuesta era “no”, porque la idea era “nivelar para arriba”, bueno, lo hicimos pésimo. Tan mal que hasta nos terminamos comprando las explicaciones oficiales del propio sistema (ese que aborrecemos): el problema de esos sectores era el “flagelo de la droga”.

Solo algunos ejemplos de aquello en que nos hemos convertido. ¿Cuál fue la reacción de la ciudadanía cuando nos enteramos de que cerca de cien de niños mueren al año a manos del Sename? ¿Qué hicimos? La inmensa mayoría de la población está en contra de las AFP, pero cuando le preguntas a esa misma gente cuántos de ellos están de acuerdo con que cualquier extra que se genere vaya a un fondo solidario, menos de la mitad está de acuerdo. La prioridad para la mayoría es arreglar SUS propias pensiones. ¿Son culpables? ¿Son parte del “pueblo” ellos? Nos convertimos en una sociedad donde el sinónimo de patriotismo u orgullo nacional era ponerse la camiseta de la “roja de todos” y vociferar como energúmenos el himno nacional, y se les infla el pecho cuando se enteran de que tal o cual jugador chileno “vale” 10, 30 o 50 millones de euros, y babeamos cuando escuchamos que solo por abrir los ojos en la mañana al despertarse ya se ganaron 5 millones al día. ¿Es normal eso? ¿Está bien? ¿Es ético? Hace rato ya la alcaldesa de La Pintana Claudia Pizarro viene clamando por ayuda para su comuna. ¿Y qué hicimos? Nada. Ni siquiera cuando asesinaron hace menos de dos semanas a Baltazar, un bebé de nueve meses.

Y como en todos lados se cuecen habas, nosotros los miembros de la comunidad cannábica tampoco nos salvamos. Después de casi quince años trabajando y peleando por transformar en un derecho y exigir el respeto por lo que antes parecía ser una desviación, una patología, si no un acto delictivo, no avanzamos mucho más y ahí nos quedamos: volados y pegados. Total, parece que ya se puede fumar pitos en cualquier parte y te joden menos por tener unas matas. ¿Y la política de drogas? ¿Y los derechos de los usuarios de pasta? ¿Y una verdadera nueva regulación sobre cannabis que aún no existe? Al parecer la normalización que construimos y que era para todos, y que aún está lejos de ser una nueva política de drogas, al final también fue para la G. C. U.

Y mientras todo esto pasaba, la aversión a la política, la apatía, fue cundiendo y extendiéndose especialmente entre las nuevas generaciones que terminaron confundiendo la adhesión política con los likes y la organización social con los followers y pensaron que sus tribus particulares eran el mundo y que, teniendo todos los libros del mundo al alcance de la mano, dejaron de leer.

Y entonces el “Santiagazo”. El desmadre, el desborde. Pacos desatados. Milicos en la calle. Heridos, incendios, muertos, saqueos. Vecinos defendiéndose de vecinos. La locura total. De lado y lado. De los que se manifiestan pacíficamente creyendo, ingenua o pendejamente, que en el actual contexto no vendrá alguien a dejar la cagada, de los que no tienen otro objetivo que dejar la cagada. De los sentidos “llamados a la acción” y declaraciones hechas desde la comodidad del sofá después de años de hacer poco y nada. Del lumpen cuya única consigna parecer ser “con to’o si no pa’ ke” (y “contra to’os” habría que agregar).

¿Y las fuerzas políticas? ¿Los políticos profesionales? Haciendo gala de una ineptitud nivel DIOS. Los de derecha, inventando una guerra y nuevos “enemigos internos”, los de izquierda poniéndose “del lado de la ciudadanía”, sin especificar qué mierda es eso ni mucho menos para hacer qué, como si todo lo que está pasando fuera prueba de su (incompleto) diagnóstico y creyendo que eso les sumará votos en las próximas elecciones. Pero de a poco empiezan a entender que esto es también contra ellos, en una de esas, sobre todo contra ellos, no porque sean percibidos como los “culpables”, sino por inoperantes, por vivir de consignas tan grandilocuentes como inviables hoy día, por vivir de enrostrarle al malo su maldad en la cara sin nada que se parezca a una salida. Sería bueno que alguien le recordara a estos new revolucionarios, y a los viejos que los azuzan, que la última vez que se extremaron las cosas, la historia terminó mal y eso que en los 70’ al menos había sectores del pueblo más organizados con dirigencias políticas más nítidas (no por eso acertadas).

¿Estamos al borde del derrumbe del neoliberalismo? Lo más probable es que no, y quizás en buena hora, porque si esta mierda de sistema se acabara mañana, así como por arte de magia, muy probablemente no sabríamos qué hacer, o lo que haríamos sería seguramente algo muy pero muy parecido al neoliberalismo, no porque nos guste, sino porque nosotros somos el neoliberalismo y superarse a sí mismo siempre es lo más difícil, porque la verdad es que en todos estos años aún no somos capaces de construir una idea alternativa, eficiente, eficaz, colectiva y legítima de superación del capitalismo.

Pero bueno, la zorra ya quedó. ¿Y ahora qué?

Lo primero es que baje la fiebre de todos lados, partiendo por el gobierno. Que pare con los discursitos de guerra, que los milicos vuelvan a los cuarteles a la brevedad y suelten un paquete de medidas contundentes, efectivas e inmediatas que den algo de alivio al ahogo de la gente. Que eche cagando a parte importante de su gabinete no porque sea la panacea, sino porque es apenas una genuflexión necesaria, porque no se puede mantener en sus cargos a quienes se largan frasecitas como la de mandarnos a levantar más temprano para aprovechar las horas de rebaja del Metro. Lo segundo, es que la oposición no se suba por el chorro pretendiendo ganar por secretaría lo que no ha sido capaz de ganar con claridad política y fuerza social real de respaldo y para lo que no tienen respuestas: no es momento de gustitos.

Estos gestos no resuelven el fondo, solo bajarán la fiebre.

Lo tercero es NO volver a la normalidad, porque la “normalidad” de que veníamos es la locura disfrazada que nos llevó donde estamos, lo que implica una dosis no menor de humildad y autocrítica de parte de todos. De cuánto hemos hecho, cuánto dejamos de hacer y cuánto podemos hacer. Y habrá que hacer sacrificios, todos, de distinto calibre, pero todos. Muy especialmente los súper ricos: llegó el momento de soltar la teta y pagar la cuenta.

Por último, iniciar con urgencia, pero no por eso de manera atarantada, un proceso para construir un nuevo pacto social, un nuevo trato con los temas de fondo del cual una nueva Constitución es parte fundamental. Uno donde de verdad se garanticen los derechos sociales elementales. ¡No puede ser que seamos el único país en el mundo donde el agua está privatizada en la Constitución! ¡Debemos parar esta locura!

Por nuestro lado, desde nuestro modesto rincón, trataremos de aportar en la construcción de una nueva regulación sobre drogas en general y cannabis en particular. Por muchas razones, pero dado el contexto, por una en esencial: porque en el actual escenario, y considerando lo que tardaremos en construir uno nuevo de verdad, resulta urgente para toda la sociedad contener una de las manifestaciones más peligrosas de la anomia a la que hemos empujado a muchos sectores de la sociedad: el narcotráfico, contra el cual lo hemos probado todo, menos construir una sociedad más justa y una nueva regulación sobre las drogas que amortigüen en parte el lucrativo incentivo que es el narcotráfico en un contexto de descomposición social y política, y de desigualdad, como el que se ha puesto de manifiesto.

Aunque no sirva de mucho a estas alturas, pero se los dijimos: el “flagelo de las drogas” es un mito generado por nuestra inoperante clase política y difundido de manera obsecuente por los medios tradicionales para tapar problemas de fondo. El narcotráfico es el síntoma y no la causa. Al final, nunca fueron las drogas, era la desigualdad, los barrios de mierda en que vive mucha gente, la salud de mierda, la educación de mierda. ¿O les queda alguna duda?

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