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Abril 10, 2019

Por Manuel Guzmán. Vía Fundación CANNA.

La decisión del Senado de Canadá de abrir las puertas a la regulación del consumo recreativo de cannabis constituye un acontecimiento histórico para un Estado soberano perteneciente al G8. Desde 2001, este país ya había implementado uno de los primeros y más ambiciosos programas de dispensación de cannabis medicinal. Diversos países de todo el mundo han ido avanzando en el camino de la aprobación del uso terapéutico del cannabis y sus derivados. Todo ello vuelve a traer el vivo debate sobre el uso clínico de los preparados de la planta. Y, en nuestro entorno más cercano, se reabre la ya sempiterna pregunta de: “¿Para cuándo el cannabis medicinal legal?”

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¿Qué conocemos hoy en día acerca del potencial terapéutico del cannabis? Debemos sopesar en primer lugar, como para cualquier fármaco, cuáles son sus efectos terapéuticamente relevantes respecto a sus efectos adversos no deseados. Con respecto a estos últimos, los estudios clínicos revelan que su perfil de seguridad es más que razonable y que los efectos secundarios como somnolencia, desorientación, confusión e hipotensión que pueden ejercer en algunos pacientes suelen caer dentro de los márgenes aceptados para otros medicamentos. Con respecto a los primeros, el uso clínico del cannabis y sus derivados es todavía limitado. El efecto terapéutico que en primer lugar se estableció fue la inhibición de las náuseas y los vómitos en pacientes de cáncer tratados con agentes quimioterapéuticos. Entre otros usos clínicos del cannabis podríamos destacar el tratamiento de cuadros de dolor crónico de muy diversa etiología (neuropatías, artritis reumatoide, fibromialgia, dolor oncológico, etc.).  Además, los cannabinoides han mostrado utilidad terapéutica en la espasticidad asociada a la esclerosis múltiple, así como en la caquexia que tiene lugar en enfermos de cáncer o SIDA. Existen otras posibilidades terapéuticas de los cannabinoides que todavía se hallan en fases más tempranas de estudios clínicos. Entre ellas, el empleo del cannabidiol para la atenuación de las convulsiones en epilepsias pediátricas refractarias.

¿Es el cannabis, como afirman algunos, la “aspirina del siglo XXI”, una panacea? ¿O es, como claman otros, una planta sin utilidad médica e incluso maldita, que “vuelve loco” y abre las puertas al consumo de drogas duras? Obviamente ninguna de las dos aseveraciones parece verosímil. El hecho de que existan en casi todos los rincones de nuestro organismo moléculas específicas que reconocen los cannabinoides y median sus acciones hace que el potencial terapéutico de estos compuestos sea amplio, especialmente en el caso de enfermedades “huérfanas”, para las que no existen aún terapias eficaces. Sin embargo, en algunas otras afecciones, para cuyo tratamiento ya se dispone de fármacos bien establecidos, los efectos de los cannabinoides suelen ser de una potencia relativamente moderada. Ahora bien, merece la pena destacar que los cannabinoides combinan acciones muy diversas que, aunque cada una de ellas pueda ser leve en intensidad, en conjunto permiten combatir distintas dolencias simultáneamente y, por tanto, “matar varios pájaros de un tiro”.

En el actual escenario español, los usuarios terapéuticos de cannabis suelen encontrarse sumidos en una gran inseguridad jurídica y sanitaria debido a la falta de un sistema regulador que permita el acceso seguro a preparados estandarizados de la planta. Este hecho conlleva una importante carencia tanto en la información recibida por los pacientes y sus cuidadores como en la formación del personal sanitario ante el consumo medicinal del cannabis. En definitiva, se pone de manifiesto la necesidad de que las administraciones gubernamentales españolas revisen las obsoletas restricciones legales que todavía impiden decidir libre y abiertamente a muchos médicos y pacientes sobre una práctica que, por otro lado, es cada vez más habitual en nuestro entorno.

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