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Febrero 6, 2019

Conversamos con Pececillo, quien en casi tres décadas no ha parado de fumar pasta base. Según un estudio de SENDA más de la mitad de la población de pastabaseros en Chile tiene actualmente en promedio 37 años. Pececillo tiene 42 y nos recibió en su pieza, donde conversamos acerca de cómo la pasta se transformó en su acompañante en este camino solitario que decidió emprender. Acá el relato.

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Por Carlos Martínez R.

En la esquina de un pasaje no tan al sur de Santiago, nos juntamos a media tarde a conversar con Pececillo. Lo esperamos en el lugar acordado y aparece al rato con un cabestrillo en el brazo. Saluda y nos cuenta que hace unos días lo pateó en el suelo “un pendejo empastillao” que se había “pasado películas con que yo le había robado el celular”.

Pececillo, pese a que renguea y muestra algunos signos de dolor, se nota tranquilo, como si la pateadura fuera algo de menor importancia. Más aún cuando nos deja entrever que ya habrá tiempo para “cobrar” los golpes recibidos.

Nosotros no estamos tan tranquilos como él ya que la situación nos parece tensa, más aún pensando que su enemigo de turno puede andar por ahí y nosotros parados en la calle, comenzando a concentrar las miradas de los que pasan frente al bar que le llaman La máquina del tiempo. Por eso y para evitar esa exposición, Pececillo nos invita a su nueva pieza.

Aprendiendo a vivir con el vicio

La vida de Pececillo y la marginalidad por donde transita está estrechamente vinculada a su consumo de pasta base que empezó a los 13 años. Hoy tiene 42 y son casi tres décadas en que por sus pulmones ha pasado tanto humo y, por sus manos, la vida se la ha escurrido mientras continúa aferrado a la pipa.

Sin embargo y contrario a lo que podamos suponer, Pececillo -como él mismo cuenta- ha aprendido a vivir con su “vicio” o más bien a incluirlo en una práctica cotidiana. Él -y es muy importante recalcarlo- no es un caso excepcional, dado que según el estudio “Caracterización de personas que consumen pasta base de cocaína de forma habitual en la Región Metropolitana” (2015), la edad promedio del consumidor es de 37 años.

Pero si bien este estudio, encargado por SENDA, nos muestra que Pececillo y su consumo prolongado por años está lejos de ser algo poco común dentro de la población que consume esta droga, de todas formas sorprende en él su interés por escribir, su atención a lo que sucede con las noticias y la forma en que se expresa. Esto se contradice con la caricatura del angustiado silencioso que rehuye la mirada y que concentra todos sus esfuerzos en conseguir la siguiente dosis. Nuestro anfitrión, en cambio, es diferente, es como si la pasta, el cigarro y el alcohol fueran la triada que le permite vivir en este espacio de soledad que ha creado.

Sí, porque por más amigos que tenga en la calle, al final del día en su “ruco” la soledad de la noche solo es disipada por los flashes de su encendedor y alguna que otra compañía “a veces femenina” que llegue a consumir con él.

Pececillo dice que ha tenido varias oportunidades, pero su “pasión” siempre ha estado por encima de todo y es la que lo tiene seco, con la piel acerada y las yemas de los dedos amarillas de tanto sostener el codo de cobre. Además, y producto de toda esta vida dedicada al consumo, ha sufrido accidentes, hizo unos cuantos años en la cárcel de San Miguel, ha dormido en la calle y perdió la posibilidad de ver crecer a su hija, quien hace poco fue mamá.

“Lo que pasa es que yo siempre pinto pa bueno y yo me pregunto por qué no puedo y llego hasta ahi. Yo he tenido miles de oportunidades pero aquí estoy. No puedo ni ir a ver a mi hija ni a mi nieta porque su pareja no me deja acercarme. Igual mi hija me busca y me habla por teléfono. Me pide que cambie. Es duro estar solo pero es lo que me tocó vivir no más”, se conforma Pececillo, como si fuese la frase final que remata la profecía autocumplida.

El primer pipazo

Cruzamos el pasillo de la casa donde vive Pececillo. Su pieza es de color azul, tiene un olor intenso a plástico quemado y un lienzo gigante de Colo Colo colgado en la pared. La dueña de casa cuando nos ve entrar bromea con el olor del lugar. Nos acomodamos y Pececillo apunta un montón de ropa arrinconada: “esa es la sucia”. Después junta en la cama la que está limpia. Trata de ordenar un poco para recibirnos. Encima de la tele, un cenicero lleno de colillas. No tiene muebles, solo un su velador donde tiene una caja de madera donde guarda sus pocos recuerdos.

“Siéntate no más en la cama”, dice mientras acomoda una silla.

“Oye, estaría bueno que compremos algo para amenizar la conversación ¿te parece?”, dice Pececillo quien sigue ordenando la pieza.

Juntamos un par de billetes y nuestro anfitrión sale a comprar una botella de pipeño, una cajetilla de cigarros y además “rescata” un par de lukis para comenzar la velada. Al rato llegaría, a modo de despacho a domicilio, una persona que le trae en una servilleta casi 3 gramos de pasta base. Pececillo abre el paquete y al instante le dan arcadas. Se conforma con el producto y le paga al vendedor a quien acompaña hasta la calle.

De vuelta, Pececillo en la pieza cierra la puerta con pestillo y prende el ventilador. Se sienta en la cama y de forma muy metódica comienza a juntar sus implementos “pa pegarse uno”.

“Martineh, voh pregunta lo que querai weon, si querih sacarme fotos pegándome unos pipazos no hay atao”, dice Pececillo mientras acomoda el cenicero, la pipa, los lukis y su celular en la cama. Los ordena con cuidado y cuando está conforme con el orden me dice que le saque una foto. Se pega el primer pizazo, comienza a recordar, y guarda silencio un segundo.

“Empecé a fumar pasta a los 13 años cuando me fui a vivir con mi papá a La Pintana. Fue un periodo bien especial porque mi viejo era alcohólico pero en esa época no tomaba y tenía puesto en la feria, casa, camioneta. Estaba chantado. Así que me fue a buscar donde mis tíos que me habían criado. Él apareció en la casa con una bolsa con unas zapatillas Le Cocq, unos jeans Levis. Lo que nunca me había dado me lo traía ahora. Yo me aluciné con lo que me trajo y me fui pa La Pintana con él”.

Para Pececillo esa “tentación” fue el momento donde todo comenzó, porque al vivir con su padre las normas se distendieron y en ese cariño mal entendido a Pececillo le dieron “de todo sin ninguna exigencia”. Por lo mismo, el colegio fue lo primero que empezó a dejar de ser importante.

“Yo llegué a esa pobla sin conocer a nadie. Estaba solo. Me acuerdo que hice la cimarra un mes entero y nadie me dijo nada. Ahí conocí al Nito. Vivía al frente de mi casa y lo saludé. Me acuerdo que empezó a armar un pito y yo vi que le echó pasta. Me ofreció y le dije de primera que no pero como yo sabía que le gustaba su hermana, pensé que iba a quedar de cobarde, entonces la probé. A mi nadie, eso sí, me puso una pistola en la cabeza. Fue mi decisión”.

“A los días después de fumarme un pito con el Nito conocí al Rulo quien se estaba pegando unos pipazos en el pasaje. Era colocolino y me dijo si quería ir al estadio. Yo enganché al tiro. Cuento corto: el primer pipazo, donde sentí el efecto y todo, me lo pegué en el Estadio Nacional en el clásico del Colo y la U. Ahí en ese clásico perdí hasta una zapatilla. La Garra estaba toda apiñaba en los baños esperando que saliera el Colo. Me acuerdo que ahí fue mi primer pipazo y mientras fumaba la Garra salió del baño en masa. Imagínate, yo pegandome el pipazo entre medio de toda esa gente. Me acuerdo que el Rulo carga la hueá y me dice fuma ahora. Imagínate la presión, los bombos, los pacos y yo pegándome uno bueno. Pura adrenalina, hermano. Fume y sentí un puro pito en el oído, quedé loco”.

Ese día, después del clásico, Pececillo había cruzado el umbral. La fumada de pasta se volvió significativa y aunque volver a casa sin zapatillas le valió una golpiza de su padre, la pasta ya lo había seducido.

“Cuando te pegai el primero y como toda primera vez sentí algo especial. Pa mi fue lo máximo, pero pasó más de una semana antes que yo volviera consumir. Me acuerdo que volví a sentir el olor y me dio un dolor de guata, me tuve que devolver a la casa al baño. Después de eso quería pegarme uno bueno. Sé que tomé una pésima elección pero fue agradable al mismo tiempo. De ahí pa delante, consumí, dejé el colegio, formé familia y empecé de a poco a meterme en el consumo. En esos años me masacré y esto que ves ahora es el producto de todo eso”.

Paramos un rato la conversación porque Pececillo se prepara por tercera vez un “coso”. Después de fumar le da un golpe seco a la pipa para limpiarla, empina el vaso con pipeño y toma un sorbo. Acto seguido le pega una calada al cigarro que dejó acomodado en el cenicero. Se queda pensando en silencio un buen rato hasta que sentencia:

“Mi cuerpo lamentablemente me pide esta mierda, lo necesita. Yo me levanto todos lo días, no me lavo ni la cara. Agarro la pipa, un poco de ceniza y me pego uno bueno al tiro y, si no tengo, por último raspo la pipa porque sino me siento como el hoyo. Así es como mi vida se ha desarrollado hasta ahora: me tomo unos copetes, me drogo y después me entro y es mi soledad. Me siento con la tele sin volumen y pesco un libro, un papel y escribo. Después leo lo que escribo y digo cómo chucha escribo esto… es pura pena”.

Artículo publicado en la edición 133 (Mayo) de la revista Cáñamo

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